29 Nov 2021

45. YORDAN ARROYO. CAROLINA CAMPOS

-05 Sep 2021

ANTES DE QUE EXISTIERAN LAS PALABRAS, EXISTIERON LOS HELECHOS DEL BOSQUE

 

Por: Yordan Arroyo Carvajal

 

Carolina Campos Solís es una autora costarricense que lleva sangre mexicana en sus memorias. Sin embargo, nació en San José en 1988. Por tanto, desde su vientre, los helechos de sus poros, mismos que me permiten escribir esta reseña crítica, empezaban a sentir una serie de constantes trasformaciones que se generan después de la crisis económica de los ochenta. Debe recordarse que, en esta época, el país se ve amenazado por el capitalismo globalizador y las desigualdades se incrementan.

No obstante, en el contexto en el que nace esta autora, se comienza a generar un acontecimiento crucial en el país tanto para las mujeres como para la literatura y el arte desarrollado por ellas. Se empiezan a sentir los efectos, con propósitos de emancipación, provocados por la segunda oleada de movimientos feministas.

Y bien, aunque en el corpus literario costarricense hay textos escritos por mujeres que todavía no logran alcanzar un nivel de conciencia total sobre sus roles en la sociedad, o un tercer nivel de conciencia como lo llamaría Magda Zavala (2011) en uno de sus pioneros trabajos, sea porque se basan en el poema por el poema, es decir como artificio, o bien, porque todavía no se han descolonizado de ciertas ideologías hegemónicas y conservadoras que generan pugnas de poder y sumergen a estas mujeres en una caja oscura, esto no sucede en Carolina Campos Solís. Ella logra alejar los malos espíritus, tal cual simbología celta del helecho, y rejuvenece el bosque donde sobrevive la diosa Deva; en otras palabras, lo empapa para que los gritos nazcan frescos y alejados de la corrosión.

Esta autora, integrante de la Colectiva Jícaras, uno de los grupos de mujeres más actuales y unidos del país, y que heredan parte de las memorias culturales de la primera red que inició oficialmente, a nivel local, a partir del 22 de marzo del año 2000, por medio de la Asociación Costarricense de Escritoras, creció con los helechos alumbrando en la infinidad de sus poros. Por medio de su ópera prima, publicada en la Editorial Nueva York Poetry Press, se aprecia cómo sus cinco sentidos no conocen de tabúes ni de censuras, por eso, su voz fluye como relámpago en pleno aguacero, y eso, justamente, es uno de los aspectos que le permiten cargar semillas de dinamita en su garganta.

Y es que esta explosión es necesaria, más cuando nos enteramos de que la literatura costarricense ha sido mayormente dominada por discursos clasistas donde los hombres han tenido mayores espacios. Basta con revisar la desproporción de género que se aprecia en las antologías costarricenses, nadie podría decir lo contrario. Aunque, el siglo XXI marca un cambio considerable, esto se observa en publicaciones de antologías hechas por mujeres como Magda Zavala (2011), Arabella Salaverry (2020), Yadira Calvo Fajardo (2021, en prensa), o trabajos hechos por hombres como Yordan Arroyo Carvajal en colaboración con Luis Gustavo Lobo Bejarano (2021, en prensa),[1] Yordan Arroyo Carvajal y Fernando Salazar Torres (2021, en proceso),[2] Yordan Arroyo Carvajal y Luis Gustavo Lobo Bejarano (2020), Byron Ramírez Agüero (2020) y César Angulo Navarro (2018).

Campos Solís es hija de una historia donde los helechos en los poros de muchas mujeres se cansaron de ser silenciados y hoy hablan desde los albores del bosque, altar de ese animal sexual que se desnuda sin miedo ni pena en su poesía.   

Podría apreciarse con creces la influencia de la vanguardia latinoamericana en este poemario. Esto es notorio desde los epígrafes. Tal cual se dijo al inicio, Campos Solís tiene raíces mexicanas, y esto se encarna en sus memorias culturales y en sus lecturas, pues el primero de los tres epígrafes es de la mexicana Rosario Castellanos, quien fuera por muchos una de las grandes poetas de las vanguardias latinoamericanas que, incluso hoy, no se pueden omitir dentro de lista importantes de lectura.

En este epígrafe de Castellanos: “Que mi cuerpo era un árbol y el dueño de los árboles no es su sombra, es el viento” se aprecia parte de lo que se encontrará en este libro. Mujer y naturaleza encarnan un solo componente, y por eso, se remite a una época regida por un sistema matrilineal que no pudo ni podrá borrarse del todo, porque como lo diría Jung, padre de la psicología profunda, el ser humano necesita de lo materno para sobrevivir. Justamente, las raíces, altares, vientos, principios de lo materno, se encuentran en el culto al bosque, Deméter en Grecia, o bien, siguiendo la línea de mitopoéticas que permite este libro, Dôn o Dana, diosa madre de la cultura celta. 

A su vez, cabe destacar que otra de las grandes autoras de las vanguardias latinoamericanas referidas en otro de los epígrafes es la argentina Olga Orozco, quien con estas palabras: “...la misma soledad, la no mentida, y este largo destino de mirarse las manos hasta envejecer”, ya no remite a la esencia del helecho como diálogo telúrico que encontrábamos en Castellanos, sino al diálogo corporal, con los poros que remiten al espejo del alma para conocer las historias y las cicatrices escondidas detrás de las palabras de cada mujer. Esto unifica ambas posiciones y las pone en comunicación.

Por último, Campos Solís crea un conversatorio con las revoluciones poéticas latinoamericanas del siglo XX y da a conocer su influencia subversiva del siglo XXI en Costa Rica, donde cita un fragmento de un poema de Silvia Elena, otra de las integrantes de la Colectiva Jícaras: “Ahora estaba hecha de cosas revueltas”, que permiten entender las raíces de la Medea (conflicto entre logos y emociones) o el huracán cotidiano que comienza a surgir, más allá de edades, en algunos de los poemas publicados por autoras costarricenses, conscientes de sus situaciones, en pleno siglo XXI, periodo cargado de transformaciones y cicatrices provocadas por los pedazos de pan que cada vez se desmoronan más.

Expuesto lo anterior cuyo objetivo era acercarse, muy brevemente, a las influencias de la poética de Campos Solís, ahora es necesario mostrar una aproximación a los códigos semióticos que podemos ubicar en su ópera prima. En ella, título y portada (así como el resto de imágenes [fotografías] incluidas en el libro) se confabulan para moverse hacia los esquemas primitivos de la humanidad: la naturaleza unida a la carne o a las arrugas de la mano, diario donde se guardan, escriben y reescriben nuestras historias de vida. Las manos que se unen a la naturaleza son el portal, el oráculo para conocer el presente, pasado y futuro por medio del acto de “brotar” y del conocimiento de las “esporas” y “grietas” en las que se divide este poemario.

Por esta razón, el poema de apertura, justamente, entabla un diálogo desde la estética mitológica, pues refuerza la idea, tal cual titulé esta reseña crítica, de que los humanos surgimos de la naturaleza, espacio materno por antonomasia.

En “OROGÉNESIS” (p. 21), se dice: “recoge semillas / antes de empezar a caminar” (vv. 41-42, p. 22). A manera de análisis, en este primer poema se aborda la manera como nacieron las montañas, pero es necesario aclarar que no son las montañas como lugar común, pues se permite crear una analogía con los humanos, quienes al igual que se dice en el poema de Campos Solís, debemos quebrarnos para conocer nuevas formas de nosotros y además, debemos recoger semillas, encontrarnos con nosotros mismos, llegar a la meta y devolvernos, empezar a emprender, a escuchar consejos, gatear antes de caminar, vivir, construir el poema y trabajarlo con oficio antes de que emprenda su vuelo hacia el balcón.

En la poética de Campos Solís hay constantes viajes hacia las herencias del pasado, esto es notorio en su poema “AUTORRETRATO EN TRES TIEMPOS” (p. 23), donde la voz lírica recuerda las enseñanzas de su madre, quien, desde su sentido primario de sabia, se presenta como hechicera, y de su progenitor, quien le enseñó a querer a los animales del bosque, que a veces aparecen por temporadas, entre ellos, los abejones, que según le contó su padre, no estaban hechos para volar. Así sucede con las personas, ellas no están programadas para volar, pero pueden inventar sus propias alas y viajar más allá de las colinas. Solo que, para lograr esto, al igual que en el poema en mención, hay que saber explorar “los canales de la piel” (v. 19, p. 24) y aprender a reconstruirse con el poder íntimo del barro, esencia misma y materna de la humanidad.

Y justamente, en la misma estética de vuelta, reflexión y ahora cuestionamiento en torno al pasado, se tiene el poema “MIS PIERNAS SE HAN CUBIERTO DE HERRUMBRE”, pues para saber cómo las piernas de la voz lírica se han llenado de herrumbre, es necesario conocer el porqué de ello. Para esto, es imprescindible acercarse a las vivencias con su progenitora: “Aprendí propios los vacíos de mamá; / ahora me raspo las heridas / mi lengua las barre, / invocando la saliva redentora” (vv. 4-7, p. 28).

En los versos citados, la acción del barrer es clave, pues marca el clímax para cambiar el pasado y emprender un nuevo presente y futuro. También, a este acto de limpieza, quitar lo sucio del bosque, del cuerpo, se une la simbología sagrada de la saliva, que, al estar asociada con lo materno, tiene una función cíclica, lunar, marca los cambios. En este caso, esa transformación se entiende con mayor fuerza gracias al adjetivo “redentora”, cuya semántica remite al deseo de triunfo, liberación, justicia.

Aunque, la voz lírica no solo es consciente de la situación de su madre, sino también la de su padre, en fin, de su familia, a quienes coloca como su biblioteca personal: “veo su ternura reducida mientras / lucha / finge que no duele” (vv. 9-11, p. 28). Y es claro que, en una sociedad patriarcal, a los hombres se les censura para que no muestren sentimentalismos y fragilidades. Uno de los roles de condena masculinos, justamente, al igual que el padre del yo lírico femenino es “fingir que no duele”.

Y, por último, la voz lírica también es consciente de su situación social, por eso, su útero le reclama por todas las veces que se ha callado para complacer a los demás: “Encallé, / pero cultivo adentro / la resurrección” (vv. 37-39, p. 29). En este caso, el papel pragmático de la conjunción adversativa “pero” es vital porque determina un proceso de aceptación muy importante para entender la lucha de cambio y búsqueda en su interior, misma que emprende la voz lírica a lo largo de todo este libro.

Asimismo, por medio de la conjugación del verbo “encallar” en pretérito perfecto simple, se sabe que la voz lírica es consciente de que en un pasado su identidad se podía asimilar, por herencia, con un tronco estático; sin embargo, lo importante es que ahora asume con responsabilidad un rol de cambio para consigo y con los demás, y por eso, ya no es la hablante lírica de un ayer; resucitó, surgió de las cenizas del bosque para, tal cual función de los helechos, proteger su espacio y limpiar todas las impurezas que contaminan el altar de la diosa Deva. Sin temor a dudas, estamos ante un libro conformado con raíces, nubes, madera, barro, portales y gotas de lluvia que tienen el compromiso de romper imaginarios conservadores.

Y justamente, dentro de esta ruptura de imaginarios tradicionales y muestra clara y rotunda de una voz libre de censuras, punto que destaco, se encuentra el poema “PARECE POEMA PERO ES ANÉCDOTA”. Desde su título se aprecia una construcción pragmática que absorbe la ironía como herramienta de juego y a la vez intimidad en el mismo texto, pues el hecho de que sea anécdota vuelve más cercano este acontecimiento a la realidad, es decir, lo aleja un poco de la ficción, pero sin dejar lo lúdico de lado: “He aquí una vibración; / diferente a la que dan los átomos cuando sostienen el cuerpo, / y aún así, activa las piernas” (vv. 1-4, p. 30). En dicho texto, los códigos poéticos remiten de inmediato al consolador que fue descubierto por la misma voz lírica.

Y es muy importante que el placer de un juguete sexual-erótico haya sido descubierto por su cuenta, porque esto reafirma la idea de que esta hablante lírica marca o refleja la entrada de nuevos tiempos. Sería muy distinto si lo hubiera conocido por medio de su madre, su padre o cualquier otra persona que forme parte de su linaje. Es necesario, así como se da en el resto del libro, que el yo lírico femenino descubra, por medio de un rol de libertad, asuntos por su cuenta, para que, de esta forma, pueda transmitirlos o compartirlos sin rodeos.

Esta misma libertad sexual construida a partir de los discursos lúdicos se aprecia en uno de los mejores poemas, a mi consideración, de este libro, título “MIÉRCOLES, 6: 00 P. M”, el cual, aparte de su diminuta extensión, es necesario compartir completo:

 

Con sangre enterrada en las uñas

y los labios hinchados

acabé.

Me quedan

las piernas húmedas

y la conciencia tranquila.

 

Dentro de una posible lectura erótica de este poema corto que dice mucho, se remite, sin duda, al recuerdo de la voz lírica. Ella se devuelve a un miércoles, no cualquiera, a las 6: 00 p. m, día y hora donde tuvo un encuentro sexual. Además, es de noche, muy importante, hora donde los animales salen a cazar, o se despierta, mayormente, la parte animal, satírica (en referencia a los sátiros) del ser humano. Las uñas llenas de sangre remiten al acto del orgasmo que llevan al sujeto a perder la razón, a entrar en los portales del éxtasis, el Dioniso, aunado a los labios hinchados que aclaran un acto sexual lleno de besos dirigidos por el vehículo de los mayores placeres y las pasiones que lograron humedecer las piernas o los troncos del bosque.

Y aquí, el final de este poema es clave, pues a las mujeres, desde un discurso tradicional muy marcado en Costa Rica, se les dice que el sexo casual es pecado, y, por ende, deben conservarse vírgenes para sus esposos. Esto provoca que muchas de ellas, al verse derrotadas por sus deseos, terminan en la cama con remordimiento de conciencia. Sin embargo, no es este el caso en este poema, pues la identidad de esta voz lírica es libre y transgresora, por eso, disfruta lo que hace cuando ella quiera, pues es la única dueña de su cuerpo e invita a sus lectoras a probar la carne de esta liberación ideológica.

A grandes rasgos, acercarse a Helechos en los poros (2021) es leer una voz fresca que puede denunciar, pero con la creatividad de no caer en los excesos de lo común ni en la corrosión panfletaria. Ella cuida mucho sus imágenes, mismas donde la naturaleza tiene un rol clave, también cuida los recursos pragmáticos de su lenguaje, cuando tiene que ser irónica lo es, y carga con fuertes simbolismos propios de las feminidades en los códigos poéticos que conforman su libro, entre ello, aparte de los referentes expuestos, el significado ancestral que carga consigo la palabra “ciclos”. Un claro ejemplo es su poema escrito en prosa, título “CENTRÍFUGA”, donde la voz lírica se acerca a la acción de una lavadora para expresar su deseo de limpieza. Está sucia la ropa, la memoria, sus heridas, el bosque.

Al respecto, cabe decir que, dentro de la identidad literaria de Campos Solís, debe destacarse su habilidad estilística para escribir poemas en prosa, esto se le da muy bien, y se aúna, claro, al hecho de que ella no solo es poeta, sino también narradora.

Esta ópera prima que he tenido el gusto de leer, deja claro que es necesario sentir y disfrutar de la lluvia en el campo, para que los helechos y todos los cultivos que habitan en el cuerpo y en las memorias de muchas mujeres se mojen, se llenen de orgasmos, y puedan salir a la ciudad no como poesía llena de artificios sin sentido y sin compromiso, sino con frescura o bien, como se dice en el poema “LA GATA”, como actos de clausura contra todos aquellos discursos y comportamientos que impiden que escritoras como Carolina Campos Solís puedan correr la cortina del cuarto , con el afán de acariciarle el clítoris al sol, que es Diosa (léase el poema “MADERA”, p. 65) y no Dios, y a su vez, resucitar a todas las muertas que gritan como fieras desde sus poemas (léase el poema “El silencio ha traído a mis muertas de vuelta”, p. 44).

Ahora, lo único que queda por decir es que si desean conocer más de cerca cómo es posible que un bosque y sus animales hablen, la mejor manera de hacerlo es comprobándolo ustedes mismos con sus propias lecturas. 

 

[1] Ensayo crítico que incluye una selección de poemas en su desarrollo, entre ellos, “La mujer que conduce el coche”, de Mía Gallegos, primer escrito en Centroamérica sobre este tema.

[2] Antología de poesía iberoamericana que incluye una muestra significativa y diversa de mujeres costarricenses. Al estar en prensa se omiten nombres.

 



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