26 Sep 2021

30. POESÍA CUBANA. FINA GARCÍA MARRUZ

-01 Ago 2020

 

Compartimos una selección de poemas de Fina García Marruz, poeta cubana.  

 

 

CINE MUDO

 

No es que le falte

el sonido,

es que tiene

el silencio. 

 

 

QUIERO ESCRIBIR CON EL SILENCIO VIVO

 

Quiero escribir con el silencio vivo.

Quiero decir lo que la mano dice.

Porque tú lees mejor el texto vivo

y el alma, en su guerrear callado, escribe.

A veces la ola blanca da en la roca

de espumeantes cavernas y sus fauces

orla con su jirón que hace y deshace

letras que tú descifras. Que la boca

calle y entre a lo blanco en la esforzada

faena que se pierde. La luz poca,

mi alejarme de ti de cada día,

pausas son del sentido, inacabadas

imágenes de mí. La línea tosca

salta y completa tú la melodía. 

 

 

JUAN RAMÓN

 

Erguido chopo español, ardiente y solitario!
J.R.J.

 

¿Son acaso distintos

ese chopo español y tu alma de ascua

fija, llameante en la cima?

Tu palabra, zarzal heridor

tantas veces, ¿distinta

a la esbeltez del agua en los jardines

del Generalife?

Más allá de toda

voluntaria virtud o inconsciente

hermosura ¿no ampara

al hijo el primigenio brío?

¿Cómo creer que la tumba

tuya, en tu cementerio de Moguer,

te guarda bajo su lápida 

mejor que el ciprés allí plantado,

con su cimero verde

profundo y melodioso?

Y tu voz ¿no es como su copa,

sobresaliendo del cercado de los muertos,

fogueando alta y atada

al amor de esas cuatro tapias pobres

y blancas?

¿Es que los dos vigilan otra cosa

que el sol de lo real,

riqueza única de la pobre

España, -su solo y fiero

corazón?

 

 

LOS EXTRAÑOS RETRATOS

 

Ahora que estamos solos,

infancia mía,

hablemos,

olvidando un momento

los extraños retratos

que nos hicieron.

Hablemos de lo que tú y yo,

por no tener ya nada,

sabemos.

Que esta solitaria noche mía

no ha tenido la gracia

del comienzo,

y entré en la danza oscura de mi estirpe

como un joven tristísimo

en un lienzo.

Mi imagen sucesiva no me habita

sino como un oscuro

sin poder distinguir siquiera

qué de mi pan o de mi vino

invento.

En el oscuro cuarto en que levanto

la mano con un gesto

polvoriento,

donde no puedo entrar, allí me miras

con tu traje y tu terco

fundamento,

y no sé si me llamas o qué quieres

en este mutuo, extraño

desencuentro.

Y a veces me parece que me pides

para que yo te saque

del silencio,

me buscas en los árboles de oro

y en el perdido parque

del recuerdo,

y a veces me parece que te busco

a tu tranquila fuerza

para que tú me enseñes el camino

de mi perdido nombre

verdadero.

De tu estrella distante, aparecida,

no quiero más la luz tan triste

sino el Cuerpo.

Ahonda en mí. Encuéntrame.

Y que tu pan sea el día

nuestro.

 

 

FRESCO DE ABEL

 

Piensa en Abel, el primer niño, en la pared degastada del tiempo.

Abel, cuyo nombre parece que comienza, y es la rosada intemperie 

matutina.

Abel que es el comienzo como es Caín el término,

y que tiene el peso leve del rocío en la frescura de la hoja.

Los ojos bajos tornan más suave la línea de los labios,

y aún parece que se alzan como las manos en el sacrificio.

Un leve movimiento y no podemos seguir tanto escorzo inefable.

Abel de pasos como la nieve, el de la pobre vestidura azul.

Pienso en tus palabras, padre virginal, adolescente rumoroso,

que muestras en lo desnudo un velo más profundo.

Qué decías en la inocente calma de tu corazón,

cuando la luz se alejaba como el peso de una piedra en el mar.

“Padre mío, perdóname, he aquí que ya no soy un niño,

y que palpo mi rostro que ha dejado en mi mano un rudo espejo.

Yo siento el leve horror de ir colmando otra sangre,

acercándome a la medida de Adán, tu hijo, a mi medida.

Padre mío, perdóname mi muerte, perdónanos la muerte.

Yo te doy gracias porque he sido un niño

y conocí la sombra del paraíso.   Ah, ya es hora

de que atraviese el umbral, y tengo miedo.

De la mañana de mi vida desciendo 

como los cansados párpados de una madre sobre su hijo.

He aquí que entro en mi solitario corazón diferente

y guardo solo lo que ya he perdido.

Di por qué es preciso que me aleje para volver.

No he crecido.  He dejado atrás a un niño.

Haz permitido que llame mío a tu niño.

Y que tus dones sean mi libertad. 

Acepta estas ovejas.”

 

 

TEOTIHUACÁN

 

¿Cuál es el centro, qué queda de espaldas

a qué, cuál es el lado príncipe

en la llanura rodeada de dios por todas partes?

Zodiacal mide los años de las aguas,

el teatro del inmenso cataclismo,

el coro de la divinidad aún no aplacada.

Ellos tuvieron revelación confusa.

Allí se derramó toda la sangre.

Allí fue la pluma tornasol.

Ese espacio es aún sagrado.

Todos los enigmas se han allí reunido,

los crueles guerreros de cabeza de ave!

 

 

EN METAPA

 

Vamos a la casa en que nació Darío

en Metapa, antes llamado pueblo de Chocoyos,

y ahora Ciudad Darío.  Y la casa es pobrísima,

pegada a la tierra, como una raíz,

y parecida a la casa en que nació Sandino

que era pobre también.  Vemos la cama

del poeta, la cocina con gran piedra

para amasar la yuca y el maíz.  El techo es de tejas

que llaman de doble agua.  En la vitrina cerrada

libros y manuscritos, escasos.  Voló el águila lejos

de aquí, pero aquí estuvo el nido.  Aquí nació una nueva

música.  Olvidó el dios Pan su flauta en una rama

que encontró el niño indio.   (En algún parque vimos

la escultura de su rostro en figura de cemí.)

Ídolo es la hermosura aquí, porque es prenda y miraje

el día de la justicia.  No han debido llamar

a esta aldea Darío, sino dejarle el nombre

con que él la conoció y nombró, Metapa,

que suena a rostro de madre indígena, a raíz,

húmeda como el delantal de la sirvienta que nos crió.

Hay que amar la raíz, oscura, retorcida, fea quizás,

sin la que no serán la libertad y la hermosura

del árbol pleno en flor.  Metapa suena a origen.

en el mercado de Masaya, pobre también, vi una cuna,

y pensé que era una cuna de esta tierra

en que nació Sandino y en que nació Rubén.

La cuna era de mimbre bien tejido, cálida como un huevo.

Parecía que iba a salir a navegar.  Y entonces fue que me fijé en su

forma,

trabajada, elegante: era un cisne.

 

 

Fina García Marruz nació en la Ciudad de La Habana el 28 de abril de 1923. Estudió la primaria en el Colegio Sánchez y Tiant y el bachillerato en el Instituto de La Habana; se doctoró en Ciencias Sociales en la Universidad de La Habana en 1961. Desde joven mostró su pasión por la literatura y la música. Fina estuvo entre la pléyade de jóvenes poetas que se relacionaron con el andaluz Juan Ramón Jiménez, durante la visita del poeta en 1936 a Cuba. Fue miembro del consejo de redacción de la revista Clavileño, y del grupo de poetas de la revista Orígenes (1944-1956), que encabezó el poeta y narrador, José Lezama Lima, en el que participaba también su esposo, el poeta, narrador y ensayista Cintio Vitier, así como Eliseo Diego, Octavio Smith, Gastón Baquero, Ángel Gaztelu y Cleva Solís, entre otros. Con sus primeros cuadernos Fina se destaca y singulariza entre los originistas con sus Poemas, 1942 y la Transfiguración de Jesús en el Monte, 1947, por el acento profundamente espiritual de su estética. Su obra poetíca fue apareciendo de manera paralela a su labor investigadora con obras como Las miradas perdidas, 1944-1950, 1951; Visitaciones, 1970; Créditos de Charlot, 1990; Los Rembrandt del Hermitage, 1992; Viejas melodías, 1993 y Habana del Centro, 1997, entre otros. Desde 1962 trabajó como investigadora literaria en la Biblioteca Nacional «José Martí», y en la Sala Martí y el Anuario Martiano que fue dirigido por Cintio Vitier. Ejerció de investigadora literaria en el Centro de Estudios Martianos, desde su creación en 1977 e integró el equipo que realizó la edición crítica de la obra poética de José Martí e inició también la edición crítica las Obras Completas de José Martí. Ha recibido el reconocimiento nacional e internacional a través de la concesión de numerosos galardones de prestigio como el Premio Nacional de Literatura, el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda o el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2011.



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