26 Feb 2021

29. POESÍA GUATEMALTECA. ISABEL DE LOS ÁNGELES RUANO

-01 Ago 2020

 

ALAS DE MI NOMBRE

 

Alas, tengo alas en la lengua,

mi cuerpo está cubierto de alas,

son miles de alas que me crecen,

una multitud de pequeñas alas sonoras.

Mis palabras son alas blancas,

alas, alas de espuma o nube,

alas tremendas que me cubren, que me laceran.

Y sin embargo no vuelo con mis alas.

Alas de mis ángeles,

dulces alas que me renuevan,

alas tristes con que me envuelvo,

aladas alas por las que vivo.

Soy un árbol de alas

con alas que me brotan como hojas,

con hojas muertas que me vuelan como alas.

Soy un mar de alas,

un cielo de alas que resuenan.

Alas de mi nombre,

sinfonía de alas en mí misma.

¡Cómo suenan mis alas!

¡Cómo intentan mis alas batir el vuelo!

¿Cómo estoy en la tierra con mis alas a cuestas?

¿Cómo estoy en el viento sin volar con mis alas?

Soy un ala gigante,

soy millones de alas minúsculas,

soy un porvenir, un destino de alas,

y junto al infinito de mis alas peregrinas

pronuncio esta oración de alas aleteantes

para redimirme en nombre de esas alas sonoras.

 

 

EL QUE SEA POETA

 

El que sea poeta

se vestirá de amapolas con la aurora

y tendrá cuatro luces en el pecho

para aspirar al polen infinito.

Llorará sonrisas y cantará dolores,

le dará la mano a sus hermanos,

visitará a los obreros en las fábricas,

botará sus relojes

y venderá suspiros en las panaderías.

Ya no será él mismo;

tendrá que hacer oír su voz

modelando el futuro en la esperanza,

se regará en los barrios pobres

para llorar ahí

y guardará él solo sus tristezas.

Comulgará sus proletarios sueños

con sus zapatos rotos

y repartirá alegrías cada día;

llevará palabras en las manos

para desayunar con ellas

y cargará una cruz de mil pesares.

El que sea poeta

ha de ser el arado que diseñe

la fe del porvenir para su patria.

 

 

ESTAR O SER

 

Se desgajan del tiempo

arborescencias de melancolía.

Hay fastidio en ir de puerta en puerta

rebotando

–peregrinos del ser en pos del sueño–

la gran flota de desharrapados de cariño,

sonámbulos a pleno sol, extravagantes.

Huid, que vienen los Smoking o los Frac,

escondeos en los rincones, venid. Callemos,

no hay que pregonar debilidades

que se nos lloran en los zapatos rotos

o en la camisa transparente a ratos.

Silencio, MÁS SILENCIO.

En la harina se rompe el porvenir,

cada estómago puede ser todo un continente solitario.

Y rezamos y vamos al fútbol los domingos

aunque las almas estén crucificadas

y el aire de octubre no sea propicio

para malversar sentimientos dorados.

Es duro romper los espejos,

inventar frases grises,

solemnes,

quebradas como un suspiro.

Pero no nos debemos a consignas,

hermanos:

los lirios y jazmines son íntimos

y su aroma es del viento, sutil,

un instante de arquitectura suave.

Nos mostramos suaves, infantiles a veces,

los barriletes sin tiempo en el azul

se llevan la rutina:

la técnica no avasalla

los remansos del ser,

sus alveolos,

las vértebras infinitas de lo humano,

porque somos, en fin, enredaderas de la historia,

pequeñas hojas, sujetos surgidos al azar,

sin más espacio que el yo. No lo neguemos.

 

 

DOLOR

 

En el dolor se bate nuestra vida

y en el dolor se engendra nuestra muerte.

Estrella del dolor, dolor titilas;

geranio de tristezas, eres flor.

Que son dolorosos nuestros ojos

porque la harina del ensueño es vana.

Y quedamos desnudos los humanos,

los que llevamos dolor en el costado,

en los sentidos, las manos y la nuca,

porque es nuestro dolor, dolor herido

que llora en nuestro ser y nos penetra.

Que somos dolorosos, somos suaves

y llevamos la cruz, bajo el silencio

que tiene nuestra fe junto al cilicio

de ser humo e incienso y ser callados.

Y seremos sencillos, somos dulces

como las lágrimas, el pan y el vino:

el vino del dolor que nos embriaga

cuando el amor se va y estamos solos.

Dolor el tiempo, el tiempo negro

que nos va gastando, como si lleváramos

atada su cadena a las entrañas.

Dolor el mar, el mar cuando mastica

los barcos que naufragan en su lomo;

el mar, el que se va comiendo

todos nuestros anhelos de ser fuertes.

Dolorosas las cosas, el viento, las ideas,

los grises colores, las tormentas marinas;

dolorosos nosotros, porque el dolor ingrato

ha dejado marcada nuestra indecisa ruta

con profundas tinieblas de azufre y de vinagre

y un odio doloroso y oscuro hacia las tumbas.

 

 

A LA MUY NOBLE GUATEMALA DE LA ASUNCIÓN

 

I

 

Clava en mí tu mirada

y verás cómo rehúyo

el tizón de tus ojos;

los míos tienen miedo

que leas

lo que te dicen ellos.

Toda raíz mía

yo misma la planté

–es una sola.

Hija soy yo de esta ciudad

–te la proclamo mía–,

sus extrañas hazañas

caminan ante mí como desnudas,

tal como yo por entre ella

he transitado

o entre sus glóbulos

o su miel

o su llanto

o sus gemidos.

Sabe, niño mío:

hija soy yo de esta ciudad

y cuando yo muera

tú la heredarás

con todo el fuego de mi sangre.

 

 

II

 

Arrebatados los paseantes increíbles

quizá irán a morir entre tu sombra

en la arboleda suave que les tejes

sin un instante para morir, sin ser

nada más que una ciudad.

Aquí planté mi raíz:

es risa, juega,

corretea cándidamente en los jardines

y retoma todo lo mío.

Yo sé que tú, hijo, posees los estandartes del iris

aureolados en las pupilas.

¿Sabes tú a donde irá esta ciudad sin ti?

Cuando emigres, revoloteando sin un ayer,

¿qué hará, desolada, esta ciudad?

 

 

III

 

Entonces deja un poco de tus ojos y lleva tus canciones,

un son, un día, una estación, una calle,

una sonata o un relicario

o toda la risa loca con que me adornas.

Y oye: me enterrarán en esta ciudad, aquí

vestiré yo al final mi ropa funeraria

y por una atalaya desconocida, invisible,

tú y yo cuidaremos la ciudad, mi pequeño capitán,

desde los crespones de duelo inútil.

Ahora calla, chicuelo,

ya no hay más lágrimas

sólo el pequeño gozo de ver a la vida vuelta

de la nada,

sentir otra vez mis nervios,

saber que vivo desde siempre dentro del tumulto

de mi ciudad.

 

 

IV

 

Sólo una ciudad tengo y quiero que sea tuya

en el nadir, el cenit o en el altar del silencio

íntimo tuyo;

a donde tú vayas

quiero que lleves

mi ciudad.

Sólo eso tengo.

Qué son pues mis ojos

que no quieren perderla:

raíz, duelo, dolor

y cortinas cerradas,

la leyenda estéril que me urdió la ciudad.

Mariposas de versos y remolinos de ayeres.

Mi vida es una sombra disuelta

son los espejos con que me transmigrarás en algún otoño

con mi voz, y mi risa y mi sangre en tus venas

y tu adiós y todas tus palabras.

 

 

ARCOS DE DOLOR PARA EL INVIERNO

 

 

I

 

El dolor de las callejas oscuras

asalta mi cripta desnuda.

Mi corazón como un jardinillo apagado,

mi hielo abriendo cauces en el miedo,

en la raíz viva de soledad

en que busco las huellas esfumadas

donde escondes tu palpitar.

Porque ahora vengo de tocar las puertas cerradas,

todas las puertas de la ciudad,

y ninguna se ha abierto,

tras ninguna te encuentras

porque el ave del sueño te llevó entre sus alas,

porque de pronto huiste por las veredas tímidas

donde el manto de ayer desgarró la armonía.

 

 

II

 

Ahora que suenen las campanas,

que timbren y despierten su bronce

en las bóvedas del júbilo.

Que las albas palomas regocijen su vuelo

y puedan las mariposas moradas

lanzar al cielo la sinfonía de sus alas;

ahora que todas las rutas se enciendan,

que prosiga la marcha del cosmos con sus

membranas infinitas

porque todo está fuera de mí

irremediablemente gimiendo en lejanía,

terrible y hosco,

duro y doliente en este caserón vacío de mi ser.

 

 

III

 

¿En dónde la risa que solías tener?

¿En dónde la chispa de ritmo

naciendo de tus ojos?

No están. Se fugaron a la región desierta

donde la soledad come los huesos,

hiere de frío en los pasillos tristes,

alucina de angustia con el dolor a cuestas.

¿A qué llorar, decías, si hoy todo es azul?

Entonces el ángel tenía las trompetas de luz,

el soberbio clarín que deslumbra al sonido,

dones de árbol luminoso,

un porvenir dorado que brillaba en el día

y la mañana un sueño dulce para vibrar.

 

 

IV

 

Más partieron las horas olorosas y tibias,

te esfumaste, sabías

de este camino ciego.

E ingresé a la negrura de la noche profunda

en que aprendí a llorar.

Entré a la estancia amarga,

a la sed sin sentido,

al doloroso templo

donde es mejor morir.

 

 

MIS FURIAS

 

Cómo amo mis furias,

mis indómitas furias y mis rebeldes furias

y el potro rojo de mis furias de sangre

y mis furias de fuego y las furias salvajes

que han retado al ocaso bajo un cielo rugiente.

Me han atado las venas las brillantes pasiones

y las furias gimieron bajo mi sol ardiente.

Tuve escarpados muros en la frente incendiada

y mis furias saltaron todas las barricadas.

No creí que la hoguera de mi arsenal furioso

poseyera a las piedras y mascara la luna,

pero mis furias vivas como garras de tiempo

son parte de mi carne y tienen mi violencia

 

 

Isabel de los Ángeles Ruano Poeta, escritora, periodista y docente guatemateca nacida en 1945. Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 2001. Autora de los poemarios: Cariátides (1967), Canto de amor a la ciudad de Guatemala (1988), Los del viento (1999), Café express (2002), Versos dorados (2006).



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