29 Nov 2021

5. CARLOS MANUEL VILLALOBOS

-05 Jul 2020

El suplicio de Casandra

Apuntes sobre la poesía actual de Costa Rica

 

     En agosto de 1989, un grupo de universitarios, la mayoría filósofos y poetas, fundan en San José de Costa Rica una revista contracultural que llaman Kasandra. Con este nombre invocan el mito de la sacerdotisa vidente que se negó a complacer la lascivia de Apolo y que fue condenada a que nadie diera crédito a su don de adivinadora. Según los editores de la revista este es el destino que encarna la poesía que se escribe en Costa Rica. La palabra de los poetas atisba el futuro por las rendijas de la metáfora, pero nadie oye sus profecías. Si bien, este reto que enfrenta la lírica actual parece aplicar para muchos lugares, en este país centroamericano coincide de manera precisa para comprender la contradicción entre la abundancia de libros que se publican cada año y la escasa circulación.

     Los editores de Kasandra parecen tener razón: la poesía es la lengua de una conciencia que ve más allá, pero fuera de los pequeños círculos que la consumen, es la loca que muy pocos logran comprender.  En Costa Rica esta sentencia parece una marca inherente a la historia de su literatura, pues la antología fundacional, La lira costarricense, publicada entre 1890 y 1891, fue hecha en el marco de un apuro histórico para demostrar que, al igual que en otras naciones hispanoamericanas, aquí también se trabajaba la poesía. No obstante, ninguno de los nombres que aparecen en dicha compilación forman parte del canon latinoamericano.

     En 1919, Joaquín García Monge funda la revista Repertorio Americano. Este impreso tiene vigencia hasta 1958 y durante dicho lapso se convierte en uno de los foros intelectuales más importante del mundo hispano. Por aquí pasan los escritores más reconocidos del momento. De este modo, en su propio territorio los costarricenses disponen de una ventana con mucho prestigio. Sin embargo, de esta promoción, la única voz que ha conseguido sobreponerse al olvido, aunque muchos años después de su muerte, es Eunice Odio (1919-1974), una poeta que falleció en México en condiciones desventuradas.

     En 1977, los poetas Laureano Albán (1942), Julieta Dobles (1943), Carlos Francisco Monge (1951) y Ronald Bonilla (1951) suscriben un texto de teoría estética que titulan Manifiesto trascendentalista. Este documento marca un anclaje fundamental para entender la poesía actual costarricense, pues buena parte de los autores de hoy se debaten entre la adscripción y la oposición a esta iniciativa. Los trascendentalistas proponen una estética intimista que se identifica con la función simbólica del lenguaje. Cuestionan el enfoque exteriorista en alusión expresa a la corriente literaria que entonces circulaba en Nicaragua. En sintonía con modelos tradicionales, sostienen que la imagen lírica, especialmente la metáfora, es el recurso que fundamenta lo poético, entendido como lo abstracto metafísico.

     La crisis social de la región centroamericana había puesto en la mira internacional a poetas como el guatemalteco Otto René Castillo, asesinado en 1967; al salvadoreño Roque Dalton, sentenciado por sus propios camaradas en 1975, y a otros tantos que perecieron o tuvieron que exiliarse. Los poetas del grupo trascendentalista entienden que la poesía de Costa Rica no califica para las proclamas de protesta, pues las condiciones del país son distintas. Este hecho parece incidir en una paradoja: la propuesta del grupo, a pesar del nombre, no consigue trascender; en cambio, la circulación internacional de la poesía de las guerrillas alcanza una mayor recepción internacional. La maldición de Casandra reaparece para silenciar las posibles resonancias que intenta la poesía costarricense. Frente a esta evidencia algunos de los autores del movimiento, como es el caso de Monge, abandonan la adscripción trascendentalista y el otros, como Bonilla, aunque mantienen lo metafísico, dialogan con el objetivismo social.

     En Nicaragua, la figura de Ernesto Cardenal acapara la atención como uno de los referentes de la poesía centroamericana. La fama no solo se debe a su papel político religioso, sino también a la promoción de la educación popular a través de la poesía. En esta tarea lo acompaña una poeta costarricense que tendrá el mérito de ser la gestora de los talleres literarios de Solentiname, la isla donde los campesinos se convierten en poetas. Se trata de Mayra Jiménez (1938-2018), quien coincide con la enunciación comunicativa de la estética conversacional y se distancia, por lo tanto, de las manifestaciones del trascendentalismo. Jiménez representa la voz creciente de otro sector de la poesía tica que rechaza los postulados del intimismo y busca que la palabra de los poetas se comprometa con la formación de una conciencia social.  

     La perspectiva de la poesía de la solidaridad popular, que ya habían desarrollado Jorge Debravo (1938-1967) y Arturo Montero Vega (1924-2002), es retomada por una nueva generación que se identifica con los procesos de emancipación social y el cuestionamiento de la enajenación cultural. El 1976, Rodolfo Dada (1952) funda el grupo literario Oruga que continúa en 1983 como el Taller de los Lunes. Aquí se reúnen algunos de los poetas más representativos de este contexto; entre otros, Osvaldo Sauma (1949), Diana Ávila (1952) y Norberto Salinas (1957). El escritor y activista social, Francisco Zúñiga Díaz (1931-1997) desarrolla una tarea similar con el Taller del Café cultural que funciona desde 1979 hasta 1997. Destacan también en este trabajo de promoción creativa los escritores Erick Gil Salas (1955), Adriano Corrales (1958) y Henry López (1959).

     Otro de los énfasis temáticos que se abordan en este contexto es el erotismo enunciado por un yo lírico femenino que enfrenta las visiones conservadoras del discurso patriarcal. Destaca el trabajo de Ana Istarú (1960), principalmente con su libro icónico Estación de Fiebre (1983). Intervienen en esta tarea Mía Gallegos (1953), Lucía Alfaro (1959), Silvia Castro (1959), Nidia González (1964), Luisiana Naranjo (1968), Merixell Serrano (1969) y Gabriela Arguedas (1972).  Un eje temático, que coincide con este grupo, es el que corresponde a las identidades de las mujeres afrodescendientes. Esta perspectiva es abordada, principalmente, por las poetas Eulalia Bernard (1935), Shirley Cambell (1965) y Delia Mc Donald (1965).

     La figura de Eunice Odio es reivindicada por el siguiente relevo de poetas, la mayoría nacidos después de 1960. Al menos esta es la consigna del Taller de literatura activa “Eunice Odio”, que funcionó de 1985 hasta 1992.  En 1995 publican una antología que titulan Instrucciones para salir del cementerio marino. El prólogo es un manifiesto corto que se opone a los postulados de la poesía “pura y trascendente”. Abiertamente declaran la oposición a proyecto que lidera Laureano Albán. Una posición similar la tendrán grupos análogos como el Anti Taller Anti (1990-1994) dirigido por Melvin Aguilar (1966) y el colectivo Octubre Alfil 4 (1993-2004). Estos poetas se inclinan por una retórica de la cotidianidad y un cuestionamiento a las estructuras de poder.  Algunos de los autores que surgieron de estas experiencias iconoclastas fueron Alexander Obando (1958), Mauricio Molina (1967), Guillermo Acuña (1969) y Julio Acuña (1973-2008). Es, el marco de este ánimo contracultural, que surge la referida revista Kasandra. Uno de los autores que se inició alrededor de esta publicación fue Luis Chaves (1969), quien es una de las voces más influyentes entre los poetas que procuran la narrativización y el objetivismo lírico. Su obra se caracteriza por la referencia a los códigos de la cultura de masas, la ironía y los guiños al llamado realismo sucio. En 1998 funda la revista Los amigos de lo ajeno, una publicación electrónica que ha incidido en la promoción de la poesía latinoamericana. 

     El tono conversacional es la característica que más prevalece en la poesía costarricense de los últimos años. En un estudio que publicó el crítico literario Francisco Rodríguez en el 2006 encuentra que los mayores énfasis de esta poesía son la narratividad del mundo cotidiano, el análisis social, lo metapoético, el carácter feminista y el tópico amatorio. Utiliza el concepto de totalidad contradictoria para explicar la multiplicidad de visiones que se mueven entre la continuidad y la ruptura.  Destacan en este proceso los aportes de poetas como Milton Zárate (1956-2009), Jorge Arturo Venegas (1961), José María Zonta (1961), Carlos Manuel Villalobos (1968), María Montero (1970), Minor González (1974) y Alfredo Trejos (1977). 

     Un hecho relevante que incide en las oportunidades de publicación local, sobre todo a finales siglo XX, son las opciones editoriales que le apuestan a la poesía. Además de la estatal Editorial Costa Rica y las editoriales de las universidades públicas, surge una oferta de opciones independientes. Sobresale Perro azul, la editorial que lidera la publicación de nuevos poetas, con el aporte otras como Andrómeda, Guayacán, Alambique, Arboleda y Uruk.  

     El inicio del siglo XXI, enmarcado por la mediación de la cibernética global y el trastocamiento de las identidades, impacta en la producción poética de Costa Rica. Autores como José María Zonta o Juan Carlos Olivas (1986) obtienen importantes premios internacionales y otros, como Luis Chaves, aprovechan la oferta de las becas a escritores que se ofrecen en el extranjero. Las publicaciones traspasan el ámbito local, no solo mediante los libros en formato de papel que se editan principalmente en España y México, sino a través de los formatos digitales y el canal de las redes sociales o las revistas electrónicas. Entre los nombres que más circulan, además de los ya citados, se encuentran Cristian Marcelo (1970), Joan Bernal (1974), Alejandra Castro (1974), Gustavo Solórzano (1975), Cristian Solera (1975), Angélica Murillo (1976), Felipe Granados (1976-2009), Randall Roque (1977), Camila Schumacher (1977), Gustavo Arroyo (1977), Gustavo Chaves (1979), David Monge (1980), Jonatan Lépiz (1981), David Cruz (1982), Diego Mora (1983), Ronald Campos (1984) y Paola Valverde (1984), entre otros.

     Desde luego que este recorrido recoge solamente unos cuantos atisbos a los que aún les faltan nombres y profundidad crítica, pero el objetivo es presentar un panorama que muestre en muy pocas palabras la generalidad de la producción actual. La poesía de Costa Rica tiene la riqueza verbal y la misma variedad que es posible hallar en otros contextos, pero ha tenido dificultades para colarse en el escenario de los centros hegemónicos del mundo hispano, y aún más en otros ámbitos. Padece del suplicio de aquella Casandra que gritaba la verdad a los cuatros vientos y al otro lado nadie oía sus sentencias. Tal vez los resabios del mito casándrico impidan el crédito a esta predicción, pero el río revuelto del siglo XXI promete una poesía costarricense menos ensimismada en sus fronteras y con más circulación en los espacios de la globalidad. 

 

 

Carlos Manuel Villalobos, Costa Rica, 1968.  Ha sido ganador del premio nacional UNA-Palabra (2019) en el género de cuento, y en poesía ha ganado los premios: Brunca de la Universidad Nacional de Costa Rica (2014), el premio Editorial de la Universidad de Costa Rica (1999) y el Arturo Agüero Chaves (1993). Entre sus publicaciones literarias están Altares de ceniza (España 2019, poesía); El cantar de los oficios (2015, poesía); Trances de la herida (México 2015, poesía); El ritual de los Atriles (2014, disertaciones); Insectidumbres (2009, poesía);  Tribulaciones (Guatemala 2003, cuento), El primer tren que pase (2001, poesía); El libro de los gozos (novela, 1era. ed. 2001, 2da. ed. 2019 ); Ceremonias desde la lluvia (1995, poesía) y Los trayectos y la sangre (1992, poesía). Es doctor en Literatura Centroamericana, máster en Literatura Latinoamericana, licenciado en Periodismo y profesor en la Enseñanza del Castellano y la Literatura. Se desempeña como docente en Universidad de Costa Rica, donde imparte Semiótica y Teoría Literaria. En esta institución ha fungido como Vicerrector de Vida Estudiantil y Director de la Escuela de Filología, Lingüística y Literatura. Ha dictado cursos en universidades de Estados Unidos, México y España, y ha participado como escritor invitado en festivales literarios en diferentes países de América Latina, España, Alemania, Egipto y Marruecos.                                   



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