15 Jun 2021

222. POESÍA COSTARRICENSE. MIGUEL FAJARDO

-02 May 2021

 

CERTEZA

 

Si tan solo

tuviésemos

la certeza de

la luz

para los desheredados

y no su ceniza

como piedra

muda

del castigo.

Si tuviésemos

un bosque donde alojarlos;

extenderíamos

su ansia, un

mástil clarísimo

contra las hogueras.

Si no existieran

los campos de concentración,

los dominantes

sabrían

que el fracaso

del confinamiento

aviva la

fogosa luz de

la libertad.

Si tuviésemos

la paz como herramienta,

con ausencia de guerras,

luchas difíciles,

insurrecciones,

enfrentamientos.

Si tan solo eso

fuese posible,

las magnolias

agrandarían

su fragancia,

la luz se acercaría.

 

Seríamos Nosotros.

el Nuevo Mundo desde América.

 

 

NINGÚN TIEMPO SE RECUPERA

 

El ausente rompe la distancia.

No hay espacio para resurrecciones.

El tiempo marcha con memoria detenida.

El ausente cree vivir en el recuerdo,

a pesar de la indiferencia.

Ningún tiempo se recupera de la nada.

Hay que ver a la altura del mar.

Hay pesadillas y renuncias despiadadas.

El tiempo del ausente

acumula banderas sin horizontes.

La vida exige entrega,

compañía,

presencia:

no pretextos ni excusas indexadas.

Hay terraplenes en el vacío.

El ausente dictó su sentencia,

en la lejanía del jamás

como bandera.

El ser humano no debió ser encerrado

en campos de exterminio.

Hemos nacidos para ser libres.

La libertad no se vende.

Nunca más esa condición.

Jamás debemos permitirlo.

Nunca nos rindamos

de luchar por la libertad plenaria.

Aún resuena la consigna

“No tengáis miedo”, de Juan Pablo II.

 

 

UNA NOCHE PERSEGUÍA LAS ESTRELLAS

 

Rompemos la fuente para inventar

el miedo, la crueldad labrada

en el llanto de la nostalgia.

Una noche perseguí a las estrellas.

Al final del arcoíris había muros,

salvajes alambradas creciendo hacia el infinito.

Nos destierran, me destierro,

somos inmigrantes en espacios globales

que nos han dado la espalda.

Ningún gesto humano

enterneció a los verdugos.

Vivir es una osadía,

una habitación sin estrellas en la montaña

arrinconada por el viento del monólogo.

Camino en la sombra que mira sin disculpa.

Tu tragedia nunca será contada,

pues la repetición anula los dolores.

Estás fatigado, el peregrinaje

es cal viva en la pérdida de los atajos,

de mariposas mirando al cielo.

Hay trampas en los tablones

de los barcos abandonados. 

Cada poder es un exceso a la renuncia,

a las conversaciones sin distancia.

No te rindás:

hay utopías transfronterizas,

un pasaporte o un salvoconducto,

con el destino final de la esperanza.

 

 

TIENEN UN CIELO EXTENUADO

 

La balsa es una conquista

en las armaduras de la sobrevivencia.

Una legión que se desploma

en el gran mar de los migrantes,

donde las jornadas

miran hacia las maletas de Auschwitz:

campo de exterminio contra todos.

Te detienen en los acantilados,

acaso las guardarrayas

cercan un cielo extenuado

en la insolencia de cualquier sistema.

Hay réquiem en la certeza,

porque los fingimientos

son iguales en la memoria

del toque de queda,

cuando deambulamos

en el centro del equívoco,

en las banderías sin límite

de reinos prohibidos,

en los laberintos del tiempo.

La espuma parpadea en la inmensidad

del naufragio y las hogueras.

Los prisioneros galopan

en el piélago de la ausencia.

Los mendigos golpean las compuertas

de manera irresistible.

Vas encaneciendo la espera

en el crepúsculo inicial de la libertad.

 

 

LAS LLAVES DE LA TIERRA

 

En los labios de la ceniza

el delirio es una lluvia,

el destino del latido,

a la deriva,

la soledad del olvido,

la sílaba del follaje.

Llegas con el puño

del presagio

a los muros resquebrajados

por la fuerza migratoria

ante los registros policiales

de la libertad en fuga.

El vacío enciende

las llaves de la tierra,

el propio mar

dentro de las olas

en mi cuerpo.

Los oficios del aire

avasallan los pedazos

del azar en plena oscuridad.

El encierro perfecto

será dejar la huella

que borrará el mar

cuando huyan de sus captores.

En el templo de arena,

revuelto en la voluntad apátrida.

el silencio grita, en altamar,

palabras reconquistadas en la libertad.

 

 

LAS BANDERAS SE ABREN

 

La sombra como la lluvia

es una espada extraña.

Bastaría el abatimiento de la tierra,

la figura del dragón no convocado,

el mar de alguien,

donde los náufragos

encienden el desierto de la luz

contra las alforjas de la violencia.

La llama borrada en la oscuridad

de las puertas,

el descubrimiento del sueño

de Martin Luther King o Nelson Mandela. 

Vivís en el lugar donde la lluvia se devuelve.

La guitarra es un destino de lágrimas

en el silencio carcomido por la agresión.

Envejecemos.

Las banderas se abren como muñones

que reconocimos debajo de la locura.

La inicial presume devorarlos,

atrapados en el vacío

de las murmuraciones.

La sombra es el muro

sorprendido por las vidas

que desafían otras oportunidades,

sin el miedo a la muerte,

pintada en el desprecio

de sistemas deshumanizados.

La cruz también se lleva con nosotros

 

 

UNIVERSO TRANSFRONTERIZO

 

Cortábamos los sueños

en las ventanas de la oscuridad;

en el círculo vicioso de las persecuciones,

antes de abrir la huelenoche,

el bosque o el océano,

el mar, sin hijos en el techo;

el arcoíris, al inicio de las olas,

cuando viene la ternura

que acuna en la corriente

o desplazará nuestros pies,

delante del mundo

de los turistas en verano.

El agua del océano estalla en silencio;

es la de todos los mares sigilosos.

Abre la boca llena de espuma,

y visita, demasiado viva,

cada sílaba consagrada

a la protección de los refugiados,

en medio de la tormenta,

sin espíritu de aventura,

con la plena consigna

del abrazo de vuelta

en la desgracia;

ante el cinismo de quienes

los “cazan”, como animales perdidos,

en el universo

transfronterizo de la incomprensión.

Nada más ajeno a los DD. HH.

 

 

TODA ESPERANZA ES DIGNIDAD

 

Escondidos, no respondan

las preguntas de los necios;

son los verdugos

que devoran los sembradíos

de la convivencia.

El delito del migrante

es su pobreza horizontal,

que les extiende de los Otros,

tentáculos xenófobos y racistas.

Seres humanos vistos como piltrafas

en la sombra dividida de la luz,

en la puerta distinta del abandono.

No deben responder

las obsesivas insanias

de quienes atestiguan

contra los hijos del mundo,

sin canciones de cuna,

en medio de la tristeza.

Los arrinconan, y exigen confesiones;

los hacen mentir en los formularios de la maldad

que no se lleva el viento de Ayotzinapa,

porque les han enterrado

la más alta dignidad

detrás de su martirio.

 Sin la luz, la carencia se agranda.

Somos moribundos.

A pesar de los disparos,

encienden la oscuridad, detrás de los caminos.

Un abrazo de vuelta no vendría mal.

Queda el desbordamiento del olvido

un día gris en los crucigramas incompletos.

Las campanas anuncian la deportación.

Un ritual poco comprensible

en los universos apabullados.

El ojo vencido se arrodilla en la tristeza,

en la huida hacia otras fronteras.

Los escombros escuchan el estertor

de la lejanía encarcelada.

La medianoche es el cronotopo

para imaginar el abandono

de tu casa-país, de tu luna festiva

para seguir escondidos,

con edad desangelada, encorvados,

sin saber de la descomposición social

de los sobornos públicos transnacionales

que carcomen a casi todos los gobiernos.

Buscás otra patria…

A la fuerza te la imponen.

Toda esperanza es un martirio.

Nunca se comprende desde lejos:

Comienza la palabra.

La denuncia frontal contra tanta insania.                 

 

 Poemas de Las llaves de la tierra

 

Miguel Fajardo Korea. Costa Rica en 1956. Licenciado en español, Lingüística y Literatura. Vicepresidente del Centro Literario de Guanacaste (1974-2021). Ha editado 28 libros. Premios: Joven Creación, Alfonsina Storni, Jorge Volio, Premio Universidad Nacional Omar Dengo, Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural, Premio Nacional de Educación Mauro Fernández y La Gran Nicoya. Ha publicado 800 artículos (1976-2021) en medios nacionales, internacionales e Internet. Columnista mensual en el periódico ANEXIÓN desde 1992. Entre sus libros de poesía sobresalen: Estación del asedio, Extensión del agua, Las puertas del sol, Margen del sueño, Ausencias, Travesías, Nadie es dueño, La sombra distinta, Comienza la palabra y Nunca como ahora (los dos últimos sobre los migrantes).

 



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