24 Sep 2021

93. POESÍA BOLIVIANA. GABRIEL CHÁVEZ CASAZOLA

-24 Oct 2020

 

OTOÑO DE 1582

 

leyendo a Cathleen Medwick

 

Otoño de 1582, un aroma

inexplicable

parecido al de las azucenas

repta, suave murmurio,

por Alba de Tormes, cuélase

bajo las puertas

entre las celosías

¿de dónde vendrá ese olor a lirio

a rosa a almendra perfumada?

interrumpe el caballero su yantar

la dama los criados

quieren saber de dónde emana

ese vergel de perfumes

algún perro de caza

dos mozos aguzados

ya el gentío

siguen su rastro

no es que salga de un ventanal

ni se cuele por el portón cuando se abre

es que se desprende de las paredes

del convento

es que lo envuelve

lo nimba como una nube

o una aureola

invisible pero que casi puede tocarse

dicen que solo una monja

con sinusitis no pudo sentir

ese aroma parecido al de las azucenas

y que otra monja

que fatigó los caminos castellanos y andaluces

que durmió en carromato y bajo las estrellas

que solía levitar cuando freía un huevo

-la sartén en la mano y el aceite pronto a derramarse-

que escribía que quería morirse pero

embestía con inusitadas ganas a la vida

y hacía todo lo que fuera necesario para salirse con la suya

que era, estaba segura, la de Dios,

quien platicaba con ella cuando quería

y un día le mandó un ángel para que la transverberara

con una lanza hurgando sus entrañas

como signo de su predilección

(lo que arrancó una estúpida exclamación a Jacques Lacan

al ver la escultura de Bernini en la capilla Cornaro):

 

que esa monja que durmió bajo las estrellas

magnífica y terrible como la quiso Huysmans

aquella mística eminentemente práctica como la pinta Medwick

era el origen

de la nube,

de ella nacía

ese perfume

de invernadero exótico

no era que

le saliera por la boca entreabierta

se desprendía de todo su cuerpo

lo envolvía

(y era en la Castilla del siglo XVI,

no en una novela de la costa Caribe colombiana)

lo nimbaba como una aureola           

premonitoria

 

en realidad

toda la celda estaba llena de una luz hermosa

y Teresa de Cepeda y Ahumada, amiga de Juan de Yepes,

yacía al centro

muerta

pero eso era un detalle

 

una paloma entró por la ventana cerrada

en el huerto floreció un árbol seco

una agonizante sanó

la multitud reunida fuera y los mozos el lebrel

y la Duquesa

regresaron a sus quehaceres como ligeramente transformados

dicen

pero esos son sólo detalles:

 

la que importa es Teresa

la que solía levitar

cuando pensaba un poema

y sosegar su corazón transverberado

o el nuestro

escribiendo en él

Nada te turbe

escribiendo en él

Nada te espante

inscribiendo en él

Sólo Dios basta.

 

 

M.B.

 

Así que esa eras tú, la niña que sonríe

en una fotografía en blanco y negro

entre dos monstruos sagrados y Medusa.

 

La niña que en un libro de 900 páginas apenas interviene

un par de veces para decir cosas irrelevantes

y otras tantas para decir que tiene sueño.

 

Y sin embargo, cuán valioso sería que conversáramos ahora,

invitarte un chocolate y unos churros

como escenario para escucharte relatar

alguna de esas veladas de tu infancia

con los monstruos sagrados

a quienes ningunos otros ojos salvo los tuyos

–revestidos de la nada inocente inocencia de los niños–

pudieron mirar tal como ellos eran

más allá de lo monstruoso y más aquí de lo sagrado:

 

dos viejos amigos que se van haciendo viejos

a las orillas de la literatura,

mientras uno, tu padre, se convierte

en la luna del otro, y tu madre postiza

en un planeta excéntrico y remoto,

eso que ahora llaman un objeto plutoniano.

 

Ah, Marta Bioy, cómo quisiera que nos tomáramos ese chocolate

para conocer tu versión de la historia

de aquel otro cuarteto de Alejandría

instalado en el Río de la Plata.

 

Me hablarías de Georgie, de Adolfito, de Silvina

como nadie podría jamás hablar de ellos

durante largas horas.

                                     Mas, sabes algo,

yo te interrumpiría en un momento de la tarde

para preguntarte sobre el cuarto elemento del cuarteto:

 

la muchacha que escuchaba historias de compadritos

y no tenía un bidón de gasolina

aunque sospecho que, tal vez, algunas noches

hubiera querido tener uno a la mano;

 

la adolescente que pasó de largo de la literatura

teniendo a su alcance todas las posibilidades

gallimardianas;

 

la mujer a la que un auto aplastó contra una acera

matando nuestra imposible plática con una taza

de humeante chocolate de por medio

y matando de paso las memorias más íntimas

de los monstruos sagrados y Medusa.

 

 

HAYDEÉ AGUILAR 

 

Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela

nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada

CESARE PAVESE

 

En aquella época en que nos conocimos usted pintaba el altiplano

con colores intensos, sorprendentes.

No recurría a los ocres habituales, a la paleta del viento.

Volcaba rojos poderosos, amarillos, anaranjados, violetas,

el cuadro como un puesto de frutas

el domingo en el mercado de un pueblo.

Todo lo pintaba con esos colores: el paisaje, los camiones,

la gente, las casas, el camino abierto

hacia la nada o el todo.

Y sin embargo, pese al calor de los colores, uno sentía

que estaba allí, en medio de la puna,

entre un frío acerado, mirando nada más ese camino,

escuchando –¿por qué?– una música alegre, no un lamento.

 

En aquella época en que nos conocimos usted pintaba el altiplano

y leía La lujuria de vivir.

Le habían dicho que estaba enferma, que la paleta, que el olor

de la trementina, que cosas inexpresables,

que se dejara de pintar para sanarse de una vez por todas

y usted, entre cocinar y fregar platos, leyendo ese libro

seguramente pensaba en aquel otro pintor

enfermo, incomprendido, recuperando en Arles y pintando

con colores insólitos,

cayendo

en la miseria, en la turbación, en la lujuria de dejarse morir

abrumado por la vida sencilla.

 

Pero usted no se dejaba morir.  Era yo,

que en aquella época en que nos conocimos, mientras

su mano pintaba con colores intensos,

sorprendentes,

quería matarme por una mujer mientras otra mujer

quería matarse por mí, todo un pobre estúpido al que usted,

mi Theo entonces, socorrió con sopas de papa lisa y marraquetas

también inexpresables.

 

Cómo recuerdo los colores de sus cuadros.

Esos rojos poderosos, amarillos, anaranjados, violetas,

el cuadro como un puesto de frutas el domingo en el mercado de un pueblo.

Era, decían, la paleta de la enfermedad.

Usted y yo sabíamos que no.

Que era la paleta de la memoria que no olvidaba

cómo eran las cosas verdaderas cuando eran verdaderas,

la paleta de la vida sencilla, abrumadora,

a la que usted me recuperó

mientras la enfermedad se la iba llevando por un camino

anaranjado, con una caldera en la mano,

y yo comenzaba a saber que un día usted se perdería

dentro de los pueblos en domingo de uno de sus cuadros

para no salir más, por cosas inexpresables

bajo una música alegre y no el lamento del yaraví.

 

 

DE SU ESTANCIA

 

De su estancia en vaya a saberse cuáles ciudades de la confusión

conservaba,

apenas a salvo de la humedad y el calor propio a esa hacienda

estacada en el centro del verano,

unas cuantas revistas que en el cuarto de baño daban cuenta

de un pasado mejor, de unos años

de bullente actividad intelectual,

de grupos activistas, de talleres de cuento, de seminarios

lacanianos,

de círculos de discusión de la Escuela de Frankfurt

y otros misterios reservados para los iniciados en

el buen sexo y los porros de aquella época y de aquellas ciudades de la  

confusión

en las que esa mujer altiva y lúcida aprendió a preparar un par

de buenos platos

–por ejemplo, pollo al mole–

que hoy junto a las revistas son todo el patrimonio que perdura

de aquellos años dorados, esplendentes,

en que todos querían cambiar el mundo a fuerza

de bullente actividad intelectual y porros y Gramsci y hasta de Louis Althusser,

hasta que Louis Althusser estranguló a su mujer e ingresó al manicomio y murió

babeando su impotencia y su ira en un camino

lodoso, del color del mole del pollo al mole,

botando sangre como rojos un cuadro de Frida Kahlo,

ese lugar común ahora, por entonces aún un descubrimiento

en una de las tapas de aquellas revistas estacadas

en medio del baño de aquella hacienda,

estacada a su vez

en el centro de esa mujer altiva y lúcida, tan digna

en su derrota

como la golondrina de Wilde cuando decía

despreciar el verano.

 

 

DESCANSA EN LA HIERBA

 

¿Quién mató a Norma Jean?

Yo, respondió la ciudad.

Como deber cívico, yo maté a Norma Jean.

NORMAN ROSTEN

 

para M.Ch.

 

Descansa en la hierba, muchacha,

de tu sueño de anorexia y plastilina

de tu destino sudamericano de Amy Winehouse criolla

de ese t shirt rosado con dos círculos de púrpura en los senos.

 

Descansa, ven, sobre la hierba.

 

Olvida la ciudad de estiércol que te tocó en mala suerte;

que el Leteo disipe las palabras melifluas y los gestos

equívocos

de los muchos que decían quererte pero no te querían,

arrojándote piedras hasta tapiarte el alma.

 

Y descansa también, por qué no, muchacha de piel láctea,

de quienes sí lo hacían a su modo:

de tu hermosa madre con ínfulas de grandeza ferretera,

de tu padre invisible y acaso cariñoso,

de tu espigada hermana, la morena y distante, que pude haber amado.

 

Y hablando del amor,

descansa de los amantes y las amantes

–si cabe llamarlos tales–

que arrugaron tu cama.

 

Descansa en la hierba, muchacha,

de esa ciudad maldita.

 

Rest in peace.

 

 

Y QUE A LAS ORILLAS

 

Y que a las orillas del río de caimanes te caven una tumba

en la loma más cercana,

te conduzcan

con bronce en el cuello y las orejas

y los tobillos y un gran ramo de flores amarillas

escogidas con primor

por las núbiles

—con suerte orquídea de las islas—

 

Un ramo

que cuando encuentren tu cuerpo los arqueólogos

japoneses y alemanes a la orilla

del gran río de caimanes

sea

la prueba mayor de que tus hijos veneraban a los muertos

cargando sus rodillas con un peso amarillo

que no era de oro, no,

pero que igual vencía

la natural resistencia de los huesos

al fin y al cabo de tu civilización impúdicamente ofrecidos

en arco abierto

—eso del peso de las flores,

    el peso de la belleza en las ancas de la muerte—

 

Dispuestos ya tus huesos a la carnicería de los futuros

si eso quiere decir algo todavía,

ahora que es entonces y tus manos de niña

cortan los pétalos de flores amarillas

y lanzan sus veletas al socaire

preguntándose en lenguas ya desaparecidas

me quiere no me quiere

—¿se preguntaban los antiguos estas cosas?

mucho

—¿conocían el amor nuestros antiguos?

poquito

—o era una enfermedad como la peste, llegada de lontano.

 

 

Ah, cuán pesadas las flores

qué frágiles mis huesos y esta lengua que hoy hablo

nadie podrá escribirla cuando

—¿cuándo? —

 

 

Muchacha de los ríos enterrada en cuál loma

 

mucho

poquito

 

mis huesos ya vencidos

 

saben que acaso

nada

 

 

(Inscripción escuchada en una excavación de Moxos.

Esta es apenas una versión muy libre

del aroma que emanan las flores amarillas:

la cultura a la que perteneció la poseedora de estos restos era ágrafa).

 

 

BURIED BEAUTY

 

 

Knocking at empty rooms / seeking for buried beauty

EZRA POUND

 

Para el fantasma de Y.

 

Figura de vacío que soñaba

su rostro dibujado en el espejo:

imágenes, siluetas, un bosquejo

de ese algo que hoy apenas recordaba,

 

era ella, espectro inmóvil. No dejaba

que la perturbe el fúnebre cortejo

que ayer la enterró niña, ni el reflejo

que en su propia mirada la miraba.

 

No quiero hacerle daño, mas no es nada

más que un trozo de abril, una encantada

brisa de lo que fue. Sólo una vaga

 

presencia deambulando por la casa

que se busca a sí misma (pero pasa

el tiempo) y no se encuentra (y se la traga). 

 

 

MEMENTO MORI

 

Para P.

 

Ni el arco que contempló las pomposas victorias

de César Marco Aurelio Antonino Augusto

ni aquél que casi fue rozado por la tiara

del Papa Rey erguido en una cabalgadura

preciosamente enjaezada

ni ese otro que vio al Gran Corso

desfilar con sus tropas en el cénit

de su tardío imperio decimonónico

y ni siquiera el pequeño seto de pino

bajo el cual paseaba el Libertador,

hombre más bien menudo,

en la quinta de San Pedro Alejandrino,

cobijaron el mismo poder

que el arco que forma tu cintura

ni celebraron mejor la frágil duración

de los reinos y el reino de este mundo

que la curvatura de tu espalda

cuando mi mano, en el alba, la atraviesa.

 

 

DISCULPA

 

Lo que escribí en el vientre de mi madre

ante la luz desaparece

EUGENIO MONTEJO, "Letra profunda".

 

Sabrás disculpar, madre, no lo hice aún, pero un día de estos construiré la casa de tus sueños.

En mi descargo, debo decir que fue imposible hasta aquí levantarla por falta de monedas.

No me enseñaste a acumularlas ni yo pude aprenderlo por mí mismo, y no sabes cuánto, en algunas ocasiones, lo lamento.

Puntualmente, cada mes, tras cobrar tu salario de maestra, me enseñaste a elegir libros y a comprarlos, mas no a ganar dinero.

Puntualmente, cada día, tras cumplir tus deberes de maestra, me enseñaste el color de las palabras, su sabor, su textura, hasta su aroma.

De las palabras de Stevenson y Dickens y Wilde y Julio Verne y Lewis Carroll llenaste mis días y mis noches –pongo al conejo blanco por testigo- mas no de las 100 maneras eficaces de hacerse millonario (en tapa dura).

Por eso, terminando este breve descargo, sabrás comprender, madre, que te estoy muy agradecido –no sabes cuánto, siempre- por haberme presentado a las palabras,

y que a la vez lamento tu habitar una casa tan pequeña, demasiado sencilla, no como la que te merecieras.

Sé que no tienes en ella espacio suficiente para poner tus libros y las telas que pintas, que es eso acaso lo que más lamentas y no la falta de un salón amplísimo donde lucir jarrones con orquídeas.

A propósito de flores, es verdad que a ti nunca te gustaron suntuosas o cultivadas, ni tampoco los jardines de diseño.

Prefieres –o preferías, he de decir, me temo, un día- los jardines agrestes y las flores del campo, esas que nacen, espontáneas y blancas, cual unas leves pinceladas puntillistas.

Por eso te hago esta tarde una propuesta: construirte, por fin, la casa de tus sueños; levantar sus paredes con palabras vehementes, encalar sus ladrillos con voces luminosas y guarecer sus cielos con palabras veraces.  Habrá todo un salón de palabras, lo prometo, para poner tus libros. Será amplísimo y hasta podrá tener jarrones con sonidos de orquídeas.

Mas hay algo que yo no podré hacer, madre, y lo confieso. Y no será por falta de monedas.

No podría cultivar un jardín a la medida de tus expectativas, pues ya sé que te gustan los jardines agrestes.

Por eso modifico –o mejor, enderezo- mi propuesta: yo levanto la casa de palabras de tus sueños y tú pintas las flores campesinas.   ¿Qué me dices?

 

 

TERESA DI VICENZO, 1969

 

Far up! Far out! Far More!

JAMES BOND’S "On her Majesty’s secret service" trailer.

 

Ni la melosa Ursula Andress cuando todavía el mal tenía ojos rasgados

como ahora vuelve a suceder (el ritornello de la historia, sus gags tan repetidos),

ni la romana Bianchi que se hacía pasar por una Romanova

de hombros al descubierto entre lo tórrido y lo gélido

y menos todavía la honorable y platinada Blackman,

also known as Pussy Galore, que bautizó una banda de garage rock

en los 80’s.  

 

No, mi amigo, que te sientas a mi lado en esta barra,

ninguna de ellas. Tampoco la olvidable francesita Claudine Auger

con dominó de carnaval veneciano, Mie Hama cuyo personaje tenía

apellido de automóvil japonés o Tiffany Case llevando una gargantilla

negra que bien hubiera valido un desayuno en las letras de su nombre

y menos todavía la solitaire Jane Seymour. 

 

Si acaso, ya más cerca, Britt Ekland como Mary Goodnight

–el alias que todos hubiéramos querido para nuestra nana–

o la ópima y óptima Bárbara Bach que perturbó mis noches

de fines de la infancia con sueños mucho más que arrulladores

pensando en su robe de chambre rosa (que caía en un tren en movimiento)

y en poder ser actor de Hollywood para quitárselo a una espía

que me amara.

 

Como ya te habrás dado cuenta, viejo amigo (que más tarde

querrás jugar a los dados o a los dardos, que es lo mismo),

me he visto todas las películas de 007, al menos mientras

no las echaron a perder con corrección política que,

según dijo la Ekland, fue lo único que logró matar al Bond

que conocíamos, después de haber sobrevivido a Stavro Blofeld,

Auric Goldfinger, Julius No, Rosa Klebb, a Karl Stromberg,

Fiona Volpe, el Barón Samedi, Aris Kristatos, a Max Zorin,

Georgy Koskov, a Franz Sánchez, Eliott Carver, Janus, Zao,

a Viktor Zokas, Kamal Khan, Hugo Drax y al dignísimo Francisco

Scaramanga / Christopher Lee con su revólver de oro, para no mencionar  

a los secuaces que lanzaban sombreros degolladores y a los que ponían

arañas azules en la cama o al adorable y converso Jaws que encontró la felicidad

en órbita a la tierra.

 

Sí, la corrección política es capaz de matar casi cualquier

cosa, incluso a un mito (o varios), como era capaz de eliminar villanos

la corrección británica del viejo Roger Moore, mi favorito entre los 007,

al que le tocaron los mejores guiones y las mejores escenas

–salvo la estupenda del tanque en San Petersburgo–

y a quien le asignaron las más inteligentes entre las bellas chicas Bond,

excepto, tal vez, la desopilante –¿cómo se llamaba?–, ah, ok, Hale Berry,

salida de las aguas, única que rescato de las más tardías.

 

Ya estoy un poco viejo, amigo mío, y soy muy exigente y de gustos clásicos

y necesito otro scotch para la memoria, los martinis agitados y revueltos

no me hacen cosquillas y los gadgets de serotonina que receta Q  

(mi personal Q) tampoco logran sacarme de la melancolía.

 

¿Qué te estaba diciendo cuando comenzamos? Ah, sí, que ninguna de ellas

se igualaba a Teresa di Vicenzo –o Diana Rigg, como prefieras–,

la novia del Bond interpretado por Lazemby, la mejor y la más auténtica

y la más inolvidable, su única esposa, “Tracy”, a la que Telly Savalas

(o Stavro, como también prefieras) asesinó en el automóvil de recién casados,

con un ramo de flores blancas, todavía frescas, en la mano.

 

James nunca pudo reponerse de eso, ¿sabes? Fue en 1969

(ese número le gustaba, como a ti y como a mí), cuando todo en el mundo

estaba cambiando y él cambió también, convirtiéndose en canalla para siempre

(el dolor puede hacer esas cosas).

 

Viejo, han pasado ya más de 50 años y pese a que quieran

disimularlo en las últimas películas, Bond sigue siendo un canalla,

como este que te habla y te invita a unas pulsetas con la vida y la bebida.

Por eso te propongo, hala, un brindis, mirando juntos este viejo afiche

en la pared del bar:

 

por Diana Rigg, la única verdadera chica Bond,

por la seducción inglesa de James contra la corrección política       

y por la locura de los sudamericanos como tú y como yo

que, como el viejo Ian, su soñador,

creemos aún en el azar

de esta vida,

levanto mi copa en esta noche de julio

en que me siento como nunca un agente de la confusión

—esquiando magistralmente como 007, pero entre cantinas—

con licencia para matarme o despertarme cuando quiera

y que así esta película se acabe y pueda yo finalmente

dejar este sacrificado trabajo de poeta

al servicio secreto de Su Majestad,

la noche.

  

 

Gabriel Chávez Casazola (Sucre, Bolivia, 1972) Poeta, ensayista, gestor cultural y periodista, considerado “una de las voces imprescindibles de la poesía boliviana y latinoamericana contemporánea”. Sus libros de poesía han sido publicados en 13 países y está traducido a 10 idiomas, así como al lenguaje braille.  Entre otros premios, recibió la Medalla al Mérito Cultural de Bolivia y el Premio de la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz al Mejor Libro Editado del Año; también fue finalista del Premio Mundial de Poesía Mística “Fernando Rielo” en España. Dirige el taller de poesía “Llamarada verde”; es curador del Encuentro Internacional de Poesía “Ciudad de los Anillos” y docente del programa de Escritura Creativa de la Universidad de Santa Cruz (UPSA), ciudad donde reside. 

 



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