24 Sep 2021

145. POESÍA COSTARRICENSE. IGNACIO ARU

-23 Ene 2021

 

CATORCE DÍAS BAJO LA NIEVE

  

La oruga no recuerda la luz de su nacimiento;

el capullo,

ni sentirá la oscuridad de su muerte;

la mariposa,

pero todo parecerá unificarse cuando renazca.

 

Sentado sobre la muralla,

recuerdo las palabras de los monjes,

que fueron guardados

en pequeñas vasijas de oro

y lanzados al aire.

Tengo la visión de un tigre que vaga

bajo las piedras del desierto,

muere de sed en su mano kilométrica,

lo atraviesa hasta llegar a los arroyos

de las montañas nevadas

y llama a mi puerta.

Trae una corona de cerezos

que dejan caer sus frutas abiertas

en el rostro.

Una serpiente que parece dormida

en el talle de su mandíbula,

dice que debe morir

y derramar su sangre sobre los dos.

 

A lo lejos,

las campanas en las torres

agitan sus lenguas metálicas,

resuenan los gongs

para hacer elevar el incienso

de los géiseres de cerámica

y un sopor envuelve mis sentidos.

Los ojos blancos ven más allá de las laderas,

los ojos cerrados ven el vacío del universo

colapsar en los órganos apagados,

debajo de la lengua se oculta un nombre

y saco una espina de mi boca.

 

Fuera del Templo, las migas de nieve

parecen dibujar el perfil de un hombre

sentado en un claro de los árboles

que se abren como ramos en su cabeza.

Lleva las barbas de los viajeros celestiales,

una túnica tejida con un solo hilo

y los pies descalzos.

 

—Debes haber perdido tu camino — le indico.

 

Él solo levanta la mano

y en ella muestra su corazón que no late.

 

—Las huellas de mi camino cruzan este Templo — responde con la boca cerrada.

Los ángeles naranjas sellan la puerta,

no dejan que el forastero entre,

dicen que trae las marcas de luz de un sol extinto,

la arena en sus labios cubre la tierra maldita

donde la vena del mundo se hizo una grieta

y nacieron los hombres malditos.

La antorcha de un águila ilumina su tribu,

que reza a los escombros de una ciudad sitiada

por los sudacas y asesinos,

hay cruces grabadas en piedras enormes

y niños tallados en fauces de cocodrilos

y niños tallados en lanzas

y niños tallados de cabeza.

 

Es de noche, pero sigue ahí sentado,

una estrella se posiciona sobre el cuerpo

como una nave,

una constelación se forma en las uniones de sus huesos

y un collar de cometas vuela a su alrededor.

Los caballos de raíces eléctricas

bajan a beber al hipocampo

y sus ojos se tornan azules.

Me ve y puedo ver el vientre rocoso,

al buey y la mula arrodillarse,

un pájaro que vuela de sus manos

y se consume en el aire.

Una espada sale de su boca

dibujando un círculo de fuego

que no puede cruzar nadie,

hay dentro solamente una gota de agua y un arbusto que flotan;

es el límite del paraíso mismo.

 

Amanece y el fuego permanece intacto,

los ángeles de cabezas rapadas preguntan su nombre,

pero él solo señala los elementos que lo rodean.

Preguntan su origen y hunde sus manos en la tierra,

preguntan su destino y hunde sus manos en el cielo,

el cielo que desciende y se abre.

 

—Entre nosotros también hubo uno que rezó al templo de las rocas vacías para entrar, habitó una gruta donde observó a la garza imitar los movimientos de la serpiente, hasta devorarse entre ellas. Sostuvo una roca en la cornisa del mundo con un solo cabello y ascendió al cielo en un rayo que regresaba. Dinos quién eres y déjanos ver tu rostro.

 

 —Yo he pisado la huella de Caín sobre el cuerpo del león, soy entonces el hombre después del hombre. Cruzaré la piedra del Templo, solamente podrán ver mi espalda, pero no mi rostro.

 

Un círculo de agua se dibuja frente a él,

un sepulcro líquido en el que hunde su cabeza

y desciende a las profundidades del infierno.

Regresa con un ojo de Vassago colgando del cuello

y una llama inagotable en la punta de los dedos.

Todos ahora pueden ver el fuego del fin,

la chispa del primer pensamiento del simio

y sus pecados redimidos.

 

Los ángeles rapados sellan de nuevo la puerta

y muestran al hombre una ciudad en el horizonte

donde los muros tienen inscritos los nombres de sus muertos,

es un muro de nombres, todos han muerto de hambre,

el hambre en el sol y los planetas,

en las palmas abiertas de los monos

que dejan caer sus frutas venenosas

a las bocas de los hambrientos.

Son costuras y puñaladas hechas por dentro,

estómagos anudados a sus gargantas.

Piden que los alimente y le arrojan una piedra.

 

—Si los hombres dejan todo atrás para escucharme, esa piedra que grita serán miles de panes. Pero deberá empezar por ustedes.

 

Todos han decidido regresar a sus cuartos

y dejarlo morir de hambre,

pero las fieras salvajes recuestan sus lomos junto a él

y los seres divinos le sirven.

 

—Tu corazón y estómago no son de hombre —le replico —Ni tu muerte lo será.

 

En un segundo,

hace cubrir los ojos de todo lo que brilla.

 

 

 

La puerta de hierro comienza a abrirse

como los cuerpos de los monjes,

que giran sus báculos

hasta hacer caer dos rayos en dos nubes

y comienza a llover sobre el hombre un gran océano.

Él, silencioso, bate las aguas

y de la espuma surge de nuevo la tierra bajo sus pies;

una montaña que susurra en sus picos los designios del viento.

Su rostro se multiplica en las laderas

de la piedra preciosa

creando los ríos y las plantas

y bajo su regazo habitan los hombres y los monos,

quedados a juntarse.

 

Crestones de oro fueron adornados con collares

y órbitas de montañas plateadas

donde en su centro estaba la gota de sed del hombre

como un gran último lago.

Son cuatros islas;

pequeñas Tierras sin gravedad

en las puntas de sus dedos.

Todo se cubrió nuevamente de luz

y se apagó el resplandor de los ángeles naranjas.

Y sintieron hambre

y comieron un fruto de los árboles

y sintieron más hambre y uno comió dos

y dejó a uno sin nada y tuvo que robar

y el último aprendió a sembrar miles de frutos.

Catorce días bajo la nieve pasaron

hasta que no lo vieron más,

solo una ráfaga y un lobo lucitante

cruzaron al interior de una cueva,

más allá del Templo para regresar

a las huellas de la arena.

 

 

Ignacio Aru (Costa Rica, 1999). Estudiante de Derecho de la Universidad Hispanoamericana. Ganador del Festival Estudiantil de las Artes (2017), en la rama de poesía. Fue Representante Nacional en la Etapa Latinoamericana del concurso de cuentos de Fundación Mapfre (2014), Coautor de la obra “Fantasía Mistérica” (2015). Ganador del Tercer lugar en Poesía del Concurso Literario Nacional Letra Joven (2017). Participante del Festival Internacional de Poetas de Zamora, Michoacán, México (2019). Invitado al Festival Internacional de Poesía de la Ciudad de México (2019), al Festival Internacional de Poesía Joven “Jauría de Palabras” (Bolivia 2020) y al Festival Nacional de Poesía de Costa Rica (2020). Ha sido incluido en las Antologías: “La flor en que amaneces” (Venezuela, 2020), y “Nueva Poesía Costarricense” (Costa Rica, 2020). Parte de su obra aparece en revistas como: Isla Negra (Argentina), La Raíz Invertida (Colombia), Campos de Plumas y Taller Igitur (México), Oxímoron (Bolivia) y Liberoamerica (España). Participa en diversas lecturas del Festival Internacional de Poesía de Costa Rica y de diferentes colectivos literarios de Bolivia, Argentina y Perú. Su primer libro es “Lupercalia” (México, 2020).

 



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