28 Ene 2021

53. POESÍA NICARAGÜENSE. ANA ILCE GÓMEZ

-05 Sep 2020

 

 

EN SORGONO

 

El pequeño Sorgono saliendo de entre la maleza

de los Gennargentu

es triste como el cementerio de Masaya.

Su Ristorante Risveglio con su gran N al revés

en medio de Sorgono ahumado y frío deja caer su sombra.

(¡Ha muerto el Albergo D’Italia!)

Sólo el pequeño pueblo se levanta

frente a los tupidos Gennargentu

con sus manadas de cabras alertas,

con sus ovejas merinas estrenando sus hermosos cencerros,

con su atajo

con su rastrojo

sus esteras de junco

su tristeza de sábado por la tarde

su pila de alcornoques tirados en la sombra

su Ristorante,

además del posadero con la pechera sucia

y de la muchacha siciliana envuelta en su chal

que lleva la ropa

que trae la copa

que deposita la sopa. ¡Eterna sopa de coles del flamante

Risveglio!

Los alrededores de Sorgono son semejantes a un pueblo

del Westcountry inglés o del campo de Hardy.

En Sorgono (terminal y ganglio de carreteras interiores)

las vacas se tienden en el camino que va a Oristano

unos hombres de aire torpe

fuman sus amados cigarros de Macedonia

una mísera vela llora luz

un pastor se mueve como en sueños.

Desde Sorgono es mejor ir a Nuoro que a Abbasanta.

 

 

OTRO PRIMER DÍA DE LA CREACIÓN

 

He sentido el sabor y la densidad

de un poema
rozándome como un ala

o como el fru fru de un vestido

de alguien que pasa a nuestro lado

dejando un halo de presencias.

Un sabor a fruta madura

que se desmorona en la boca.

Algo que se puede tocar

con la yema furtiva de los dedos,

y se puede escuchar viniendo

de muy lejos

como un torrente apenas percibido

en sus comienzos.

Es eso que se puede oler en el aire detenido

y que se puede ver ¿por qué no?

quizás como vio Dios en los inicios

de la creación

la primera mañana que salía de

sus manos.

 

 

ÁNGEL DEL RETORNO

 

El ángel del principio

insaciable

me roza el oído con sus alas

me dice los secretos de la mujer que fui,

de la que seré

antes de que el círculo se acabe

tras incontables vidas transformada.
 

Al pie de la cama teje

       la tela de mis días

y lee con paciencia el libro de mis horas

recordándome – ángel inevitable

del retorno –

que en inicios y giros sin medida

he de volver  a ser estrella de mar,

fémur de lejana pantera,

mansa y delicada célula

en el más pequeño

círculo

del tiempo.

 

 

ÁNGEL DE EXPULSIÓN

 

Llorando me expulsó del paraíso.

En la tarde herrumbrosa peinó mis cabellos

me cubrió con su manto

y puso sandalias en mis pies.

De la mano me llevó a las puertas

del paraíso

y me dio un largo abrazo.

Y ya al final, de manera repentina

y con un brillo de fuego en la mirada

se me acercó al oído

y me preguntó

casi me suplicó que le dijera

qué sabor tenía

la manzana.

 

 

ARIA

 

No soy ángel

que preside la vida

ni sabia

ni agorera.

Únicamente

soy una mujer

cálida

intensa

que en su más apartada

intimidad

cree tener voz

y canta.

 

 

A UNA MESA

 

Esta mesa fue de mi abuelo.

Sobre ella más de una vez reclinó su cabeza

y durmió largas siestas

donde se mezclaban vía crucis tormentas

toques de queda

y mujeres furtivas que se marchaban a la nada.

 

Esta mesa fue de mi padre.

Sobre ella pintaba pájaros y vírgenes

y naturalezas vivas

y mi madre aplanchaba sobre ella

con la plancha de carbón.

 

¿Quién era más triste:

la plancha, el carbón o mi madre?

 

Mía también fue esta mesa

y sobre ella escribí un día estos versos

que nadie se atrevería a publicar.

 

Cada generación tiene su historia.

Cada sueño su raíz. Cada mesa es como

la palma de una mano. Sus líneas

nos pueden revelar en el momento preciso

de dónde proviene

la madera de los sueños

la nostalgia de las manos

o el lenguaje cifrado

del corazón.

 

 

MUJERES CON GUITARRA

 

Hay muchas mujeres lapidadas a lo largo

de la historia.

Su vida fue de jaurías y de toros rabiosos

de sangre alzada

de mordeduras largas.

Mujeres que le devolvieron al mundo

la embestida,

que se inmolaron o tuvieron que matar

para seguir viviendo,

esas que en la hora más oscura

roturaron el campo con sus uñas

para que vos y yo pasemos.

Hondas mujeres

que quizás una lenta madrugada

marcharon al fuego o a la horca

por cosas tales como desordenar

el orden público

por inventar una nueva manera de descifrar

la vida

por tener voz

o por infieles

o ateas.

Ellas ya no están. Sus cabezas reposan

sobre un siglo o dos. Sus ojos

ya no existen.

Pero de ellas perdura una hebra sutil

un hilo ciego que sin saberlo

nos hace crecer y despertarnos en la noche

con unas ganas inmensas de vivir

de derribar todos los muros

de desafiar todas las hogueras

así como de amar y de pulsar

todas

toditas las guitarras de la tierra.

 

 

MÁSCARA DEL INSOMNIO

 

Todo lo que leí

Todo lo que viví

Todo lo que perdí y no pude recobrar

Todo lo que soñé sobre mi almohada

Todo lo que olvidé y recordé en un instante

como atravesada por un milagro

Todo lo que nombré o dije o callé

Toda el agua que tuve mientras vos

te morías de sed

Y el sol que cubrió mis días

Y la luna que cercó mis noches

Todas las palabras y las líneas

que me guardaron de la soledad

Todo el frío

Todos mis amigos. Los que me dan la mano

y los que me saludan desde un perdido

ventanal

Toda mi vida anticipada

Mis angustias sobre la rueda infinita

de la existencia

Mi amor y mi dolor

Toda la brevedad convertida en eternidad

a través de esta larga y recurrente noche

de insomnio.

 

 

LA MUERTE NO ES UNA MUJER

 

La muerte no es una mujer

con el cráneo pelado y una corva guadaña

entre las manos.

La muerte es un hombre que galopa

entre las noches que columpia el insomnio.

Es un varón disfrazado de oscura damisela.

Tiene unas rosas en las manos

y un cordel para colmar el cuello.

Alguien un día dibujó a la muerte

con rostro de doncella. Pero ella es él,

pálido, abyecto,

que en la noche se llega hasta mi sueño

y como un perro fiel

me hace aspirar su aliento de témpano

y misterio

y con fría insistencia se me acerca

                               y me lame los pies.

 

 

Ana Ilce Gómez (1945-2017). Nacida en Masaya en 1945.  Su poesía, que se distingue por una portentosa intensidad lírica y precisión verbal, hizo que su primer libro, Las ceremonias del silencio (Managua: Ediciones El Pez y la Serpiente, 1975; segunda edición ampliada: Managua: Editorial Vanguardia, 1989) ocupara un lugar cimero en el Parnaso nicaragüense. Ana Ilce Gómez empezó a escribir versos a los diez años de edad; rememora que tomó el quehacer poético “en serio” luego de haber llegado a Managua para cursar sus estudios superiores. Debutó en 1964 con un recital en la Universidad Centroamericana (UCA) de Managua y aquel mismo año publicó por primera vez en el suplemento cultural del diario La Prensa. Es licenciada en Periodismo por la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua). Tiene maestría en Gestión y Organización de Bibliotecas, otorgada por la Universidad de Barcelona, España. Trabajó como periodista, creativa publicitaria y relacionista pública de instituciones financieras. Entre 1990 y 1997 ejerció el cargo de Directora de la Biblioteca del Banco Central e impulsó la restauración de la colección pictórica de dicho establecimiento, considerada la más completa del país. Pese a que en su obra predomina una perspectiva intimista, Gómez no permanece ajena al entorno social y político. Sin haber sido militante o colaboradora del Frente Sandinista de Liberación Nacional, se identificaba con sus luchas antes y después de la revolución de 1979. Su poemario Poemas de lo humano cotidiano (Managua; Asociación Nicaragüense de Escritoras, 2004) recibió en 2004 el premio único de la segunda edición del Concurso Nacional de Poesía Escrita por Mujeres Mariana Sansón, convocado por la Asociación Nicaragüense de Escritoras, Anide, de la cual Ana Ilce es integrante. En 2006 fue incorporada como miembro de número a la Academia Nicaragüense de la Lengua.



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