24 Sep 2021

149. POESÍA PERUANA. LIZARDO CRUZADO

-23 Ene 2021

 

DOS DE LA TARDE

 

Mi hijo me lleva de la mano a la salida de

Su escuela y me conduce hasta la casa

Para que el sol no nos derrita compramos cual

Talismán unos helados que se van haciendo agua

Mientras él me informa de sus guerras mundiales

En el patio de recreo hoy por la mañana

Que se reanudarán al otro día puntualmente

Y su nuevo y eterno amor de esta semana

Una niña pelicastaña con la que se casará algún día

Cuando ya ni recuerde de ella el nombre pero

Que amará por siempre en ese siempre que

Es el recreo infinito de la memoria de la infancia

O que debiera ser, aunque no siempre

Y ¿quién es ese señor —me interroga al

Llegar a una plazuela polvorienta—

Allí parado en esa estatua?

Quién habrá sido aquel prócer cuyo rostro

Bondadosamente el tiempo ha desvanecido

Cuáles sus victorias sus derrotas sus batallas

Lo ignoro pero cómo admitir que ignoro hechos

Tan trascendentalmente gordos de la historia

Así que balbuceo disparates inverosímiles

Sobre guerras buenas y guerreros malos o

Matanzas malas y matadores buenos y divago

Sobre las guerras de recreo que en su infancia

Ese señor ganó y perdió como todos los niños y esos

Sus amores infinitos de cuando aún no era una estatua

Y mientras me doy cuenta de que mi hijo no me cree

Ya el tiempo ha empezado a derretirnos a

Los dos en la vereda tras haber fundido nuestros

Pobres talismanes de fresa y chocolate y este

Anodino momento queda flotando en el aire

Como su última pregunta por

Toda la eternidad sin respuesta:

Papá, ¿y por qué no existen

Monumentos a los helados?

 

 

UN DÍA DE AGOSTO

 

Estos días son peceras sin peces

Pero colmadas de

Garúa por los seis costados

Adelante es atrás y quizá

Abajo es arriba

Solo la ropa recién lavada

Aguarda la primavera

Colgada del balcón con esperanza y

Varios ganchos para que ningún

Ventarrón la arrebate

Así se orean las prendas en el

Ínfimo temple vespertino

Cuando muy entrada la noche vuelves

A tu cuarto en pos

De tu desordenada soledad

En lo alto tu ropa te aguaita

Desde las sombras

Cual si saltaras hacia ti mismo por la ventana

Mangas vacías se agitan

Frenéticas con el viento

Al menos ellas te acogen

Y dicen ven.

 

 

LA PRIMAVERA

 

Yo aguardaba, cronómetro en mano, que las flores se

abrieran en el exacto instante de inicio de la primavera;

no en el sotobosque de huarangos y su espinosa fronda

allende los arenales del desierto liberteño ni en las vegas

húmedas de río en los umbrosos cañaverales de Chicama

o de Laredo, tampoco en un parque de canteros bien

regados en urbanizados jardines mesocráticos o siquiera

al centro de una lata vacía de leche hecha macetero en la

grasienta cornisa de la cocina del jirón Huallaga # 165, sino

en la azotea desolada de mi casa, sin ninguna tierra fértil

sobre el cemento sino apenas polvo reseco de cachivaches

y mudanzas y ventarrones de tardes y de sueños.

 

Y la primavera llegó.

 

 

LOS ESTADOS DE LA MATERIA

 

Goloso

De niño atisbaba las formas del agua

Y a los pies del refrigerador

Goteando saliva y asombro

Constataba cómo se había transformado

La leche en cremoso helado y

A veces otros líquidos

—Bermellones o dorados—

En gelatina de fresa o de piña.

Así creí comprender que

Además del estado líquido del agua

Y el sólido y el gaseoso

También eran otros estados de la materia

La gelatina y el helado.

 

La vida como siempre

Se encargó de desmentirme

Muy tarde aprendí cómo —aún sin refrigerador—

La tristeza y la angustia eran otros estados

Gélidos de la materia

Así como la soledad

Aquel estado entre congelado y gaseoso pero

Largo como papel higiénico desenrollado

Colgando en una casa vacía.

 

 

LOS HÉROES

 

Declamo el heroísmo de los héroes

Que se hicieron matar hace siglos

Para que hoy sea feriado

 

Cuando me arrojo del proscenio

Se apagan aplausos y

Sin historia muere

Mi heroísmo de niño

 

Llegada la tarde

Mamá fungía de oráculo:

Segurito su papá ya

Se quedó tomando

 

Pero yo sabía que no era cierto

Papá andaba

Enfrascado en interminables y

Solitarias batallas

Y cuando volvía a casa

Tambaleándose por las noches

Desde mi lecho lo oía tropezar y

Arrojar exhausto sus armas

Pero nunca me atreví a saltar

A su encuentro para

Preguntarle si

Había

Triunfado.

 

 

Lizardo Cruzado. (Trujillo, Perú, 1975). Sus devaneos adolescentes con la poesía culminaron en la publicación de Este es mi cuerpo (1996). Después de un prolongado silencio retomó su afición por el verso y compiló No he de volver a escribir (2019). Trabaja como médico psiquiatra y docente universitario.

 



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