28 Nov 2020

13. AUDOMARO HIDALGO. SOBRE PABLO NERUDA

-10 Oct 2020

  

Sobre Pablo Neruda

por

Audomaro Hidalgo

 

     La relectura reciente del Canto General ha despertado impresiones, recuerdos y sensaciones que la poesía de Pablo Neruda, a lo largo de mi comercio con su obra, ha dejado en mí. Como sucede con los verdaderos artistas, es decir con aquellos que traducen el mundo gracias a un lenguaje personal y único, sustentado en una visión profunda del alma humana y de la realidad, que ahondan en los temas esenciales de la vida, Neruda pertenece a esa familia de poetas cuyo inagotable poder verbal nos atrae y nos repele al mismo tiempo, diría que casi se nos impone. Una vez que se ha comenzado a leer a este tipo de escritores no podemos dejar de leerlos, al menos es lo que me sucedió con los casi innumerables libros de poesía de Pablo Neruda, y lo que me ha sucedido y me sucede con Roberto Bolaño y Christian Bobin, respectivamente. Ante esta impresión una prudente distancia es necesaria.

 

     Pablo Neruda comenzó por ser un mediocre forjador de versos sensibleros y terminó siendo un reconocido poeta de fama internacional. Mucho antes de recibir el Premio Nobel de Literatura, Neruda era ya conocido en el mundo por su compromiso político y su lucha ideológica permanentes. Su vida fue la de un hombre entregado, con convicción y sin reservas, a unas ideas vividas más como una pasión que como instrumentos que nos ayudan a comprender el mundo. Sus creaciones poéticas hablan de un temperamento volcánico cuyo magma verbal no disminuye y busca ir siempre más allá de sus propios límites. Hoy es muy fácil juzgar la enorme y no disimulada gesta política que atraviesa la poesía de Neruda. El mismo reproche se le puede hacer a Eluard, Aragon y Alberti. Sin embargo, a lo largo del siglo pasado era muy difícil permanecer al margen de los acontecimientos históricos, fueron tiempos convulsos que exigían la participación o la marginalidad, eran momentos en los que la realidad presentaba rostros a los que había que hacerles frente, y que luego la historia se encargó de disipar. No trato de justificar la ideología política de Neruda ni mucho menos sus himnos y loas a Stalin, como lo prueban su Elegía o las Alabanzas de la revolución chilena e incitación al nixonicidio, éste último compuesto no para ser una referencia bibliográfica sino para perdurar en la memoria del pueblo chileno. Lo que quiero es comprender la figura de un poeta que durante mis reiteradas lecturas de su obra me provoca, todo junto, asombro y muecas, júbilo y tedio, pero siempre admiración.

 

     En algún momento Neruda se propuso ser el Walt Whitman de la América hispana y de la poesía escrita en lengua española. Tenía el mismo aliento que el poeta norteamericano pero pertenecía a una tradición espiritual y poética diferentes. Whitman escribe apoyado naturalmente en el versículo bíblico; Neruda siempre utilizó diversas formas y metros que expresaran su drama personal de hombre inmerso en la historia de su país y del mundo. Inspirado en el ejemplo de Whitman, Neruda es culpable de algunos de los males que han aquejado a la poesía latinoamericana: la exuberancia verbal, la retórica sentenciosa, el tono ponderativo del verso, etc.  Martín Adán, Enrique Molina, Álvaro Mutis, Jorge Enrique Adoum, Jorge Max Rojas, Rodolfo Hinostroza y actualmente Eduardo Espina han promovido esos excesos contra los que hay que cuidarse, pero que también nos son impuestos por fatalidad del español, siempre tendiente al énfasis y a la sentencia.  

     

     Desde la publicación de Residencia en la Tierra, la crítica alabó como una nota singular de la poesía de Neruda “la inmersión telúrica en el mundo de la materia”. Esto es evidente no sólo en este volumen sino en toda la obra del chileno. En “Alturas de Macchu Picchu” dice:

 

Más abajo, en el oro de la geología,

como una espada envuelta en meteoros,

hundí la mano turbulenta y dulce

en lo más genital de lo terrestre.   

        

     Sin embargo, esa observación de sus primeros lectores y comentaristas, sin duda justa, debe ampliarse un poco más. Pablo Neruda no sólo bajó al mundo de la materia como ningún otro poeta en lengua castellana lo había hecho hasta entonces, sino que fue mucho más lejos, porque descendió a las raíces profundas del idioma. Esta es la diferencia esencial entre Neruda y Huidobro, otro gran poeta. Neruda exploró todas las medidas métricas; Huidobro, con ese aire de vanidad que recorre su poesía, fue indiferente al arsenal retórico de que dispone la poesía española, lo despreció y al hacerlo mutiló una parte valiosa de su espíritu poético, se nutrió de las vanguardias europeas pero ignoró los romances españoles, al Arcipreste y la lección de los poetas barrocos. Neruda tuvo conciencia de la tradición, mientras que Huidobro creyó más en la efímera novedad y en la pirotecnia verbal. Al final del Canto general encontramos estos versos: 

 

Que amen como yo amé mi Manrique, mi Góngora,

mi Garcilaso, mi Quevedo:

fueron

titánicos guardianes, armaduras

de platino y nevada transparencia,

que me enseñaron el rigor

     

     Neruda no es un poeta del tiempo sino del espacio. Era un ser que sentía profundamente todo aquello que lo circundaba: el mar y la noche poblada de sustancias infinitas, la cordillera y el vuelo majestuoso del cóndor, la nieve y el crecimiento de las plantas, la irrupción solar de las espigas, el variado universo multicolor y multiforme de los alimentos terrestres, los seres humildes y los sonidos de la tierra, en suma: la vida de todos los días. El poeta es aquel que puede darnos la totalidad del mundo en una sola imagen o metáfora. Neruda, atravesando a caballo una región umbría, huyendo de su patria, se detiene, recoge la rama de un árbol y en el olor que despide es capaz de percibir todo el bosque. Pablo Neruda, a medida que fue creciendo, como hombre y como poeta, conquistó las potencias casi siempre dormidas que nos otorgan los sentidos, anestesiados por imposiciones exteriores a las que está expuesto el hombre contemporáneo. No hace falta saber que Neruda escribió Residencia en la Tierra lejos de Chile, en soledad psíquica y lingüística, al otro lado del planeta, en Ceylán, para sentir estos versos:

 

La flor de la soledad, húmeda, extensa

como la tierra en un largo invierno. 

 

     En la poesía de Pablo Neruda la palabra sur tiene una connotación más mítica que geográfica, más personal que histórica. La palabra sur, tan breve que cabe como un diamante ligero en la punta de la lengua, más bella su pronunciación en castellano que en francés o en inglés, no señala un punto concreto del espacio sino más bien evoca una nostalgia íntima. Es una bella cicatriz que arde y debe seguir ardiendo en la memoria del poeta. La palabra sur no postula un norte ni hace referencia a ningún otro punto cardinal, porque al escribirla o pronunciarla abre las puertas hacia un viaje interior, a la fuente no cegada del ser pero cuyo acceso es difícil. En cualquier lugar de la frase en que se encuentre, la palabra sur resplandece como una joya extraída de la dura noche de las minas.

 

     El exceso de la poesía de Neruda, además de retórico e ideológico, también es bibliográfico. Lo mismo ocurre con Carlos Pellicer, un poeta con el que Neruda tiene más de una afinidad poética y espiritual y que hasta donde sé nadie ha señalado. La Piedra de sacrificios: poema iberoamericano, publicado en México en 1924, bien podría ser un hermano menor del Canto General. El poema “Canto general de Chile” (VII) se inscribe en la tradición de aquellos poemas que tienen como tema la patria, igual que  “La suave patria” de López Velarde o la “Fundación mítica de Buenos Aires” de Borges. Por último, el extenso monumento poético de Neruda, publicado en 1950, es a grandes ratos inestable y aburrido debido a su misma magnitud verbal, pero por la ambición absoluta que guía la escritura puede ser colocado junto al The Prelude de Wordsworth o de Leaves of graves de Whitman, porque son obras que aspiran a la totalidad y porque son personales y colectivas al mismo tiempo.  

 

     La obra poética de Neruda tiene grandes caídas pero también muchos grandes momentos de alta poesía. El precoz autor de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de El hondero entusiasta y del Crepusculario, ha conquistado la memoria de muchos lectores, lo cual ha perjudicado al joven y virtuoso Neruda, me refiero al poeta de Anillos, esos ocho o nueve electrizantes poemas en prosa, camino que Neruda no terminó de explorar, también al autor de un esbozo de novela poética, Cantalao, nombre que según su biógrafo Volodia Teitelboim, Neruda había proyectado utilizar para un sitio que él haría construir en Isla Negra en el que artistas y escritores irían a pasar temporadas de creación, ocio y bebida. El joven poeta Neruda es autor de uno de los decididos primeros ejercicios surrealistas en América Latina: Tentativa del hombre infinito, folleto que anuncia a todas luces lo que será Residencia en la Tierra. Estos olvidos no sólo ocurren con el primer Neruda. Debido al número de libros publicados se tiende a pasar por alto otros títulos que para mí son esenciales, como La espada encendida, recreación poética del mito bíblico de la Creación y Caída a partir de una leyenda araucana, o Las piedras del cielo, animado de una alquimia verbal poco igualada.

 

     En el caso de sus memorias y de Para nacer he nacido: está muy lejos de ser la mejor prosa escrita en lengua castellana. No es la prosa de un Antonio Machado o de un Alfonso Reyes. La escritura en prosa de Neruda es desprolija, apresurada, incoherente y muchas veces torpe. Pablo Neruda es un gran poeta pero un mal escritor.

 

     Al hablar sobre la poesía de Pablo Neruda y la amistad que los unió durante varios años, Octavio Paz afirma que Neruda tenía un mal oído. No me parece justa la crítica de Paz. A lo largo de toda la poesía de Neruda escuchamos siempre un canto que viene de muy lejos (lo que el mismo Octavio Paz llamaría “la otra voz”), del centro profundo de la tradición de la poesía española, pero también viene del fondo mismo del ser del poeta, que al escuchar a los otros se escucha a sí mismo, de esta manera todos nos reconocemos en su palabra. Ejemplo de lo que digo puede ser la “Antiestrofa” del mismo Canto general. Leído en voz alta, pero sobre todo escuchado, ese poema, apoyado en su dicción, nos recuerda el tono de la Odisea. En todo caso, y no sé si sea bueno o malo, Neruda es muchas veces un poeta aliterativo, como lo prueba su poema “Campanas de Rusia”. A pesar de la clara alusión que Neruda hace del entonces joven poeta Octavio Paz hacia el final del Canto General: “los dientes solapados/del pululante poetiso”, Paz le dedica un largo ensayo en el que hace un ajuste de cuentas moral, personal y poético de su relación con Neruda. Aún me conmueve recordar ese texto.           

 

     De Isla Negra a Moscú, de la lucha pública al exilio y la clandestinidad, de la profundidad del océano a la altura celeste de la cordillera, a través de los bosques andinos, a lo largo de sus viajes, en la vigilia como en el sueño, esos dos vasos comunicados, en la poesía de Pablo Neruda aparece siempre el sol por excelencia de la vida: la mujer. La mujer está en el centro de su visión del mundo. Neruda ha escrito muchos de los mejores poemas eróticos de nuestra lengua. La mujer es la cifra de todo lo existente. En ella palpita todo el universo. Cuando uno ama somos capaces de ver, resalto a propósito este verbo para que se entienda que el amor y la mujer son las vías de acceso a la existencia verdadera, a la realidad oculta pero que se encuentra siempre delante de nuestros ojos: la realidad de todos los días. Por eso Neruda es capaz de escribir:

 

En tu abrazo yo abrazo lo que existe,

la arena, el tiempo, el árbol de la lluvia,

y todo vive para que yo viva:

sin ir tan lejos puedo verlo todo:

veo en tu vida todo lo viviente.   

 

Audomaro Hidalgo nació en Villahermosa, Tabasco, en 1983. Es poeta, ensayista y traductor mexicano. Ha publicado El fuego de las noches (2012). Estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe, Argentina, así como una maestría en Letras en la Universidad du Havre, en Francia, país en donde reside desde hace tres años. Poemas suyos han sido publicados al inglés y al francés. 

    



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