29 Nov 2021

6. MARÍA REGLA VILLA

-25 Jul 2020

 

El Cucalambé: Cantor de pueblo

 

María Regla Villa

 

Elevar a la categoría de arte poética las costumbres, tradiciones y rasgos sociopolíticos del campesinado cubano, representó para Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé) (1829/1862), una apropiación del alma de su pueblo en aras de revitalizar lo auténticamente nacional.

 

Fajardo es el más genuino representante de la literatura popular de la isla antillana. Sus décimas alcanzaron perdurabilidad en el repertorio de los juglares “guajiros” y a pesar de proceder de una de las clases sociales más explotadas –el campesinado– su educación, inspirada en la fe cristiana, lo llevó al encuentro de los clásicos latinos, permitiéndole así una conjugación de lo “culto” y lo “popular” que rompe con la inmerecida marginación que ha sufrido en determinados momentos la literatura de masas.

 

Dentro de la historia de la literatura cubana, el poeta tunero ha trascendido como un autor polémico. En ocasiones la crítica parcializada ha cuestionado la brillantez de sus versos aduciendo a la libertad que se han permitido críticos, editores, redactores y tipógrafos a la hora de corregir sus textos. Pero lo que es innegable en la totalidad de la obra de Nápoles Fajardo, son los valiosos aportes a la poesía que hicieron de este hombre sencillo y de pueblo, la máxima gloria del movimiento criollista.

 

Algunos elementos relevantes de la poesía cucalambeana

 

Siendo Cuba un país eminentemente agrario, no sorprende que un grupo de intelectuales se hayan interesado por hacer suyos los motivos rurales.

 

El caso de Fajardo, no asistimos a la disociación de la personalidad del campesino-poeta, sino a la integración autor-destinatario (lector) que conlleva a otros niveles expresivos que trascienden, incluso las fronteras de lo puramente literario.

 

El Cucalambé ha sido uno de los escritores que más ha reparado en la transparencia y en la pulcritud de la lengua. Sus décimas afloran con belleza propia y evidencia el rigor formal de una poesía que purifica al género. Estudiosos de su obra han resaltado la sensibilidad y el compromiso del artista  plenamente consciente que trasmite, de forma singular, una asociación entre el arte de pulir el léxico y su entorno cultural para alcanzar verdaderos objetos estéticos. En la poesía cucalambeana, la oralidad y la escritura constituyen una unidad que va más allá de la espontánea inspiración y la madurez alcanzada por el poeta. La autonomía del lenguaje le permite posesionarse de la palabra y utilizarla como arma eficaz para defender lo que se convertiría en las constantes temáticas de su obra: la cubanía, lo patriótico, lo expresivo y su inigualable sello estampado en las descripciones del paisaje natural. La obra de Fajardo destaca, además, por el acucioso trabajo creativo de un autor que sabe cómo decir las cosas y de ahí los sorprendentes resultados en aquellas poesías en las que lo auditivo y visual se entrelazan, permitiendo así que cada estrofa se erija como un monolito independiente y significativo en el plano sensorial. El crítico e investigador cubano Cintio Vitier ha dicho que: “adelantándose intuitivamente a un género de traslado de sensaciones que pondrá de moda el simbolismo francés, afirma nada menos que los rumores visuales”.

 

Otro de los méritos relevantes del decimista ha sido el uso de inflexiones coloquiales que alternan con un lenguaje cotidiano y el rescate de terminologías siboneístas y criollistas que cobran significancia en nuevos códigos literarios. Uno de los poemas más populares y difundidos es “Hatuey y Guarina”. A manera ilustrativa presentamos una de sus estrofas:

 

Yo soy Hatuey, indio libre

Sobre tu tierra bendita,

como el caguayo que habita

debajo del ajenjible

deja que de nuevo vibre

mi voz allá entre mi grey

que resuene en mi batey

el dulce son de mi guano

y acudan a mi reclamo

y sepan que aún vive Hatuey.

 

 

Y otra estrofa que ejemplifica lo antes expuesto es:

 

¡Allá te goces!... yo acá

Donde vivo me sepulto

Mi rabia y mi vergüenza oculto

Junto al fértil Yariguá.

Aquí entre el sumacará

Y el verde Pitajoní

Recordaré lo que fui

Contemplaré lo que soy

Mientras  maldiciendo estoy

A mi estirpe baladí.

(“El Cacique Maribón”)

 

Otro rasgo que marca pautas sustanciales en la poesía cucalambeana es la utilización del lenguaje prosopopéyico. Juan Cristóbal encuentra justamente la esencia en sus raíces. De ahí la capacidad del poeta de transportar al lector a un mundo en donde todo cobra animación: el paisaje (en movimiento), los olores (se perciben), las comidas (se degustan) y los elementos autóctonos de la naturaleza (principalmente la flora y la fauna), se interrelacionan entre sí formando un mundo hermético donde se complementan.

 

Ejemplos de la maestría y dominio del decimista cubano sobre el lenguaje prosopopéyico son las estrofas que a continuación mostramos:

 

Veloz así como el rayo

Que al monte temblando deja

Busca la incansable abeja

La linda flor del papayo

Con dulcísimo desmayo

En sus pétalos se posa

Zumba contenta y dichosa

En medio de sus pistilos,

Y se vuelve a sus asilos

Cargada de miel sabrosa.

(“La Papaya”)

 

 

Cuba, delicioso edén

Perfumado por tus flores

“quien ni ha visto tus primores,

Ni vio luz, ni gozo bien”,

Con dulcísimo vaivén

Besan tus playas los mares

Se columpian tus palmares,

Gime el viento dulcemente

Y adornan tu regia frente

Blancos lirios y azahares.

(“Galas a Cuba”)

 

Fajardo cantó desde y para el campesinado cubano. Su afán nacionalista le permitió poetizar los rasgos más distintivos de la personalidad de esta masa popular laboriosa, explotada, pero siempre aferrada a su idiosincrasia:

 

¿No percibe ya su olfato

En medio de tanto afán

Del lechón que asando están

El olor sabroso y grato?

Pronto mi bien, de aquí a un rato

Antes que el baile se acabe

Verás lo bien que te sabe

De ese lechón un bocado

Con un platanito asado

Y un pedazo de casabe.

(“El Guateque”)

 

El decimista, como cantor popular, contribuye recreando la sonoridad del contagioso ritmo de la música cubana mediante una figura de sonido: la onomatopeya: “Tu no oyes el tiplecillo/ese tiqui-tiqui/tun /la algazara y el run run/que forma alegro criollo?” De esta manera Fajardo labró el camino que años más tarde transitaría, magistralmente, el poeta nacional Nicolás Guillén.

 

Por todos estos elementos antes referidos podemos afirmar que, la resultante que magnifica la obra de El Cucalambé, está dada por la perfección de sus diez octosílabos (décimas) que ha cantado el pueblo cubano, su pueblo, de generación en generación.

 

 

María Regla Villa (Escritora, poeta y periodista peruana de origen cubano). Licenciada en Filología por la Universidad de La Habana. Ha asistido a cursos de posgrado convocados por el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas: La narrativa de José María Arguedas; Recepción de Juan Rulfo y Las literaturas indígenas después de la conquista, impartidos por catedráticos de la Universidad Nacional de San Marcos, Universidad Autónoma de México y la Universidad de Zürich. Ha sido conferencista en Eventos nacionales e Internacionales y su obra narrativa y poética ha sido publicada en revistas cubanas e hispanoamericanas y en revistas cibernéticas de Perú, España, Suecia, Venezuela, Chile y Argentina. Es coautora de la antología poética Voces Románticas cubanas (Editorial San Marcos, 1999); autora de Pretextos: ensayos de crítica literaria (Editorial San Marcos, 2000) y del libro de cuentos Cuando la tarde comienza a morir, (Editorial San Marcos, 2004). Actualmente su poemario El antifaz de la luna se encuentra en proceso editorial.



Compartir