03 Mar 2021

124. POESÍA PERUANA. ALFREDO PÉREZ ALENCART

-28 Nov 2020

 

NO JUEGO A VENCEDOR

 

Ay, pirámides, no necesito marcapasos

ni a ése o aquel intermediario que por descontado

ofrece lugar cimero del Parnaso. Yo no juego

a vencedor, pues me he desapuntado del convite

por la poquedad de mis nostalgias o rastrojos

donde parsimonioso sé apagarme en una vía

excesivamente secundaria y sin atrezzo.

 

¿Cuál otro olvido que me hicieron olvidaré? No

juego a vencedor porque ya me tragó la urbe

y la cibernética del mundo ciego; porque ya me

mordieron los perros del banquete; porque no sé

si caerme o mecerme en mi hamaca desastrada;

porque ya escuché a muchos Charlots y nada

me conmueven sus parodias ortopédicas.

 

Juegue a vencedor quien supere el electroshock,

tenga cuentas bancarias y aborrezca la utopía.

Nadie me lo dice, pero yo me sé un derrotado,

un insolvente agotando andanzas y cabriolas,

un creyente que ansía oír cantos de resurrección

mientras recoge espigas de trigo para el pan

de su familia, aquí queriéndole a cuatro manos.

 

Ya lo dije: ¡No juego ni jugaré a vencedor! Otros

escriban garabatos para subir al proscenio. Yo

puedo conformarme con mi intemperie en tierra

de nadie, pues también es grato ser llanero solitario

multiplicándose sin dar justificaciones ante ése

o aquel adalid que repite lo consabido, versos

van y vienen tan indolentemente palmeados.

 

Perder sirve de almohada para despertar mañana.

 

 

EN DÍAS COMO ESTOS

 

En días como estos, torcidos, cuando no hay mea culpa

y todo lo preside el cascabeleo de los demagogos

o el envite de celestinas pegajosas, no mataré mi sonrisa

ni mi instinto arquero por los caminitos de la rima,

por el trecho de las llamaradas, por la miel de la connivencia.

 

Ahora me llamo Universo y me pongo cielo abajo pero

Cerca, muy cerca de las dos mitades del gran cañón.

Déjenme ser bulto incansable, greda giratoria al pie

de la tórtola que voló por el desierto. Ahora

me llamo El Siempre con la ruina de su hacienda

pero ubérrimo de sosiego. Doy fe que el destierro

no me resulta largo, que le hinco el diente

a quien muestra los colmillos. Más adelante pediré

un entierro en el aire. Mientras, síganme

fuera de los templos fríos. Síganme a repartir el trigo,

pero primero a sembrarlo lejos del tedio, sin

liturgias, pero con desbastada Apocalipsis de primicias.

 

Quiero ver por dentro en días como estos, ver el misterio

que reside dentro de la luz arriba de los dátiles.

Llueven primaveras desde un anillo y ahora me llamo

Jeroglífico. Me doy a explicar cómo se han hecho

las cosas, cómo dentro quedó la vida que no ha sido

devorada del todo. Conservo la marca

y escribo precarias sílabas en la piedra más alta.

 

Exactamente ahora me llamo Siervo juntando inocencias,

colocando a los demás en la balsa, primero la antorcha

del niño que fractura holocaustos. Al final sube

el tutor absorto imbricado en el tiempo, en su gran

embudo. Dejadme parpadear la sangre de la vigilia

destemplando la osamenta de los ídolos. Dejadme libar

de las antiguas ánforas donde se guarda el vino

del milagro. Dejadme quedar en calidad de prisionero

de mi propia certeza.

 

En días como estos, de pronto me peso

en la balanza aborigen y me arrullo en el meridiano

de su fiebre, de su pulso. Desnudo amor al paisaje

de antaño, verdes lentejuelas a favor de la dicha.

Cantaría en la verbena final, sin pavor al ridículo

de agrietar el silencio en días como estos que trasudan

carroña, que hieden a realidad degollada   

zozobrando en torno mío.

 

 

AVISORA, FERMOSA MÍA

 

¡Avisora, fermosa mía,

la savia estimulante que mana en torno a mis empeños

primordiales! ¡Avisora al Ser que me respira

desde las hojas de su cielo! ¡Avisora el semblante

que ya me empieza en estos años!

 

Oh virtud tan alta después de las estaciones

de este mundo viejo, ¡adelántate y prevalece,

desposada por mis querencias!, ¡adelántate al canto del gallo

que no podrá recoger su sombra!, ¡adelántate

al gran Abrazo que ha logrado quitarse sus relojes!

 

Mi corazón remoto va en pos de ti. Llamando

y llamando suenan sus movimientos imperiosos, los ríos

de su fortaleza voraz, las floraciones flexibles

inspirando el arrastre de simientes.

Mi querer tiene lámparas propias para los ojos que anido

en bíblicos olivos o en tu cabellera azabache

oliendo a ensoñación.

 

¡Ten sed de mí, fermosa de temperaturas tropicales!

¡Ten sed de unas sonrisas que escardan los momentos rotos!

¡Y ten sed del Dios que viaja en nuestro Amor, aquí

o detrás de la vida!

 

Oh cielo del Amor que gotea miel de edénicos panales.

Oh salomónica entrega que nadie oye al revés.

 

Canta la alondra acerca de lo que le convoca.

Claro, es el giro de tu sangre viva,

los campos desatados, el eco de la tibieza tuya

desde el fondo de donde sabe despertarse para marear

la ecuación: ¡Sumérgete, fermosa, en mi pecho

de parábolas que siguen interrogando como hace siglos!

¡Vuela o voltéate

espejeantemente lenta por este cuerpo que me piensa!

 

Te beso, y aún es poco.

 

Te amo para que no se borre el Reino. ¡Avisora la levadura

de los anhelos, mujer mía tan parecida a la de Magdala!

¡Avisora el discretísimo ritual con el que me despedirás

con fervor inasequible!

 

He regresado a tu boca, y así pasaré otro año

que a mucho me sabrá.

 

 

ACECHAN DESIERTOS

 

Ser dueño de bosques desaparecidos es pertenecer

a la derrota de un mundo que otorgó fulgores a mi infancia

antes de la rueda turbulenta del fuego,

antes que se extinguieran los frutos que teñían

hasta la médula del alma

de los míos que redescubro ahora si los evoco

por este páramo de alguna flor sobreviviendo endeble

sobre el estío en cuyas brasas

parecen crepitar las lindes de lo que pensé cuando joven,

rápido en probar del manjar de la ilusión.

 

Esta mirada por encima del secarral

aparta trofeos de oxidado latón, sedentarias aureolas,

juegos fosforescentes

que adulteraron la humilde ceremonia

de existir sin acaparar.

 

Acechan desiertos con sus siglos de arena

coronando la envoltura de la tierra. Acechan climas

ensayando arrojos en latitudes equivocadas.

Acechan semillas amargas y días de ceniza apurando

pesadumbres en lo profundo de los ojos

o del corazón desmesurado, propenso al entusiasmo

que ya no vuelve con lenguaje amparador.

 

Duele el aire que hostiga entre los rastrojos, echado yo

sobre la hierba seca del verano

cuyos llameantes dedales tocan mi piel como fieras.

Va y viene lo que pienso ahora, a la izquierda

del zarpazo susodicho,

resarciendo la otra existencia que emerge más allá

de vitrinas acicaladas, inventario

de lo que no gira adentro de uno mismo.

 

Heme aquí visionando árboles que ardieron

o fueron cortados con diáfana impunidad. Heme aquí

entonando la canción del regreso

bajo los truenos inaudibles del recuerdo.

 

Aquí, aquí, aquí, donde el estío me combate

con las alas de un pájaro angustiado.

 

 

EL CIRCO

 

Instalado el circo para la función incancelable

la multitud se inflama bajo una carpa en cuyo ruedo

el anfitrión anuncia el comienzo de las payasadas.

 

Me sobra dolor para reír felicidades inventadas.

Basta raspar el maquillaje para ver que los payasos

están a punto de llorar, que el griterío agota su paciencia,

que confluyen desastres vitalicios transitando

la humedad de sus miradas.

 

En las gradas galopa la desmesura

porque persisten olvidos de otras desesperaciones,

partes del mundo dando aletazos de despedida,

ejecuciones por partida triple… Hay una desmemoria

general que sale a relucir, exhalando el veneno

de sus propias leyes reveladoras de ausencias.

 

Más allá de los aplausos, el anfitrión ansía coronarse

como el más visible de los cruzados,

como el más obsequioso de los parlanchines.

como el prócer que guiña a la masa creyéndose admirado.

 

Lanzo piedras contra la jaula y acallo el parloteo

inexplicable que sale de su boca. La culpa

no es de los payasos contratados para esta comedia

ofrecida a quienes nada importa el asco del trasfondo.

Hay grosera embriaguez ubicua, repentinos palos

de ciego: moho, mucho moho en la corona

y en la caperuza del anfitrión que ahora gesticula

como un orate, arañando el aire con negros dedales,

contaminándolo con sus gases.

 

Miro y creo verlo como un espantapájaros

cuyo sastre empeoró su villana figura. En las gradas exigen

potro de tortura para quien lanzó las piedras

que frustraron promesas de nuevos paraísos en lengua

del anfitrión. Me pongo a dormir y sueño

que los vociferantes serán abducidos por el gran ojo

de su propia ceguera. Y ruego que no pasen necesidades

los pobres payasos contratados para la farsa, los equilibristas

que se desmayan siempre, los enanos que no pueden

digerir grandes hechos, los domadores de elefantes

con mil años encima... Me despierto y hablo

con voz tronante para que nadie ampute la vida de muchos,

ni les impulse a saltar a la arena de los leones.

 

Éste el precario aporte

a lo doméstico de mi propio tiempo.

 

 

POEMA PARA MOMENTOS DIFÍCILES

 

Permíteme decirte

que si el frío alambre del oscuro invierno

hiende sus oxidadas púas sobre tu garganta,

nada está perdido todavía.

 

Y si ahora tu cuerpo es objeto de cóleras

comunicables paseándose por él para hacerle ruina,

mira cara a cara a la vida

aunque la afiliación del hombre

sea con la muerte.

 

Hay un pacto de honor entre la vida y la muerte,

un grano de misterio

que porfía en medio de cualquier desastre

y no se cansa de arder,

fiel al arca de las visiones cuyo único tiempo

está grabado en tu memoria.

 

Permíteme decirte

que así se flota como una estrella

cuya luz quiere ser robada. Así se aguanta

hasta el próximo diluvio. Así se aprenden

himnos que logran despertar estatuas.

Así tu sombra viaja todos los días 

con los ojos llenos de pájaros y enigmas.

 

Este es un vals privado que acompaño de violines

para que sólo tú recuerdes.

Tú, que quieres vivir con los huesos completos.

Tú, que has ido quitando telarañas de la casa paterna.

Tú, que sorbes poesía como medicamento del alma.

Tú, que tienes voluntad de seda y acero.

Tú, que deseas oír el zumbido de los cometas.

Tú, que sabes de alegrías y lamentaciones.

Tú, que aspiras abrazar todo aquello que mana del amor.

 

Permíteme decirte

que el firmamento no se ha gastado todavía

y que hay principio y hay continuación

en esta guía de viaje cuyo destino está más abierto

que los sueños.

 

¿Acaso no has visto tantas aflicciones en los pasillos,

tantas grandes letras negras

dando cuenta de vencidos rostros?

Los ramajes del habla están contigo

y sigues destetándote con nieve derretida,

combatiendo más allá de la víspera

apoyada en el aliento esencial de los creyentes.

 

Menos sollozos en momentos difíciles.

Menos equívocas realidades.

Menos músicas enmudecidas.

Menos llamas que no queman.

Menos campanas enmohecidas.

Menos desórdenes dispuestos a hacerte volar

de nuestros ojos.

 

Yo sé que tu salud responde a la llamada

de mi voz bordadora de entusiasmo.

Y aunque no está en mis manos renovarte

las células favorables,

soplo en tus venas para quitar fiebre al calvario

y anunciar que algún suceso alegre

picoteará tu cena de las noches venideras.

 

Permíteme decirte

que la cita no está convenida

y que debes volver a podar los rosales

(como en el pasado, como en el futuro),

viviendo felizmente con la vida que te sobrevive.

 

Así es:

la vida es una historia contada por pastores

cuyo pregón genera temblor en nuestros pechos

y en el polvo profundo

y en el resplandor que nos resucita.

 

Te digo y te vuelvo a decir

que toda cascada de tribulaciones se hará trizas

mientras estés visitada

por el hijo de los terrestres testimonios.

 

En este mundo

dientes viejos resultan las angustias,

y por ello,

para tu cuello,

elaboro con palabras balsámicas

este collar que sabrá

cómo calentarte durante el invierno.

 

 

TROFEOS HUECOS

 

Se agotaron los prestigios.

Hasta el niño menos viejo sabe que tras el cristal blindado

muchas manos ensucian la mecedora de los sueños,

restan opciones, ignoran el código del arpa taciturna

y exhiben identidades acordadas.

 

Mejor dejemos que alardeen por su cuenta

esas sombras que dan vueltas

pero no aran la tierra de labor, no fertilizan los surcos

heredados ni captan la luz maciza del alma

que es la gloria, verbos que el cemento no deja libre

porque no están ungidos sus cuerpos aplastados,

sospechosamente neutros, sin secretos de estado, sin

lenguaje suficiente que conmueva por adentro.

 

Nos despedazan, nos devoran, nos ponen

en punto muerto: comienza otro lunes demasiado brutal

para nuestra estatura, otro lunes tiranizando

su escándalo. Qué tristeza esta obra que encalla, que

encanalla, que hincha desmayos y desganas.

 

Se agotaron los prestigios en medio de la pena,

del invierno, de las tenazas del viento blanco,

del rayo sin víctimas rico en metamorfosis espurias,

voceadas cual pétalos sin parangón traspapelando papeles,

cambiando en lugar de éste y éste, poniendo demasiados

voltios para la juerga, para la bolsa, para la alfombra

por donde pasarán ciegos y sordos solamente,

solamente,

solamente,

solamente…

 

 

FRAY LUIS ACONSEJA QUE GUARDE MI DESTIERRO

Y ÁLVARO MUTIS CONFIRMA EL FINAL DE LAS SORPRESAS

 

Pasa que pernocto Salamanca sólo para que Fray Luis

se me descuelgue desde el recuerdo carnoso de sus liras,

desde su cuaderno de deberes que va cayendo —siemprevivo—

esta noche arrugada en que le planto conversa.

 

Libro en mano, como si quisiera retenerlo del todo,

grito hacia su destiempo:

¡Bájese de las cumbres en las alas de un estornino!

¡Véngase a este mi reino, don Luisito!

 

Y...

Ayayay, mi buen Cristo de las justas rebeldías,

aquí mismamente me lo pones igual que cuando era,

me lo acercas desenterrado por mis ganas, lo destacas

como luciérnaga o lazarillo para esta pétrea errancia

que apenitas es algo dulce conmigo.

 

Hay veces que uno parece ver claramente a los desaparecidos.

Hay veces que uno cree escuchar una voz aleteante

saliendo del fondo del claustro: “Guardad vuestro destierro,

que ya el suelo no puede dar contento al alma mía”.

 

Entonces se presenta Álvaro Mutis,

después de haber vislumbrado a don Quijote en Peñaranda,

y, al contemplarme orando a un trozo de infinito,

me extiende su copa con vino tinto del Duero

mientras habla como lo hacen los de tierra caliente:

“¡Ay, desterrado! Aquí terminan todas tus sorpresas”.

 

Hay veces que la antigüedad se disfraza de hoy mismo.

Hay veces que el deseo de ver es más forzudo que el alcohol.

Hay veces que Salamanca te rejonea con breves sombras angelicales.

 

 

Alfredo Pérez Alencart (Puerto Maldonado, Perú, 1962) Poeta y ensayista peruano-español, profesor de la Universidad de Salamanca desde 1987. Es coordinador, desde 1998, de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos, que organiza la Fundación Salamanca Ciudad de Cultura y Saberes. Sus poemarios publicados son, entre otros:  La voluntad enhechizada (2001); Madre Selva (2002); Hombres trabajando (2007); Cristo del Alma (2009); Savia de las Antípodas (2009); Cartografía de las revelaciones (2011); Prontuario de Infinito (2012); Memorial de Tierraverde (2014); Los éxodos, los exilios (2015), Ante el mar, callé (2017) o Barro del Paraíso (2019). Se han publicado seis libros de ensayos sobre su poesía, la cual ha sido parcialmente traducida a cincuenta idiomas. Ha recibido, por el conjunto de su obra, el Premio Internacional de Poesía Vicente Gerbasi (Venezuela, 2009), el Premio Jorge Guillén (España, 2012), el Premio Humberto Peregrino (Brasil, 2015) y la Medalla Mihai Eminescu (Rumanía, 2018), entre otros.

 



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