29 Nov 2021

55. FRANCISCO TREJO. PREMIO DE POESÍA EDITORIAL PRAXIS 2021

-04 Oct 2021

 

Con inmenso orgullo y alegría, compartimos desde nuestra casa Nueva York Poetry Review, esta maravillosa noticia. Francisco Trejo, cofundador / codirector de este proyecto, ha resultado merecedor del prestigioso Premio de Poesía Editorial Praxis, certamen internacional, organizado por una editorial con 40 años de tradición. Ya Francisco nos viene acostumbrando a sus reconocimientos literarios, que sabemos seguirán multiplicándose como es meritorio en él. Quienes conocemos su poesía, sabemos de primera mano, que es un trabajo comprometido y honesto, siempre buscando en el corazón de la palabra poética el lugar-tiempo-imagen necesarios para honrar este oficio vital. Izamos banderas de júbilo, que siga la poesía obrando milagros en tu pluma, querido Francisco. La premiación se llevará a cabo en el Palacio de Bellas Artes, en Ciudad de México, durante última semana de octubre. 

 

ACTA DE DICTAMINACIÓN DEL
PREMIO DE POESÍA EDITORIAL PRAXIS 2021
 
 
Reunido de manera virtual el 2 de octubre, a las 17:00 de Guatemala y 18:00 horas de México, el jurado para dictaminar el Premio de Poesía Editorial Praxis 2021 ha considerado, por unanimidad, que el libro Esdrújulo monstruo, animal de lágrima en sus ojos amarillos, firmado con el pseudónimo La Sed, sea el ganador. Al abrir la plica de identificación, el autor resultó ser Francisco Trejo Hernández, de la Ciudad de México. El texto presenta una estructura literaria sólida, profundidad emotiva, conciencia estética de entablar un diálogo con un personaje, para a partir de ello crear una obra intensa, interesante, de armonía entre la desolación y la ternura.
 
 
Adriana Ventura Pérez
Alberto López Serrano
Carlos Gerardo González Orellana

 

 

Compartimos una muestra de la poesía de Francisco Trejo

 

 

DISERTACIÓN DEL RECOSTADO

 

Cuando se tiene cerca, la cama es un mueble más del resto,

como decir un taburete o una mesa;

incluso un macetero sin planta

o un cajón con botones de repuesto para las viejas camisas. 

Pero la cama, a distancia —lo sabe el trashumante—,

es una casa entera, 

un piélago que busca el espinazo 

para no abandonar su estructura en el camino,

como abandonaría su dolor

el que avanza quejándose, canción adentro. 

Busca la carne su forma en el colchón,

en la ternura 

donde transcurre la noche 

sin prisa, sin frío, 

sin el sueño afuera de su vaso 

para que no lo roben los sedientos 

que nunca han vivido  

en su garganta

y no se reconocen después de la sed y de la sed,

más allá, siempre hacia allá

del polvo 

y las paredes diarias. 

Y en la metáfora, la cama es animal, 

se convierte en tlacuache, 

marsupio de cobijas,

de donde resurge la luz,

porque recién nacidos despertamos, 

con los ojos envueltos en su pupa:

más de dos veces 

venimos al mundo a intentar 

la vida que se amarra a la sombra

y se estira, y se quiebra, 

y se vuelve a unir,

porque es nudo de bronce

condenado a reventarse 

un día que.

Pero también busca la cama a su durmiente, 

sabe que le sabe su cuerpo,

y le sabe en verdad a sal y a polen, 

a cabello de aceites diurnos,

a piel de enfermo

que cubre con una telaraña,

previo a la tumba; 

porque el colchón es hermano de la muerte

y no descansa

hasta hacer de la carne disección,

estatua para los corredores 

de todo lo perdido. 

Busca la cama a su durmiente —se dice—, 

como busca un río 

sus primeras piedras desplazadas,

porque ya son arenas, 

porque son la forma de su angustia,

porque ya. 

 

 

CASA, CORAZÓN Y HORNO

  

El corazón de una casa

es una mujer que enciende el horno

y mete a sus hijos en el fuego

para que de la arcilla

le renazcan pájaros

con el don de trinar

sobre los árboles heridos.

Mi madre soñó mucho la casa que tiene

y vio cuatro niños en su sueño:

uno sin vida,

sepultado en la misma tumba

del abuelo Julio,

y tres en el aire,

sobrevolando el televisor y los cajones

como mosquitos enfermos

por mirar el polvo de las cosas.

Mi madre, en su casa,

es en verdad un corazón

con las arterias saturadas de ternura;

y es tanto su tiempo

en el mismo espacio

que ya es el lugar un hueco amoroso

donde cabe su ser

—alto de felicidad

y de inocencia—,

como un durazno protegido por la rama,

pero abierto al porvenir de dientes,

porque todo recomienza en la semilla.

A veces miro a mi madre,

a la mil veces Teresa de mis huesos,

dormir con la paz

que perdí

afuera del refugio de sus brazos,

y temo tanto despertarla

para decirle:

Madre, hoy me siento libre

pero me queda grande el mundo.

¿Cómo hacen los pájaros

para sentirse en casa

en cualquier punto del aire?

 

 

POEMA DEL HAMBRE Y DE LA SED

 

Aquel rosal, padre,

que sembraste en la orilla del patio

creció más que cualquier niño de la casa.

Eran majestuosas sus flores de sangre:

la tuya misma, en brote

por las estaciones de plomo

que nos despetalaron con indiferencia.

Pero mamá fue astuta:

fue, frente a sus hijos,

el Ladón rebelde de su cobardía.

Ella cortó, una mañana de pájaros dormidos,

cada tallo espinoso, cada suspiro amargo,

y desenterró la madeja de raíces.

En el hueco de la tierra, en esa herida

fértil del rosal,

trasplantó los pies de sus tres niños.

Tiempo después, los que fuimos estacas

cambiamos con premura:

crecieron nuestros cabellos y nuestras ideas,

nuestras manos y nuestras voces

en palabras

como una nueva raíz expandida por el aire.

Armando, el más pequeño,

se fue a la guerra

porque siempre tuvo las armas

en el nombre.

Marisol, con el mayor de los tres cuerpos

que soy, como Gerión de las Gadeiras,

siguió a Armando por las aguas:

tiene un ancla en el corazón

que ha de lanzar al mar

cuando termine de encontrarte,

más allá de los vientos y los cantos de sirenas.

—En el fondo, ambos hermanos te buscan

impacientes, cansados de no dormir

por ser los primeros en ver

las crestas de tus barcos a lo lejos—.

Y en medio de ellos, yo,

del brazo de mi madre

con quien sigo esperando tu retorno

y abonando el hueco del rosal

(la pureza de la infancia),

para que siembres el amor

como semillas de amaranto y de café,

porque tanta hambre

y sed de ti

tendremos hasta que el mar se detenga

frente a la montaña

y sea éste

el que se parta en dos

para drenar

las espumas del silencio.

Será posible gritar, hasta entonces,

nuestro vuelo de pelícanos

contenido por años

en un gesto de estatuas

con las alas abiertas y los ojos en el cielo.

 

 

DISFRAZ DEL EXTRANJERO

 

El nombre que tengo

jamás ha sido mío,

porque siempre fue

de mi hermano mayor

que nació sin vida

a los cinco meses

y creció, desde entonces,

como mata de ajenjo

en el corazón de mi madre.

Con su muerte

reconozco mi vacío

en todos los retratos:

a media luz, mi cara

con los rasgos

misteriosos de mi padre.

Mis amigos me observan

y piensan que este cuerpo,

como una olla

llena de melancolía,

soy yo, en la hora

de las discretas mutaciones:

«Es Francisco», dicen,

mientras ven

los marcados lunares

como aspecto distintivo

de mi rostro.

 

Y como esas máculas

sobre la piel

hay otras manchas

que oscurecen de mí

lo más profundo.

Son mi carne

y mi epidermis

el disfraz desajustado

de mi alma:

estoy detrás de él,

como detrás

de la muerte de mi hermano.

 

 

MAMBO DE CARMEN

 

Te escribo enfermo, mal de mí, abuela Carmen,

porque no hay otra forma de llegar a la poesía

con la que intento tocar tu corazón

rodeado de colibríes, como una fruta a punto de caerse.

Y de la enfermedad es la música,

en cualquiera de sus formas,

porque la carne, su amargura,

es tambor para llorar las cosas de este mundo.

Si pudiera suponer en qué te guardas

cuando el silencio es tu beso de la noche,

diría que en las cosas de tu niñez,

en aquel hospital de leprosos

donde jugabas a la felicidad

y era posible compartir la sal de la mesa,

las tristuras y las paredes monótonas.

Si la vida duele, se baila,

se rompe a tacón y a movimiento de cadera, 

se renace en cada paso, a hueso y a sudor.

Escucha…

Los metales se elevan

como un caballo negro que tiene la cola blanca,

como el humo en la boca

del macalacachimba,

como el claxon bullicioso de los ruleteros.

Y los tambores suenan profundo:

son la piel de los amantes cuando se aman.

Veo relojes, los días son aspas, manecillas.

Voy en mi dolor.

No soy un rostro, soy el vaho de los espejos.

Me llamo nadie.

Te imagino bailando con seres anónimos, 

con aquellas sombras olvidadas

por los vestidos de la compasión.

Me gusta la música de tu hora, Carmen Maya Jiménez,

flor abierta de mi espina,

porque tú me diste sus ritmos, sus formas de antifaces.

Por ti digo: Pérez Prado, El Rey. 

Digo: qué rico el mambo,

qué sabroso el contoneo de Lupita

y el de Norma, la de Guadalajara,

qué compases, mujer de 12 hijos. 

Ojalá supiera bailar,

para no plañir las edades de tu voz

y desgastar todas

las estatuas de salitre que me habitan.

Mas escribo esto para llegar a tu casa en el otoño.

Te pienso con el corazón, con sus antorchas.

El poema, no es ni la mitad de aquello que tú fuiste.

Acto poético

es consolar, con el baile, al descarnado.

  

 

CARTA CON NIÑA Y CON GUSANOS

 

A Pamela Trejo

 

Pamela, trata de recordar aquel día,

cuando nos pediste

—a tu hermano y a mí—

que enterráramos tus pies en el arenero del parque. 

 

A veces tu voz es tan agua,

porque cae sigilosa sobre la piedra que cargo

y la parte en dos

para que pueda mirar de nuevo el horizonte.

 

Cuando me duele pensar en toda despedida

y me perturba imaginar mi polvo,

entonces recuerdo

lo que dijiste sumergida en la arena:

 

Los gusanos me divierten

porque hacen muchas cosquillas… 

 

Ese día me enseñaste que la muerte

es un motivo más para reír,

porque hemos de terminar horizontales y mudos

con los ojos entreabiertos,

mientras alguien llega a cubrirnos con tierra

y humedad de llanto

para que los gusanos inicien

el juego de mermar, a cosquillas,

                              el dolor de la existencia.

 

 

DIURNO PARA ARGOS

  

Aquí vienes, Argos,

como una sombra parda,

a pedir el desayuno

y a lamer los dedos de mis pies

—ah, estos pies

que han pateado, con violencia,

el mundo en sus fragmentos—.

Y en tu lengua tan breve

están todos los perros,

igual que todo el amor de un individuo

en su boca que repone

al cuerpo amado.

Perro melancólico, inocuo,

tú renuncias a las leyes humanas,

porque al salir de tu pereza 

buscas mi voz

sin conocer los principios del odio

y del afecto

con los que llamo al prójimo.

¿Qué será de mí

cuando te marches a ladrar a otro sitio

más hondo que el patio de la casa?

¿Quién les ladrará, confundido,

a los pájaros que inauguran el día

en el pino más alto de la calle?

¿Qué sería del mundo sin sus perros?

¿Quién vendría a lamer la piel

de los malditos,

sin importar

cuánta rabia contengan sus poros?

Porque seguro besarías mis manos,

siempre, a toda hora,

aunque escriban la desazón

y se manchen de crimen,

aunque destruyan el universo

con la crueldad absoluta

de sus articulaciones.

Argos, tu lengua es la más inocente,

la más amor que lija,

ahora que me reduzco a la angustia

de pensar en tu final

y en tu nombre

que dejo aquí

como un consuelo para otros.

Ay, can de garbo y de terneza,

te puse el nombre

del más legendario de los perros

porque lo superas en lealtad

y porque sé que vas a esperarme

en el silencio, como yo te esperaría,

para cruzar juntos

las aguas de la muerte.

Que suene aquí, animal de mi abrazo,

la escaramuza de las aves, al amanecer,

para que siempre haya ruido 

en las jaulas destrozadas

                           de nuestros corazones.

 

ARENA DE LAS ISLAS

 

 

Me parezco a mi padre, en el aspecto y en el nombre,

tanto como la poesía se parece a la poesía,

sin importar el origen

                            del poeta y su amargura.

 

 

Francisco Trejo (Ciudad de México, 1987) es poeta, ensayista, investigador y editor. Maestro en Literatura Mexicana Contemporánea por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y licenciado en Creación Literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Cofundador y director de Nueva York Poetry Review. Autor de Derrotas. Conversaciones con cuatro poetas del exilio latinoamericano en México (2019), Penélope frente al reloj (2019), Balada con dientes para dormir a las muñecas (2018), De cómo las aves pronuncian su dalia frente al cardo (2018 y 2021 en edición bilingue), Canción de la tijera en el ovillo (2017/2020), Epigramas inscritos en el corazón de los hoteles (2017), El tábano canta en los hoteles (2015), La cobija de Ares (2013) y Rosaleda (2012). Una muestra de su obra está incluida en la Antología general de la poesía mexicana. Poesía del México actual. De la segunda mitad del siglo XX a nuestros días (2014), Sumario de los ciegos: Antología personal (2020) y Carta deshecha en el mar del remitente (2021). Entre otros reconocimientos, obtuvo el VIII Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2012, el XIII Premio Internacional Bonaventuriano de Poesía 2017, el VI Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2019, el segundo lugar de los International Latino Book Awards 2020 y el Premio de Poesía Editorial Praxis 2021.

 



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