26 Feb 2021

12. POESÍA COLOMBIANA. NELSON ROMERO GUZMÁN

-05 Jul 2020

 

SÚPLICA A JULIO CORTÁZAR

 

Julio, es hora de que me vendas o intercambiemos

El poema donde aparece tu firma, el titulado “El encubridor”,

El que dice de un hombre

Que salió del país por “miedo del queso con ratón”.

Ese poema es mío y tú me lo robaste.

Y aunque hayas agregado en él

Que “un mismo espejo es todos los espejos”,

Con eso quieres encubrir el robo que me hiciste.

Devuélvemelo entero, no es justo

Que yo, y toda una generación, estemos en el anonimato por tu culpa.

La mañana antes de yo escribirlo

Salía de Colombia, todo porque en la casa

Tuve miedo del queso con ratón,

Fue el ratón más cruel de nuestra historia.

Quise encubrir con esa metáfora la violencia y el hambre.

Pero tú te apoderaste de él por un descuido mío

Cuando lo abandoné en un café del centro de Buenos Aires.

Ese poema yo lo comencé así:

                                         Ese que sale de su país porque tiene miedo, 
                                         no sabe de qué, 
                                         miedo del queso con ratón, 
                                         de la cuerda entre los locos, 
                                         de la espuma en la sopa.

                             Y tuviste el descaro de poner “Julio Cortázar” al final.

Lo escribí esa mañana porque en Colombia teníamos tanto miedo

Que veíamos espuma en la sopa y a hombres con una cuerda en la mano.

Tú nunca has tenido miedo, ni de tus propios bestiarios.

Devuélvemelo en intercambio por unas zapatillas rojas que te hacen bien al frío, ché,

Las usó James Joyce mientras escribía su Ulises.

Además, yo lo escribí calzado con esas mismas zapatillas.

Es hora de que borres tu firma debajo de ese poema,

Si yo tuve miedo, tú sí deberías sentir mucha vergüenza del queso con ratón.

 

 

LECCIÓN DE CULINARIA

 

Este ha sido el infierno para una mujer: pelar una cebolla. Las hojas en las manos se multiplican delgadísimas. Hijos, en el corazón de la cebolla está Dios, decía mi madre para darse consuelo y consolarnos. Ella no hacía uso del cuchillo, pues temía herirle el corazón a Dios. Por tanto, el hambre en la casa era la eternidad. Mi madre no veía la hora en que un ángel aleteara entre sus manos, por el momento de esa carne comeríamos. Tiempos en que los ángeles, nuestros guardianes, se transformaban bondadosamente en aves de corral. Pero los tiempos cambian y eso ya no ocurre, así que un día las cosas empeoraron: nos volvimos transparentes como las mismas hojas de la cebolla. Fue hermoso, porque a través de mi hermano veía a mi madre en el punto más lejano del universo pelando sin descanso esa maldita cebolla. Hasta que llegó al punto oculto del centro donde están las regiones superiores. Pero por desgracia, Dios había salido un rato del centro de la cebolla. Pobre sirvienta de Dios, mi madre, en los misterios de la cocina. Lo cierto es que nunca pudimos comer en el Reino. Yo no sabía que mi madre de tanto   pelar cebollas se había convertido en una envoltura de cielos transparentes; algo así como un cielo dentro de otro cielo, y éste dentro de otro. Recuerdo que no comimos, pero tampoco vimos a Dios. Ahora entiendo que la demasiada religión es la peor de las culinarias. Por fin quiero vengarme de todo esto derribando el Araboth, árbol del cielo.

 

 

ALABANZA DEL CERDO

 

El cerdo es cortical, y a su vez cordial.

Todo él, del pozo del corazón a las orejas,

Nos heredó la capa grasosa del cielo.

Siempre, al filo de lo terrenal,

Se entrega sin remilgos a los cuchillos del carnicero.

El hocico es su órgano de conocimiento

Y sabe, mejor que los tratados, de las porquerías terrenales.

Para que los hombres lo comamos gustoso,

Todos los días purifica su carne en la charca con esta oración:

Oh, qué puro soy más allá de los pelos y el tocino,

No me le arrodillo a Dios para que me salve del carnicero

Sino que me ofrezco sin más a los cuchillos

Que ungen mi torrente de sangre

Para que mis bacterias alcancen la gloria

En el tripero insaciable del hombre, amén.

Su cuerpo es la más preciosa joya del martirio,

Es un San Sebastián provisto de rabo corto y de agudos

                                             colmillos,

Pero a la hora de morir no ruega a nadie por su salvación,

No posa nada pornográfico como el santo desnudo

Frente a las flechas que lo atravesarán.

Las orejas del cerdo tampoco guardan ninguna lógica

Con las mórbidas colgaduras de los ángeles,

Pero podría coincidir con las criaturas celestes

En el venturoso sabor de la carne y en el martirio filial de

                                    los olores

Todos sus órganos se vuelven funcionales a la hora de ser comidos,

Tan sabrosas sus glándulas que se diría que albergan

La dulzura de los proverbios y el agrio sabor de los pecados.

Hermano cerdo,

Gracias por volverme célebre

Frente a un plato repleto con tus costillas.

Entre las cosas hermosas al levantarme

Está el verte venir a trotecitos del corral, estoico y sucio,

Atravesando la niebla de los terrores humanos,

Pisando inocente el orégano que aderezará tus carnes.

Soy de los pocos que creen

Que Dios tomó barro de tu pocilga para hacer al hombre.

Gracias por haber alcanzado en las pinturas de El Bosco

Las más bellas imágenes de la Lujuria,

Sobre todo cuando abandonas de El Jardín de las Delicias

Untado de lodo y cielo.

Así ocupas no sólo el más alto lugar

En la escala de los apetitos, sino el más elevado pensamiento

                                                     Poético

Superior al que nos legó Octavio Paz en sus ensayos.

Lástima que termines vilmente en las recetas de cocina

Hecho bistec o solomillo.

Día tras día me crece la sospecha

De que eres Dios personificado

Haciéndose pasar por los inmaculados cuchillos.

Quizá nosotros, por la desgracia de querer saberlo todo,

Ignoremos ver en tu hocico el instrumento de la divinidad

Hozando para encontrar el corazón del hombre.

Gracias hermano, Gracias,

Por darnos el placer terrenal de glorificarte en el trincho,

Porque igual de inmenso eres

Con un poco de sal o con arándanos.

Tú mereces estas Gracias, cerdo,

Te doy mis cerdas Gracias.

 

 

GOURMET                    

 

Hay cosas que a veces me obligan a desaparecer.

Por ejemplo, el deseo de comer gente

Hace que me meta hasta el centro de las multitudes

Y al rato la multitud

Casi que ha desaparecido por completo.

Sólo dejo por fuera algunas personas de mal sabor

No aptas para una buena culinaria

Y en completo desprestigio para el paladar

De un buen cocinero

Que desaparece de sus asuntos personales

Para lanzarse a la calle con su cuchillo

Y entrar a la multitud,

Como lo viene haciendo hace años

Cuando descubrió en su oficio

Que la carne de cerdo ya no es tan grata a los paladares

Como otros cortes superiores.

Por estos días han desparecido muchas personas

Y los restaurantes están repletos.

Esta fama me ha convertido en un hombre virtuoso,

En el cocinero perfecto,

Experto en una carne superior al cerdo.

Sobre los desaparecidos se dice poco,

Están bajo una capa de silencio casi obligado.

Mi traje blanco de cocinero no delata sospechas

Entre los comensales, y a la hora de preparar las carnes

Soy más ángel que asesino.

No despierto ninguna sospecha

Entre los miembros del cuerpo de seguridad del Estado

Que en las horas más lúgubres llenan el restaurante.

Mis comensales preferidos no sospecharán

De un ángel con un cuchillo

En un restaurante.

 

 

FOTOGRAFÍA EN PROSA

 

En una fotografía con música –porque quienes tienen buen oído saben oír en la fotografía música en blanco y negro-, me encuentro a la edad de siete años en mi pueblo, en la esquina más desportillada del mundo, empuñando unas flores sin olor. Amo esa foto tan inocente, comida por el tiempo en sus bordes, pero el mismo tiempo se ha encargado de ponerle a la superficie un amarillo ocre suave. Esa fotografía es mi primer poema en prosa, y el que más se ha tardado en escribirse, para que tuviera esa música y ese colorido de la memoria y del deseo, y ese tallerismo del tiempo que le ha quitado lo innecesario para otorgarle vida a toda la atmósfera. Las flores que el niño aprieta no se gastan, además conservan la memoria de su olor y su prestigio de ser hermosas y significar el instante que no se rinde ante la ruina de los días. Y de tanto escribirlo en el tiempo, se fue escribiendo solo, y ya tienen el color justo y la medida de su empeño, de su paciencia, de su pasión y de su afán.  Y nadie aplaude mi poema, pero él está convertido en el ahí viviente. Irradia mundo, tanto que la foto pareciera haber sido tomada esta mañana, aunque el fotógrafo ya se esfumó de la memoria. Es el poema más diciente, uno de los logros más difíciles, porque en el centro de su prosa está volcada mi infancia, la del mundo, la de mis padres, la de mis hermanos y también la de ese árbol de níspero en el patio y la infancia cristalina de los peces del río Saldaña; y están revueltos los olores de ese día de 1969 con los olores del presente. Así esté en blanco y negro mi poema, sabe despertar mundos, y al mirarla revives los colores, despiertas la música y podrás pasearse un rato por las calles de mi pueblo y tomar una pluma de pájaro caída en la esquina desportillada, luego regresarte a casa con esa pluma, tenerla entre tus manos sólo un instante, que ella sabe en qué momento regresarse sola a su origen. Lo que vale la prosa, ¿verdad? Valerio o Lucas, uno de estos hermanos fotógrafos, escribió con su cámara antigua el poema que ahora lleva mi nombre.

Peldaño tras peldaño sube la prosa, y donde sube la prosa está la fotografía con su blanco y negro iluminando el vacío, con el niño expósito en el flujo del tiempo, con las flores apretadas entre sus manos, ofreciéndolas con acto humilde a los visitantes que la miran. Y cuando alguien toca las flores, aparece el mundo desportillado de la esquina, y se echa a volar la pluma.

 

 

ENCUENTRO

 

Esta mañana

Que iba por la calle

Recogí un poema

Que cayó de la chaqueta

De Yanis Ritsos,

Nada menos.

Olía a mar y a bosque,

Como huelen los poemas

De Yanis Ritsos.

Había encontrado

El tesoro de mi vida.

Olvidé que iba para el supermercado,

Olvidé la lista o la boté

Por recoger el poema

De Yanis Ritsos.

Eso no me lo perdonarán

En casa.

Llegué sin los artículos

De primera necesidad,

Pero oliendo a mar y a bosque.

Eso no me lo perdonarán.

 

 

LA CEBOLLA

 

La cebolla contiene

La mayor lucidez:

Nos hace llorar

Sin sentimiento alguno,

Nos hace derramar

Todas las lágrimas negadas

Seas o no fuerte de corazón.

Sin embargo, hay mucho horror

O grandeza o miseria en la cebolla.

Llorar sin por qué

No es un hábito correcto.

Creo más bien que, al nosotros llorar,

La cebolla llora por nosotros.

 

 

Esta mañana vi el amor

 

Esta mañana vi el amor.

Eran dos turpiales encendidos

Sobre la rama más alta

Del pino en plena vía pública.

Se picoteaban,

Se arrancaban la carne,

Se frotaban amarillos, pecho a pecho.

Por el canto entrecortado

Se sabía todo.

Nada los espantaba, ni el ruido

De la motosierra que se encendía

Para derribar el pino,

Ni el sol cortante de la mañana,

Ni el grito del que rompía la calle

Vendiendo los espejos.

El árbol caía y ellos volaron

A horizontes contrarios,

Cada cual a su lejanía

 

 

Nelson Romero Guzmán, Ataco, Tolima (Colombia), 1962. Lic. En Filosofía y Letras por la Universidad Santo Tomás y Magíster en Literatura, Universidad Tecnológica de Pereira en convenio con la Universidad del Tolima. Premio Nacional de Poesía “Fernando Mejía Mejía” por su libro Rumbos (1992); XIV Premio Nacional de Poesía por Concurso Universidad de Antioquia, por el libro Surgidos de la Luz (2000); Premio Nacional de Poesía Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá por Obras de mampostería (2007); 56 Premio Internacional de Poesía Casa de las Américas 2015, otorgado en la Habana a su libro Bajo el brillo de la luna y Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura de Colombia 2015 por su libro Música lenta, editado en el 2014 por Arte es Colombia, Colección Letras. Otros libros publicados: Días sonámbulos (Editorial Mundo Nuevo, Bogotá, 1988), La quinta del sordo (Colección de Poesía Universidad Nacional de Colombia, 2006), Grafías del insecto (Colección de Poesía Universidad del Valle, 2005), Apuntes para un cuaderno secreto (en coautoría con la mexicana Kenia Cano, Biblioteca Libanense de Cultura, 2011), Animal de oscuros apetitos (Universidad Externado de Colombia, 2016) además de los ensayos El espacio imaginario en la poesía de Carlos Obregón (Universidad Tecnológica de Pereira en el 2012) y El porvenir incompleto, tres novelas históricas colombianas, (Biblioteca Libanense de Cultura, 2012). Es docente de planta de la Universidad del Tolima, en el IDEAD, y vinculado al grupo de investigación de Literatura del Tolima.

 



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