11 Abr 2021

9. POESÍA CHICANA. SONIA GUTIÉRREZ

-27 Mar 2021

 

Serie Lengua Suelta

Coordinadora y traductora: Violeta Orozco 

 

 

ONE DAY I COULD SEE DEATH

 

One day I could see death,

so I did what I could do— 

I called her spirit back.

       

Sitting across from her, 

she sank in the quicksand 

of her words: “I’ve been crying

for a year and a half.” 

 

One day just like that 

I could see death,

so I threw a fishing rod 

across the desk and reeled her in 

with stories because I too 

had once been in that drowning place.  

   

Day in and day out I too had witnessed 

the heaviness of purple waves with eternal 

blueless skies pressing down on my gills.

So I asked, “Do you know why I stopped crying?” 

while she held her head above water 

and silence escaped her gaping mouth.

   

For several months, I fell asleep crying.

One day when I woke up, 

where there had been two obsidian eyes 

with heightened sight 

were two-ball black head pins.

Where there had been two plump cheeks 

were now two sunken salty creeks. 

Where there had been a mouth, 

a selfless drought had sealed my lips shut. 

  

Until the day of the calling, 

from my Mexican bathroom mirror,

María Felix and my mother reached out, 

so I could reclaim my beauty, 

and remember what it was like to be me—

a soldadera armed with a lasso tongue, 

graced with thorny cactus skin 

and self-healing entrails.

 

From the treacherous current,

I pulled her in with stories 

as I removed seaweed

and the salty pearls from her eyes.

I locked her arm with mine 

as we giggled and walked back to shore, 

and the salt of her eyes receded.

 

Moraleja para una mujer: Salt water belongs 

in the ocean not on a woman’s lunaface. 

 

“One Day I Could See Death,” originally published in Ana Castillo’s La Tolteca #6. 

 

 

UN DÍA PUDE VER LA MUERTE

 

Un día pude ver la muerte,

entonces hice lo que pude—

llamé a su espíritu para que regresara.

 

Sentada enfrente de ella,

se hundió en la arena movediza

de sus palabras:

“Llevo llorando

un año y medio.”

 

Un día, así como si nada

pude ver a la muerte,

entonces lancé una caña de pescar

al otro lado del escritorio y la jalé

con historias porque yo también

alguna vez estuve en ese lugar de ahogo.

 

De día y de noche yo también llegué a atestiguar

la pesadez de las moradas olas con eternos

cielos desazulados oprimiendo mis agallas.

Entonces le pregunté, “¿Sabes por qué dejé de llorar?”

mientras mantuvo su cabeza por encima del agua

y el silencio se escapó de su boca entreabierta.

 

Por varios meses me fui a dormir llorando.

Un día cuando me levanté

allí donde hubo dos ojos de obsidiana

con vista aguzada

había dos alfileres de bolita.

Donde había habido dos cachetes rellenitos

ahora había dos arroyuelos hundidos de agua salada.

Ahí donde había habido una boca,

una sequía egoísta había sellado mis labios hasta cerrarlos.

 

Hasta el día del llamado,

María Félix y mi madre estiraron sus manos

desde mi espejo de baño mexicano,

para que yo pudiera reclamar mi belleza,

y recordar cómo era eso de ser yo—

una soldadera armada con una lengua de látigo,

dotada de espinosa piel de cactus

y entrañas que se curan solas.

 

Desde la corriente traidora,

la jalé hacia mí con historias

mientras le quitaba las algas

y las perlas saladas de sus ojos.

Enganché su brazo al mío

mientras soltábamos risitas y caminábamos de regreso a la orilla

y la sal de sus ojos retrocedía.

 

Moraleja para una mujer: El agua salada pertenece

al océano, no a la lunacara de una mujer.

 

“One Day I Could See Death,” originalmente publicado en La Tolteca #6 de Ana Castillo 

 

 

RESURRECTION 

      

Those were the nights

I’d leave my bedroom window 

    open, 

and chilly winds 

lifted the curtain,

slipped inside my bedroom,

and curled beside me. 

  
In the morning, 

I’d hear a knock at the door. 

I’d chirp, “—Come in.”

At the doorway,


a figure would ask, 

Aren’t you cold? 

It’s cold in here.”


I’d shrug my shoulders


and answer, “Cold?

I don’t feel a thing.” 

   
Those were the nights

when winter insisted on talking to me,

but I wouldn’t listen.

I couldn’t. I was deceased.

  

Not until months passed,


Cold, herself, with her icicle fingers,

gently patted my right cheek.

I turned to look at her,

and took notice of her 

when one day I was no longer

a horizontal statue.

 

 

RESURECCIÓN

 

Aquellas eran las noches

en que yo dejaba la ventana de mi cuarto

abierta,

y las corrientes frías

levantaban la cortina,

se deslizaban dentro de mi cuarto

y se enroscaban junto a mí.

 

En la mañana,

podía escuchar un toquido en la puerta.

Yo canturreaba, “—Pase.”

En la entrada,

una figura preguntaba,

“¿Apoco no tienes frío?

Hace frío aquí.”

Yo alzaba los hombros

y respondía, “¿Frío?

No siento nada.”

 

Esas eran las noches

en las que el invierno insistía en hablarme,

pero yo no escuchaba. No podía.

Estaba muerta.

 

No fue hasta que pasaron los meses,

Cuando fría, ella misma, con sus dedos de témpano,

fue la que suavemente me acarició el cachete derecho.

Yo volteé a verla,

y me fijé en ella

el día en que dejé de ser

una estatua horizontal.

 

 
COMING OUT OF STONE
 
 

Have you ever been at the epicenter

of a black hole where people

speak to you through a tin can phone

stretched across a long gray string?

But no one—nothing—can reach

inside you.

I was there.

Have you ever been at the epicenter

of a black hole,

where your doppelgänger

stares at you

through a dusty bathroom mirror

as somber pressure

makes your dark circles

hang to your feet?

I was there.

I stood in dark matter.

Tepid water ran down my breasts

when my eyes opened to shards of light

and long dark tufts under my arms.

I was there

the day I stepped out of stone.

I stood in the shower

when the heaviness of grey

fell to my feet

and scurried down the drain.

Resurrection

Those were the nights

I’d leave my bedroom window

open,

and chilly winds

lifted the curtain,

slipped inside my bedroom,

and curled beside me.

In the morning,

I’d hear a knock at the door.

I’d chirp, “—Come in.”

At the doorway,

a figure would ask,

“Aren’t you cold?

It’s cold in here.”

I’d shrug my shoulders

and answer, “Cold?

I don’t feel a thing.”

Those were the nights

when winter insisted on talking to me,

but I wouldn’t listen. I couldn’t.

I was deceased.

Not until months passed by,

Cold, herself, with her icicle fingers,

gently patted my right cheek.

I turned to look at her—

took notice of her

when I no longer was

a horizontal statue.

 

 

SALIENDO DE LA PIEDRA

 

¿Alguna vez estuviste en el epicentro

de un hoyo negro en donde la gente

te hablaba a través de un teléfono de lata

estirado a lo largo de un hilo gris?

 

Pero nadie – nada– puede alcanzarte

allá dentro de ti.

 

Yo estuve ahí.

 

¿Alguna vez estuviste en el epicentro

de un hoyo negro

en donde tu doppelganger

se te quedaba mirando

a través de un espejo polvoso de baño

mientras una presión sombría

hacía que tus círculos oscuros

bajaran colgando hasta tus pies?

 

Yo estuve ahí.

De pie en la materia oscura.

 

Agua tibia bajaba por mis senos

cuando mis ojos se abrían a las esquirlas de luz

y hubo largos jirones oscuros bajo mis brazos.  

 

Estuve ahí

el día en que salí de la piedra.

Me quedé quieta en la regadera

cuando la pesadez del gris

cayó a mis pies

y se escabulló por la coladera.

 

 

 

AN AMERICAN LANDSCAPE 

  
On a chilly February night

under a star-spangled sky

Trayvon, you, stayed warm

fastened like a monk 

in a Rembrandt painting.

 

As you talked

to your girlfriend,  

your words sugared

with purple, green,

yellow, and the red

of your youth 

 

took a cloaked past

when in the distance

a man’s four-hundred year old 

 

gaze, clouded with a history

hanging with strange fruit,

set its eyes on you.

 

As you walked

through invisible

marked streets,

 

those pair of cutout holes,

carrying a holstered pistol,

preyed on someone like you.
 
And you ran 

 

and wrestled

for freedom 

 

in this American landscape,

looking for a place

to take root and extend

your long lean branches,

 

reaching for a limitless sky.

But one bullet gnawed 

 

your heart and turned 

your fingernails blue.

 
Those cutout holes

could never hear you,

“Stop following me!”

 

nor could they ever see

 

the prime green seventeen

of your youth.

Against a historical 

American backdrop, 

where saplings are lost,

a little man saw 

an American TV monster

 

mightier than himself

and the only thing

 

that little man 

could do was reach 

 

for the trigger—

too late to learn your pockets

were stuffed with dreams

of you, Trayvon, wearing a pilot hat

 

flying through wistful blue skies 

 

not pearls, not diamonds,

nor gold rings. 

 

 

UN PAISAJE NORTEAMERICANO

 

En una noche fría de febrero

bajo de un cielo estrellado

Travyon, tú te quedaste calientito

Como un monje sujeto

A una pintura de Rembrandt.

 

Mientras le hablabas

A tu novia,

Tus palabras azucaradas

con el morado, verde,

amarillo y rojo

De tu juventud

Envolvieron el pasado en un manto

Cuando en la distancia

La mirada de cuatrocientos años

de un hombre, nublada de historia

donde colgaba fruta extraña, strange fruit,

Se detuvo en ti.

 

Mientras caminabas

a lo largo de invisibles

calles marcadas,

ese par de huecos recortados,

cargando una pistola enfundada

convirtió a alguien como tú en una presa.

 

 

Mas tú corriste

luchaste

Por la libertad

En este paisaje norteamericano,

Buscando un lugar

Para enraizarte y extender

Tus largas y delgadas ramas

Extendiéndote hacia un cielo ilimitado.

Pero una bala te mordió

El corazón y te tornó

Las uñas moradas.

 

Esos hoyos recortados

No pudieron jamás oírte,

"deja de seguirme!"

Ni tampoco serían capaces de ver jamás

Los verdes diecisiete en apogeo

De tu juventud.

Con esta historia

norteamericana de fondo

donde los arbolillos se pierden,

un hombre pequeño vio

un monstruo en la tele americana

más poderoso que él mismo

y la única cosa

que ese hombre pequeño

podía hacer era tratar de alcanzar

el gatillo-

pero era tarde para aprender que tus bolsillos

estaban llenos de sueños

de ti, Trayvon, usando un sombrero de piloto

volando a través de cielos melancólicos

que no eran de perlas, ni diamantes

ni anillos de oro.

 

Traducción: Violeta Orozco

 

Sonia Gutiérrez is the author of Spider Woman / La Mujer Araña (Olmeca Press, 2013) and the co-editor for The Writer’s Response (Cengage Learning, 2016). She teaches critical thinking and writing, women’s, gender, and sexuality studies, and multicultural studies. FlowerSong Press in McAllen, Texas, recently published her novel, Dreaming with Mariposas. Her bilingual poetry collection, Paper Birds / Pájaros de papel, is forthcoming in 2022. Presently, she is returning to her manuscript, Sana Sana Colita de Rana, moderating Facebook’s Poets Responding, and teaching in cyberland. 

 

 

Sonia Gutiérrez es la autora de Spider Woman / La Mujer Araña (Olmeca Press, 2013) y co-editor de The Writer’s Response (Cengage Learning, 2016). Imparte asignaturas de pensamiento crítico, estudios de la mujer, género y sexualidad y estudios multiculturales. FlowerSong Press en McAllen, Texas, recientemente publicó su novela, Dreaming with Mariposas. Su poemario bilingüe, Paper Birds / Pájaros de papel se publicará en el 2022. En la actualidad, regresó a su obra Sana sana colita de rana, modera Facebook’s Poets Responding, y enseña en ciberlandia.

 

  

 



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