05 Mar 2021

34. MARCO ANTONIO MURILLO. DISCURSO: LA POESÍA COMO CIENCIA / LA CIENCIA COMO POESÍA

-04 Dic 2020

 

Nueva York, 05 de diciembre de 2020.

 

La tarde de hoy, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el poeta mexicano Marco Antonio Murillo recibió el Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2020, convocado por la Universidad de Guadalajara, a través del proyecto del Museo de Ciencias Ambientales del Centro Cultural Universitario. 

La entrega del galardón se llevó a cabo a distancia, cerca de las 16 horas de México, por medio de la página web de la FIL. 

Agradecemos al poeta por habernos permitido publicar su discurso de aceptación del premio, así como una muestra de la obra ganadora. 

 

 

La poesía como ciencia / La ciencia como poesía

  

Discurso de aceptación del Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2020.

 

Quiero iniciar este discurso visitando un poema de José Emilio Pacheco, "Prehistoria": . “¿De dónde viene la lumbre del cielo? / ¿La produce el estruendo? ¿O es la llama / la que resuena al desgarrar el espacio?”. Se cuestiona el poema en su segunda parte. Ese texto, creo yo, resume la experiencia del ser humano que, a base de conocer a través de su conciencia e imaginación, busca explicar el universo próximo, ese que tras cada respuesta parece más enigmático. El poema, que se recoge en el libro El silencio de la luna, representa una de esas veces en que la imagen poética es capaz de decirnos más que el rigor de una enciclopedia. Mientras aquella intenta abarcarlo todo, responderlo todo, el poema de Pacheco, más prudente, prefiere sugerir apelando a las reflexiones del lector. Lo importante, parece decirnos, no es explicar el mundo, sino hacerle las preguntas correctas, porque a través de ellas el ser humano talvez pueda encontrar su casa, su cueva rupestre.

 

En Cosmos, ensayo de una descripción física del mundo, Alexander Von Humbolt, dice algunas palabras que, si las atendemos bien, ponen en jaque al cientificismo enciclopédico, ese lado de la ciencia que intenta sintetizar al mundo en un objeto medible, despojado de su mundo interior:

 

"Del mismo modo que, en las elevadas esferas del pensamiento y del sentimiento, en la filosofía, la poesía y las bellas artes, es el primer fin de todo estudio un objeto interior, el de ensanchar y fecundizar la inteligencia, es también el término hacia el cual deben tender las ciencias directamente, el descubrimiento de las leyes, del principio de unidad que se revela en la vida universal de la naturaleza".

 

Este tipo de sinceridad humana con respecto a la naturaleza, también aparece en la obra científica de Goethe. Para Gary Lachman, Goethe veía los fenómenos científicos con “una calidez y atención interiores hacia lo que observaba”, involucrándose en ello “de la misma manera que un artista en su obra”. Así, en Las metamorfosis de las plantas, la naturaleza no era un ente estático, dispuesto para el observador, sino algo que siempre estaba transformándose. desde la simpleza de una semilla hasta la complejidad de una flor.

 

Estos acercamientos al mundo, despojados del afán cientificista que, desde el siglo XVIII han dominado la tecnología y algunos de los saberes por los cuales hoy se rige nuestra comprensión de la naturaleza, nos hablan de la importancia de mirar el mundo no como un objeto inanimado, el cual puede ser reducido a una ley, a una ecuación sencilla, sino como una moneda de por lo menos dos caras: lo tangible, es decir, lo superficial a nuestros sentidos, y lo intangible, que sólo puede ser conocido por la conciencia humana y sus sombras: la imaginación, la reflexión, lo poético, esas voces siempre capaces de animar las cosas.

 

Yo, como seguramente también el poeta José Emilio Pacheco, creo firmemente en esto que digo. No hay día en el que, durante la noche, después de mi jornada laboral, no me haga preguntas que nunca tendrán respuesta, pero que me enriquecen: ¿Por qué estamos aquí? ¿Existimos detrás del paladar de la muerte? Para mí, todas esas preguntas se resumen en una sola: ¿Para qué la poesía? Hay quienes creen que la poesía es el clímax del lenguaje, su punto más álgido, puesto en funcionamiento mucho tiempo después de la invención de las palabras. Yo no lo creo así: la poesía nos ha acompañado desde hace miles de años, fue nuestra primera manera de hacer ciencia, de conocer lo que nos rodeaba.  

 

Gary Lachman en El conocimiento perdido de la imaginación, ofrece otra interpretación sobre qué es la poesía. Para él, es la huella lejanísima de un lenguaje primigenio, perdido en la prehistoria. En aquel lenguaje, las primeras palabras tenían la cualidad de nombrar las cosas, de tal modo que el mundo carecía de “la estricta separación entre lo interior y lo exterior, lo objetivo y lo subjetivo, lo vivo y lo muerto, y el hecho y la imaginación que (hoy en día) experimentamos nosotros”. Eran días en los que el lenguaje animaba al mundo, lo pintaba, lo hacía existir sin márgenes, tal como revela el inicio de Prehistoria de José Emilio Pacheco:

 

"En las paredes de esta cueva
pinto el venado
para adueñarme de su carne,
para ser él,
para que su fuerza y su ligereza sean mías
y me vuelva el primero
entre los cazadores de la tribu.

 

En este santuario
divinizo las fuerzas que no comprendo.
Invento a Dios"

 

Eran días en que el agua, los árboles, los peces eran nuevos para el lenguaje. Bastaba decir la palabra “tierra” para que la tierra revelara su superficialidad y su interioridad. Hoy, las palabras, ya manidas por innumerables generaciones, necesitan de un trabajo casi titánico para conseguir ese mismo efecto. Solo algunos poemas contienen palabras que lo logran, y no son reproducibles fácilmente. Por ello, una imagen poética no puede ser traducida a otra cosa. Lo más que podemos hacer es intentar explicarla. Pero dicha explicación siempre estaría sujeta a esta nota de Octavio Paz: “Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: Ya lo llevaba dentro”.

En el siglo XVI, durante la “Invención” de América (término acuñado por Edmundo O`Gorman) tuvimos la oportunidad de ver cómo funcionaría aquel lenguaje primigenio. Los escritores de la Conquista se vieron obligados a reinventar el nuevo continente con ayuda de la imaginación poética. Ya no se trataba de idear mundos a la manera de Marco Polo, sino de nombrar aquello inédito que estaban viendo sus ojos.  Convertían a los animales y a los frutos en metáforas vivas: el colibrí era el pájaro mosquito para los españoles, mientras que los ingleses llamaron al caimito star apple (manzana estrella). Aquella aventura reimaginativa se vería reflejada pocas décadas después en el inicio del barroco europeo. Fue un hito para el lenguaje, a tal punto que, en pleno siglo XXI, los poetas seguimos disfrutando de las conquistas alcanzadas por los autores de esa época.

 

Vuelvo a mi pregunta inicial, esa que no me deja dormir mis horas: ¿Para qué la poesía? Es otra forma, junto con la ciencia y la filosofía (solo por nombrar algunas) de conocer la naturaleza. La poesía nos recuerda que las cosas son algo más que superficie. Hay más en nosotros que sólo observar y comprobar; y eso me hace feliz, porque en ello reconozco que el mundo no es algo dado, listo para ser encapsulado en una ley, sino algo que debemos encontrar haciendo las preguntas correctas. Cuando Albert Einstein escuchó el nacimiento de la física cuántica, esa ciencia de lo pequeño que se vale de paradojas e imágenes poéticas para explicarse, cuando lo escuchó de boca de Niels Bohr, dijo: “Quiero creer que la luna está ahí incluso cuando no la estoy mirando. Dios no juega a los dados”. A lo que Bohr le respondió: “Para de decirle a Dios lo que tiene que hacer”.

 

En este discurso, con el cual recibo gustosamente el Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco, no trato de denostar a la ciencia que me dio la luz eléctrica y la computadora con la cual escribí estas palabras. Tampoco se trata de poner a la poesía como la máxima expresión del ser humano, sino me interesa mostrar que en estas dos formas de conocimiento humano hay una unidad que no debemos perder. Tan vacío es el hallazgo científico, cuyas aplicaciones no profundizan en la relación humano-naturaleza, como en aquel poema abstracto que, por detenerse a disfrutar solo el paladeo de las palabras, se olvida de la realidad humana.

 

Ambas, ciencia y poesía, además, comparten elementos en concreto. Pienso en la luz, cuya variedad de construcciones poéticas pueblan innumerables páginas de la literatura (acaso sea el elemento más recurrido por los poetas). En "Prehistoria" de Pacheco, como dejé ver al inicio de este discurso, aparece adentro de una pregunta:“¿De dónde viene la lumbre del cielo?” La luz, a su vez, es parte crucial en la física, pues es ella la que marca los límites del universo, no se puede alcanzar, mucho menos rebasar. Es ella, energizando las estrellas que nunca pudo descifrar Olbers, la que nos da la esperanza de que nuestra voz no está sola en el universo.

 

 

A continuación presentamos cuatro poemas pertenecientes al libro Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única forma en que los muertos pueden hablarnos, ganador del Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2020.

 

 

THE EMILY DICKINSON’S HERBARIUM

 

Todo poema es un arte botánica.

Lo dijo Emily Dickinson,

o cuando menos lo pensó,

mientras diseccionaba un par de versos

y oía el aire tímido de Massachusetts

correr entre los árboles que visitaban Main Street.

 

Rota alcancía de olores

fue el poema, era una mañana

de sabiduría vegetal:

las estrofas

saltaban de los espinos de la memoria

y se confundían con los fantasmas del olfato.

 

De pronto, escribir

se parecía a salirse de nuevo

de la habitación (casi siempre cerrada)

y encontrar alguna flor que aún hable del frío:

cómo el invierno nunca muere,

cómo persiste en las fibras

que retuercen la primavera.

 

El Lilium lancifolium, por ejemplo, o lirio tigre,

era como apretarse el calor en los huesos

y escribir contra el herbario:

es tan poco el trabajo de la hierba, al morir

debe deshacerse en fragancias

que se queman dormidas.

 

Es tan poco el trabajo del poema

que apenas si abona algo a la tierra,

ese sentir que tras cada línea,

cada verso recién regado,

los muertos

nos dan el último nervio de su juventud.

 

O acaso afuera de la habitación, lejos

de una mesa dispuesta para la soledad,

las hierbas, las plantas y los árboles

sin más fruto que la muerte de la tarde,

nada dicen

de esta vida, sólo crecen esperando

a que las estaciones o las pisadas

de algún animal digan algo por ellos.

            

 

EN DEFENSA DE ALLEN GINSBERG

 

Como un naranjo sordo

la tarde de Nueva York entra

por las persianas y se lucifera

en el olor pálido de una pipa.

Jadeante de marihuana, exhausta

de cenizas es un colibrí

asomado a la boca de Allen Ginsberg,

como a la luz podrida de un girasol.

Y Ginsberg, enemigo del blanco y negro de ciertos sentidos,

comienza a mirar las ramas

que le salieron a algunas líneas suyas:

¿Es sólo el sol

que brilla

una vez

para la mente, el chispazo

de la existencia

que nunca existió?

           

Fumar, entonces, es esto:

no una neblina muerta, sino el sol

de quemarse el cerebro

y que las neuronas sobrevivan a las cosas pasajeras.

Los muertos perduran

entre los muebles crudos de la habitación.

Ocre es el oxígeno que respiran para impregnar sus huesos

por última vez de una primavera humeante.

Acaso de las hierbas quemadas vengan

sus olores detenidos en el tiempo,

eso que de su rumor ha quedado:

aspirar es presentirlos,

respirarlos es soñar con los pulmones

un huerto de milagros vegetales.

 

Ginsberg, el botánico maldito,

el segador de humo, cala

los rescoldos de su pipa

y de una bocanada concluye su poema:

¡Muerte, contén a tus fantasmas!

Ahora las sílabas se han vuelto

delgados tallos de cristal

que astillan y tajan y cortan si la mano

necia intenta corregirlas.

No es cierto que el verso sangre, uno,

acostumbrado a la vida, es el que sangra.

 

 

PALABRAS PARA TENSAR UNA CUERDA

 

Uno deja de buscar su nombre

en las palabras, antes

de abandonarse a una cuerda

                 y padecer

el peso muerto de sus pulmones.

           

Una ciruela oscura

en la garganta de la sombra.

Así hallarán el cuerpo.

 

Verán que hubo tantas ganas de morirse

en tres metros de cuerda,

que las últimas cosas

que procuró

el difunto en vida

se volvieron signos malditos:

 

               la silla,              el nudo,

 

                          la inerte

viga en el techo, aun persistiendo

 

las horas sin romperse,

tensándose

 

el destino en las palabras

oxidadas por la muerte.

 

Las palabras no nos salvarán,

 

y cuando estemos al fin

en silencio

con los párpados

ya cosidos

al más amable de los sueños,

vendrá la muerte y no

tendrá nada

de nosotros, al contrario,

 

nos pondrá en el bolsillo

dos opacas monedas

que valen por centavos, una

en pago

por las ansiadas horas

que ya no viviremos, otra

para olvidar

que un día fuimos más que sombra

y que desear la vida

tenía sentido.

 

 

NO HAY NADA, SÓLO SON LOS ÁRBOLES

 

Qué oscuro conversan los murciélagos en la hora

en que está quieta la casa. Se parecen

a ciertos ancianos que delante del recuerdo

balbucean una historia pendiente años atrás.

Nosotros, como los murciélagos,

no dormimos, escuchamos

nuestros bostezos abrirse

y apagarse

como un astro demorado en el oído.

 

El inquilino nos llama endemoniados, asegura

que nada benigno vuelve para decir qué hay

tras el ciprés más viejo de la casa.

 

Se refiere a nosotros según la hora

en que los suyos huyeron:

¿Padre Cáncer? ¿Abuela

ya sin un latido?¿Hermana Pequeña:

navaja que sangraba miel?

 

Y nosotros permanecemos despiertos

hasta el día siguiente

cuidando que las ramas del sueño

no crezcan más que las ramas de la muerte.

 

Cuando despierta el inquilino

sólo habla de guardar

sus cosas de vidrio,

y mudarse a otro lugar;

lejos, a donde nunca llegue la noche

y no le moleste la maleza del patio.

 

¿Qué sabe el inquilino de esta casa

y de lo que ya no duerme?

 

Tiembla en sus ojos el ciprés

cuando se pregunta

si en verdad escuchó algo

la noche anterior.  

 

 

Marco Antonio Murillo (Mérida, Yucatán, 1986). MFA en Creative Writing por la Universidad de Texas en El Paso. Lic. en Literatura Latinoamericana por la UADY. Premio Nacional de poesía Rosario Castellanos (2009), Premio Estatal de la Juventud en Artes (2015) y Premio de Poesía Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2020 con el libro Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única forma en que los muertos pueden hablarnos. Ha sido Becario del PECDA Yucatán(2009), del University Grant (2013- 2016) de la Fundación para las Letras Mexicanas (2016-2018), y del FONCA Jóvenes creadores (2019-2020). Es Autor de los poemarios Muerte de Catulo (La Catarsis Literaria, 2011; Rojo Siena, 2013), La luz que no se cumple (Artepoética Press, 2014) y Derrota de mar (Jaguar Ediciones, 2019). Como antólogo fue coautor del libro Casi una isla: Nueve poetas yucatecos nacidos en la década de los ochenta (SEDECULTA, 2015). Ha sido editor de la revista bilingüe Río Grande Review (2013-2015), parte del Consejo de Redacción de la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea (2015-2016) y de la revista Pliego 16 (2016-2018).

 

 



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