28 Oct 2021

76. POESÍA VENEZOLANA. EUGENIO MONTEJO

-03 Oct 2020

 

ADIÓS AL SIGLO XXI

 

a Álvaro Mutis

 

Cruzo la calle Marx, la calle Freud;

ando por una orilla de este siglo,

despacio, insomne, caviloso,

espía ad honorem de algún reino gótico,

recogiendo vocales caídas, pequeños guijarros

tatuados de rumor infinito.

La línea de Mondrian frente a mis ojos

va cortando la noche en sombras rectas

ahora que ya no cabe más soledad

en las paredes de vidrio.

Cruzo la calle Mao, la calle Stalin;

miro el instante donde muere un milenio

y otro despunta su terrestre dominio.

Mi siglo vertical y lleno de teorías…

Mi siglo con sus guerras, sus posguerras

y su tambor de Hitler allá lejos,

entre sangre y abismo.

Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios

por un trago, por un poco de jazz,

contemplando los dioses que duermen disueltos

en el serrín de los bares,

mientras descifro sus nombres al paso

y sigo mi camino.

 

 

ALFABETO DEL MUNDO

 

En vano me demoro deletreando

el alfabeto del mundo.

Leo en las piedras un oscuro sollozo,

ecos ahogados en torres y edificios,

indago la tierra por el tacto

llena de ríos, paisajes y colores,

pero al copiarlos siempre me equivoco.

Necesito escribir ciñéndome a una raya

sobre el libro del horizonte.

Dibujar el milagro de esos días

que flotan envueltos en la luz

y se desprenden en cantos de pájaros.

Cuando en la calle los hombres que deambulan

de su rencor a su fatiga, cavilando,

se me revelan más que nunca inocentes.

Cuando el tahúr, el pícaro, la adúltera,

los mártires del oro o del amor

son sólo signos que no he leído bien,

que aún no logro anotar en mi cuaderno.

Cuánto quisiera al menos un instante

que esta plana febril de poesía

grabe en su transparencia cada letra:

la o del ladrón, la t del santo

el gótico diptongo del cuerpo y su deseo,

con la misma escritura del mar en las arenas

la misma cósmica piedad ‘

que la vida despliega ante mis ojos.

 

 

NINGUN AMOR CABE EN UN CUERPO SOLAMENTE

 

Ningún amor cabe en un cuerpo solamente,

aunque abarquen sus venas el tamaño del mundo;

siempre un deseo se queda fuera,

otro solloza pero falta.

Lo sabe el mar en su lamento solitario

y la tierra que busca los restos de su estatua;

no basta un solo cuerpo para albergar sus noches,

quedan estrellas fuera de la sangre.

Ningún amor cabe en un cuerpo solamente,

aunque el alma se aparte y ceda espacio

y el tiempo nos entregue la hora que retiene.

Dos manos no nos bastan para alcanzar la sombra;

dos ojos ven apenas pocas nubes

pero no saben dónde van, de dónde vienen,

qué país musical las une y las dispersa.

Ningún amor, ni el más huidizo, el más fugaz,

nace en un cuerpo que está solo;

ninguno cabe en el tamaño de su muerte.

 

 

UCELLO, HOY 6 DE AGOSTO

 

En el cuadro de Uccello hay un caballo

que estuvo en Hiroshima.

Nadie lo ve cuando se ausenta,

cuando sus ojos beben sombra

sobre los cascos que se pulverizan.

 

Uccello dejó un mapa de la guerra

arcaico, con armas inocentes.

No dibujaba aviones ni torpedos,

desconocía los submarinos,

su muerte iba del gris al rojo, al verde.

 

Sólo el caballo en este 6 de agosto

está herrado con viejas cicatrices,

sólo sus patas llevan en la noche

a la desolación del exterminio.

 

Es un caballo torvo, atado a un árbol,

siempre listo en su silla,

Uccello lo cubrió con capas de pintura,

lo borró de su siglo,

y hoy aguarda en el fondo de la cuadra

con los jinetes del Apocalipsis.

 

 

ACACIAS

 

En la gélida noche rugen los huracanes.
"A Diotima", HÖLDERLIN

 

Estremecidas como naves

acacias emergidas de un paisaje antiguo

y no obstante batidas en su fuego

bajo la negra luz de atardecida

yo miro yo asisto

a este mínimo esplendor tan denso

yo palpo

la intermitencia de las arboladuras

su fuego girante delirante

enmarcadas en un éxtasis grave

como desposeídas lanzadas al abismo

así de grande

en un follaje poblado de sombras agitadas

las miro

frente a la piedad de mis ojos

bajo los huracanes de la Noche

 

 

ULISES

 

Barcos que veo allá lejos, balanceándose

cerrados como libros hace mucho leídos

¿Qué dicen, qué no dicen? —Hoy hablo griego

a bordo del primero que parta. Soy Ulises.

Barcos que cierro los ojos para ver

dentro de mí con la añoranza de sus Ítacas.

 No sé en cuál voy, en cuál de tantos leo a Homero,

 el biógrafo de mis nativos horizontes,

 ahora que llevo un poco de café para los dioses

que nos prometen un viaje propicio.

Soy o fui Ulises, alguna vez todos lo somos;

 después la vida nos hurga el equipaje

y a ciegas muda los sueños y las máscaras.

 Mi corazón ya leva el ancla. Estoy a bordo.

 Cuando distinga la voz de las sirenas

en altamar, al otro lado de las islas,

 sabré por fin qué queda en mí de Ulises.

 

 

EL ESCLAVO

 

Ser el esclavo que perdió su cuerpo

para que lo habiten las palabras.

 Llevar por huesos flautas inocentes

que alguien toca de lejos

o tal vez nadie. (Sólo es real el soplo

y la ansiedad por descifrarlo.)

Ser el esclavo cuando todos duermen

y lo hostiga el claror incisivo

de su hermana, la lámpara.

 Siempre en terror de estar en vela

frente a los astros

sin que pueda mentir cuando despierten,

 aunque diluvie el mundo

y la noche ensombrezca la página.

Ser el esclavo, el paria, el alquimista

de malditos metales

y trasmutar su tedio en ágatas,

 en oro el barro humano,

 para que no lo arrojen a los perros

al entregar el parte.

 

 

LOS ÁRBOLES

 

Hablan poco los árboles, se sabe.

Pasan la vida entera meditando

y moviendo sus ramas.

Basta mirarlos en otoño

cuando se juntan en los parques:

sólo conversan los más viejos,

los que reparten las nubes y los pájaros,

pero su voz se pierde entre las hojas

y muy poco nos llega, casi nada.

Es difícil llenar un breve libro

con pensamiento de árboles.

Todo en ellos es vago, fragmentario.

Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito

de un tordo negro, ya en camino a casa,

grito final de quien no aguarda otro verano,

comprendí que en su voz hablaba un árbol,

uno de tantos,

pero no sé qué hacer con ese grito,

no sé cómo anotarlo.

 

 

HAMLET ACTO PRIMERO

 

Mira la sala: no es el cortinado

lo que tiembla. Ni la sombra de Hamlet.

Tal vez, tal vez la capa de su padre.

Todas las noches son de Dinamarca.

Los soldados se turnan en la ronda

y lían sus cigarros.

Vuelve tan crudo allí el invierno

que desdibuja en bultos blancos

la tenue imagen del televisor.

Pero la noche tiembla

y las túmidas narices del caballo

nos olfatean bajo la nieve...

¿Qué país no ha escondido algún Rey muerto?

Pasan las propagandas

y retornan los pasos del espectro.

Es él, es él, es su fantasma

y la venganza de esa capa sola

estremece los clavos del perchero.

El locutor anuncia otra nevada

Para mañana, pero roja, siniestra.

Todas las noches son de Dinamarca.

 

 

ISLANDIA

 

Islandia y lo lejos que nos queda,

con sus brumas heladas y sus fiordos

donde se hablan dialectos de hielo.

Islandia tan próxima del polo,

purificada por las noches

en que amamantan las ballenas.

Islandia dibujada en mi cuaderno,

la ilusión y la pena ( o viceversa).

¿Habrá algo más fatal que este deseo

de irme a Islandia y recitar sus sagas,

de recorrer sus nieblas?

Es este sol de mi país

que tanto quema

el que me hace soñar con sus inviernos.

Esta contradicción ecuatorial

de buscar una nieve

que preserve en el fondo su calor,

que no borre las hojas de los cedros.

Nunca iré a Islandia. Está muy lejos.

A muchos grados bajo cero.

Voy a plegar el mapa para acercarla.

Voy a cubrir su fiordos con bosques de palmeras.

 

 

ALGUNAS PALABRAS

 

Algunas de nuestras palabras

son fuertes, francas, amarillas,

otras redondas, lisas, de madera…

Detrás de todas queda el Atlántico.

Algunas de nuestras palabras

son barcos cargados de especias;

vienen o van según el viento

y el eco de las paredes.

Otras tienen sombras de plátanos,

vuelos de raudos azulejos.

El año madura en los campos

sus resinas espesas.

Palmeras de lentos jadeos

giran al fondo de lo que hablamos,

sollozos en casas de barro

de nuestras pobres conversas.

Algunas de nuestras palabras

las inventan los ríos, las nubes.

De su tedio se sirve la lluvia

al caer en las tejas.

Así pasa la vida y conversamos

dejando que la lengua vaya y vuelva.

Unas son fuertes, francas, amarillas,

otras redondas, lisas, de madera….

Detrás de todas queda el Atlántico

 

 

LOS AUSENTES

 

Viajan conmigo mis amigos muertos.

Adonde llego, van por todas partes,

apresurados me siguen, me preceden,

gentiles, cómodos e incómodos,

en grupos, solos, conversando, paseando.

A mi paso se mezclan sus huidizos colores

hasta envolverme en un lento crepúsculo…

Tantos y tantos, cada quien en su estatua,

y en torno siempre las máscaras del sueño.

Y mi estatua también a su lado, flotando.

Muertos de nunca habernos muerto,

de estar en algún tiempo, en algún parque,

juntos y apartes, conformes, inconformes,

mudos, charlando, con voces, sin voces,

en verdad ya ni vivos ni muertos:

algo intermedio que tampoco es estatua,

aunque tengamos ya de piedra los ojos

y unos y otros nos sigamos, corteses polémicos,

contentos de estar en la tierra y de no estar en ella,

en eternas tertulias donde, se hable o no se hable,

todo queda para después o para antes,

para cuando no sabíamos que después era entonces

ni que nuestras sombras de pronto levitaban

visibles e invisibles en el aire.

Un instante de nuevo me reúno con ellos,

conversando otra vez esta tarde, tan tarde,

en un Café de ruidos urbanos, suburbanos…

Es decir, bebiendo sin beber, un poco abstemios,

pues los muertos no beben, pero beben a veces,

juntos y alegres, aunque no tanto, sino alegres,

con un trago o ninguno, pero con un trago,

creyendo que el tiempo ya pasó y no ha pasado,

y por eso pasó sin pasar, es decir, nunca pasa.

Cada quien con un whisky sin hielo o con hielo,

más cálido que frío, sin instante un instante,

con el recuerdo que nada recuerda esta tarde

y por eso se acuerda ahora de todo…

Bebiendo con ellos que fuman y charlan,

que parten y vuelven, dialogan, discuten,

hablando por hablar y a veces por no hablar,

hasta decirnos qué de Picasso hay en la ausencia,

cuánto cubismo en la manera de alejarnos,

el modo de mirarnos con ojos verticales

y saludarnos con la mano a la inversa,

la forma de beber un solo vaso roto

que ya no tiene vidrio ni licor ni volumen

el modo de no beber creyendo que se bebe

y seguir todos juntos ahora que estoy solo.

 

 

LA POESÍA

 

La poesía cruza la tierra sola,

apoya su voz en el dolor del mundo

y nada pide

—ni siquiera palabras.

Llega de lejos y sin hora, nunca avisa;

tiene la llave de la puerta.

Al entrar siempre se detiene a mirarnos.

Después abre su mano y nos entrega

una flor o un guijarro, algo secreto,

pero tan intenso que el corazón palpita

demasiado veloz. Y despertamos.

 

 

ESCRITURA

 

Alguna vez escribiré con piedras,

midiendo cada una de mis frases

por su peso, volumen, movimiento.

Estoy cansado de palabras.

No más lápiz: andamios, teodolitos,

la desnudez solar del sentimiento

tatuando en lo profundo de las rocas

su música secreta.

Dibujaré con líneas de guijarros

mi nombre, la historia de mi casa

y la memoria de aquel río

que va pasando siempre y se demora

entre mis venas como sabio arquitecto.

Con piedra viva escribiré mi canto

en arcos, puentes, dólmenes, columnas,

frente a la soledad del horizonte,

como un mapa que se abra ante los ojos

de los viajeros que no regresan nunca.

 

 

EL DORADO

 

a Luis García Morales

 

Siempre buscábamos El Dorado

en aviones y barcos de vela,

como alquimistas, como Diógenes,

al fin del arco iris,

por los parajes más ausentes.

Unos caían, otros llegaban,

jamás nos detuvimos.

Los hombres del país Orinoco

nunca elegimos otra muerte.

Perdimos años, fuerza, vida;

nadie soñó que iba en la sangre,,

que éramos su espejo.

El oro del alma profunda

a través de las voces

que nos inventaban los ríos

en el rumor de las aldeas.

El Dorado que trae el café

a la luz del Caribe

con sus soles a paso de bueyes.

Jamás lo descubrimos,

no era para nosotros su secreto.

Los hombres del país Orinoco

teníamos raza de la quimera.

 

 

MANOA

 

No vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire,

ningún indicio de sus piedras.

Seguí el cortejo de sombras ilusorias

que dibujan sus mapas.

Crucé el río de los tigres

y el hervor del silencio en los pantanos.

Nada vi parecido a Manoa

ni a su leyenda.

Anduve absorto detrás del arco iris

que se curva hacia el sur y no se alcanza.

Manoa no estaba allí, quedaba a leguas de esos mundos,

—siempre más lejos.

Ya fatigado de buscarla me detengo,

¿qué me importa el hallazgo de sus torres?

Manoa no fue cantada como Troya

ni cayó en sitio

ni grabó sus paredes con hexámetros.

Manoa no es un lugar

sino un sentimiento.

A veces en un rostro, un paisaje, una calle

su sol de pronto resplandece.

Toda mujer que amamos se vuelve Manoa

sin darnos cuenta.

Manoa es la otra luz del horizonte,

quien sueña puede divisarla, va en camino,

pero quien ama ya llegó, ya vive en ella.

 


Nueva York Poetry Review agradece, de manera muy especial, a Aymara Montejo, viuda del poeta. 

 

Eugenio Montejo (Caracas, 19 de octubre de 1938 - Valencia, 5 de junio de 2008) fue un poeta y ensayista venezolano, fundador de la revista Azar Rey y cofundador de la Revista Poesía de la Universidad de Carabobo. Fue investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos de Caracas, y colaborador de una gran cantidad de revistas nacionales y extranjeras. En 1998 recibió el Premio Nacional de Literatura de Venezuela y en 2004 el Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo. Uno de sus poemas es citado en la película 21 gramos, del director mexicano Alejandro González Iñárritu. Eugenio Montejo fue profesor universitario, gerente literario de la editorial Monte Ávila de Venezuela. Como diplomático trabajó en la embajada de Venezuela en Portugal. El valor de su estimable obra poética y ensayística no ha parado de crecer en los últimos años, siendo una de las más importantes y originales de la última mitad del siglo XX.



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