29 Nov 2021

107. POESÍA MEXICANA. BALAM RODRÍGO

-20 Oct 2021

LOS CEIBEROS TRASHUMANTES (fragmentos)

Camino de Centroamérica:
Deja que pase tu gente.
Deja que trafique, que siembre,
que cante.
ALBERTO ORDÓÑEZ ARGÜELLO

Hacia Guatemala, entonces.
Tapachula […] al borde casi de la frontera.
Un taxi nos llevó hasta el río y entramos a Malacatán,
una aldea húmeda y solitaria.
ALEJANDRO ROSSI

 

1.

 

Voy a cruzar con mi padre el río Suchiate.

 

Estamos en Frontera Talismán.

 

Iremos a vender a Guatemala,

a desandar las calles, a traficar.

 

Un pequeño hombre de rostro amoratado

llevará nuestra mercancía sobre su espalda.

 

Confiamos en él. Desconfiamos de la policía,

la migra y la fiscal en México.

 

Desconfiamos de los verdes y los kaibiles

en Guatemala.

 

2.

 

Nos quedamos sobre el puente mirando al hombre

que desciende trabajosamente al río

entre crujires de cardio y de maleza.

 

Se quita la ropa hasta quedar casi desnudo.

 

Respira hondo y vuelve a colocar la mercancía

sobre su espalda. Cruza las aguas del Suchiate,

río ya sin memoria: no es agua la que corre hacia el mar,

es la sangre de niños, mujeres y hombres

venidos de toda Centroamérica: buscan la tortilla,

no el pan. Buscan mejor vida, no la mejor tierra.

 

Buscan arrancar de sus cuerpos el odio y el hambre:

buscan olvidar la injusticia de los hombres.

 

 

La muerte cruza por el aire el Suchiate.

 

El hambre cruza por el aire el Suchiate.

 

La enfermedad cruza por el aire el Suchiate.

 

El odio cruza por el aire el Suchiate.

 

Estas palabras cruzan por el aire el Suchiate.

 

4. (INTERMEDIO MIGRANTE)

 

El río Suchiate es una larga cuchilla que corta pueblos,

ciudades, sueños de retorno. Quien cruza hacia el otro lado,

cruza hacia el silencio, sin regreso: sólo nos queda

la inmensa voluntad de roer los gajos de luz

que destila el horizonte, no la esperanza.

 

Nuestro único viaje seguro es al pasado, a la memoria

que terca nos arranca y arrebata la estación del futuro.

 

Lo que tus ojos no han podido herrumbrar

lo harán las llamas del desierto en el norte.

 

He aquí el verdadero american way of life:

nuestros párpados como un par de cuchillos

atizando el fuego inextinguible del olvido.

 

5.

 

El hombre ha cruzado el río y desaparece

bajo el puente. Ahora nosotros tenemos que cruzar.

 

No hemos sacado registro ni pase local.

 

No tenemos visa, ni pasaporte.

En Guatemala no nos piden FM14.

 

Para nosotros no existe la frontera:

somos como el viento, como las nubes, como el humo.

 

Vamos de un lugar a otro, de un país a otro,

sin que nada nos detenga. Estamos hechos

de la misma sustancia del aire y nadie puede colocar

murallas o alambre de púas sobre el aire.

 

Nuestra casa está en el aire: no caminamos, flotamos,

danzamos de puntillas en el aire. Somos como la música,

como el polen, como estas palabras.

 

6.

 

Nos dijo el hombre en Frontera Talismán:

“los espero al otro lado, cerca de los buses”.

 

Al llegar, una sonrisa. Es un hombre de palabra.

Veinticinco quetzales, su paga. Nos dividimos la mercancía.

Si los verdes preguntan de quién es, nada sabemos.

 

Es una bendición. La zona fronteriza sin verdes ni policía,

sin soldados ni kaibiles. Llegamos a Malacatán

y comenzamos a trabajar, a vender nuestra mercancía

en las calles. Luego vamos a San Marcos y también mercamos.

 

Dios está de nuestro lado: Él tampoco necesita pasaporte.

 

8.

 

Por la tarde, casi con el crepúsculo, regresamos a la frontera.

 

En el camino de regreso vemos la danza de los trashumantes,

la danza de nuestros hermanos que viajan hacia el norte.

 

Ellos quieren llegar al menos a México, a mi país.

 

¿He dicho, mi país?

 

¿Tengo acaso país, me envuelven las ropas de alguna patria

o es capaz de sujetarme alguna frontera con sus límites?

 

¿Acaso me pertenece alguna tierra para que diga:

esta heredad es la mía?

 

Ni siquiera me pertenecen las palabras.

 

Siempre escapan en voz por mi garganta o se derraman

en mi cabeza, evaporándose como la oscuridad con el alba.

 

9.

 

Mientras dormía en el parque de San Marcos, tuve un sueño,

escuché una voz que me dictaba:

 

Aquí ya no hay guerrilla, pero las heridas de treinta años

de odio aún no cicatrizan. Casi no hay pájaros en Guatemala.

Sin libertad, el quetzal muere en su jaula.

 

Y los centroamericanos somos quetzales.

 

País o jaula jamás podrán contenernos, ni sujetarnos.

 

Migrantes, proscritos, extranjeros, nómadas, errantes.

 

Somos ceiberos trashumantes: jaguares apátridas.

 

11.

 

Hermano: ven a la sombra de la ceiba.

 

Ven a los brazos de la hermosa Centroamérica.

 

Aquí nos espera el descanso

de nuestra larga jornada por la tierra.

 

(La muerte vuelve a cruzar por el aire el río Suchiate).

 

Nos espera la muerte sentada en su hamaca.

 

Nos espera desnuda la muerte en la Casa del Aire.

 

Buscaremos eternidad en la Casa del Aire.

 

Centroamérica, Patria del Aire, Casa del Aire:

 

nosotros somos la misma sustancia del aire.

 

 

THE TRANSHUMANT CEIBEROS (extracts)

 

Path of Central America:
Let your people through.
Let them traffic, let them sow,
let them sing.
ALBERTO ORDÓÑEZ ARGÜELLO

Toward Guatemala, then.
Tapachula […] nearly to the edge of the border.
A taxi took us up to the river, and we entered Malacatán,
a village, humid and solitary.
ALEJANDRO ROSSI

 

1.  

 

I’m going to cross the Suchiate River with my father.

 

We’re at Frontera Talismán.

 

We’ll go to sell in Guatemala,

to unwalk the streets, to traffic.

 

A small man with a bruised face

will carry our merchandise on his back.

 

We trust him. We don’t trust the police,

the migra or the law in Mexico.

 

We don’t trust the Verdes and the Kaibiles

in Guatemala.

  

2.

We stayed on the bridge watching the man

who descends laboriously to the river

through rustled heartbeats and underbrush.

 

He takes off his clothes until he’s almost naked.

 

He breaths deep and again places the merchandise

on his back. He crosses the waters of the Suchiate,

river no longer with memory: it is not water that runs to the sea,

it is the blood of children, women, and men

who come from all Central America: they seek tortillas,

not bread. They seek a better life, not the best land.

 

They seek to tear from their bodies hate and hunger:

they seek to forget the injustice of men.

 

3.

 

Death crosses the Suchiate by air.

 

Hunger crosses the Suchiate by air.

 

Sickness crosses the Suchiate by air.

 

Hate crosses the Suchiate by air.

 

These words cross the Suchiate by air.        

 

4. (MIGRANT INTERMISSION)

 

The Suchiate River is a long blade that cuts through towns,

cities, dreams of return. Who crosses to the other side,

crosses to silence, with no return: all that remains for us

is the craving to gnaw pieces of light

that distill the horizon, not hope.

 

Our only safe journey is to the past, to the memory

so stubborn uproots and snatches from us the station of future.

 

That which your eyes have not been able to rust,

the northern flames in the desert will.

 

Now behold the true American way of life:

our eyelids like a pair of knives

stoking the inextinguishable fire of oblivion.

 

5.

 

The man has crossed the river and disappears

under the bridge. Now we have to cross.

 

We’re not registered or have a local pass.

 

We don’t have a visa, or passport.

In Guatemala they don’t ask us for FM14.

 

For us the border doesn’t exist:

we are like the wind, like the clouds, like smoke.

 

We go from one place to another, from one country to another,

without anything to stop us. We are made

of the same substance as air and no one can put

walls or barbed-wire in the air.

 

Our house is in the air: we don’t walk, we float,

we dance on tiptoes in the air. We are like music,

like pollen, like these words.

 

6.

 

The man told us at Frontera Talismán:

“I’ll wait for you on the other side, near the buses”.

 

When we arrived, a smile. He’s a man of his word.

Twenty-five Quetzals, his pay. We divide up the merchandise.

If the Verdes ask whose is it, we know nothing. 

 

It’s a blessing. The border zone without Verdes or police,

with no soldiers or Kaibiles. We arrive at Malacatán

and we begin to work, to sell our merchandise

in the streets. Later we go to San Marcos and also there, we sell.

 

God is on our side: He doesn’t need a passport either. 

 

8.

 

In the evening, nearing twilight, we return to the border.

 

On the way back we see the transhumant dance,

the dance of our brothers that travel north.

 

They want to reach, at the very least, Mexico, my country. 

 

Did I say, my country?

 

Do I even have a country, am I wrapped in the clothes of some nation

or is capable any border of subjecting me with its limits?

 

Could it be I own any land so that I might say:

this inheritance is mine?

 

Not even words belong to me.

 

They always escape by voice through my throat or overflow

in my head, evaporating like darkness with dawn. 

 

9.

 

While I slept in San Marcos Park, I had a dream,

I heard a voice that dictated to me:

 

“Here there is no longer guerrilla, but the wounds of thirty years

of hate still do not scar. There are hardly any birds in Guatemala.

Without freedom, the quetzal dies in its cage.

 

And we Central Americans are quetzals.

 

Country or cage can never contain us, nor subject us. 

 

Migrants, outlaws, foreigners, nomads, wanderers.

 

We are transhumant ceiberos: stateless jaguars”.

 

11.

 

Brother: come to the shade of the ceiba.

 

Come to the arms of beautiful Central America.

 

Here rest waits for us

from our long journey by the land.

 

(Death again crosses by air the Suchiate River).

 

Waits for us the death seated on his hammock.

 

Waits for us naked the death in the House of Air.

 

We will seek eternity in the House of Air.

 

Central America, Homeland of Air, House of Air:

 

we are the same substance as air.

 

 

LAS ORILLAS DEL MUNDO

 

Unos días antes habíamos cruzado el río […]
(Veo la canoa, la veo, de dos remos,
y al canoero de los muertos,
con la mano en la pértiga).
[…] Delante de tu tumba no veo
el agua que corre como lavatorio en la puerta de los muertos.
ÓSCAR OLIVA

 

1.

 

La tarde moría y era una madre de niebla con la cabeza recostada en el temblor del mundo. El bus descendía sin freno hachando valles de serpiente y galerías de helechos arborescentes. En la radio voces que apagaban el cigarro de su murmullo en el cenicero de los oídos; la canción de Los Bárbaros en voz de Waldo Reyes segaba el follaje de nuestra charla con su filo. Padre, vos cantabas esa canción bajo las tejas de la casa en medio del incendio del verano que apretaba los ojos con crueldad y más de cuarenta grados de sal brotando de los poros; tu voz inmensa opacaba la luz como una antorcha de sombra eclipsando el medio día de Soconusco: “yo sé que tu amor es un castigo…”. Mazo de cuchillos en boca del estómago, los recuerdos llegan truncos como gajos de un cuerpo desmembrado y desperdigado en las zanjas de la carretera. Tu rostro que sonríe viaja a mi lado en el camino hacia Frontera Talismán y los intermitentes rumores del descenso no me abandonan del todo: la radio del bus insiste con el volumen agudo y mercantil de un pastor pentecostal poseído por espíritus de bibliolatría; el sermón de su evangelio de prosperidad es un fruto rojo que se pudre en las manos vacías de hombres y mujeres trashumantes. Padre, vos y yo viajamos a Tapachula sin saber si llegaremos, si el pan de trigo silvestre que llevamos en bolsas de plástico rendirá su olor de leña en la taza de café mientras repartimos en la mesa los escasos denarios del alba y su miserable luz con mi madre y mis hermanos. Los dos miramos la ventanilla y callamos el costal de tristezas que nos embarga; olemos a cansancio, destilamos el mismo tufo a hiel que golpea la nariz con humores de calle y mercados. Afuera inicia la noche y es menos negra que el humo denso que arrastra el viento al silbar su canción de zafra en los cultivos: las cañas gotean lenguas de aguamiel antes de morir abrasadas en el azúcar de los ingenios. Aspiramos el aire espeso y caliente que trae los fermentos de la pulpa de café mientras reposa en el patio de las fincas. Luces agonizantes y lámparas de petróleo parpadean y aluzan el mar de láminas de zinc que ondula su tormenta en los techos miserables de las aldeas. Todas las sombras que deambulan aquí lo hacen encorvadas, afantasmadas: llegamos a la frontera, a la orilla muerta del mundo, al río que lleva el cansancio de los migrantes a cuestas y nos devora con las fauces llenas de rabia. La noche no miente y esconde su anémico rostro detrás del nuestro: atravesamos las aguas del Suchiate y al alcanzar el otro lado del silencio los perros aduanales nos miran con odio, aúllan y enseñan sus colmillos afilados en la usura: hemos llegado a ningún lugar.

 

Antes de iniciar este viaje incendiamos los restos de Ítaca —inútil espejismo— con la podrida madera de naves que nunca zarparon de puerto alguno: mi madre y mis hermanos, tanto como vos y yo, padre, somos bastardos de la errancia. Nuestra casa es una niña de niebla que garrapatea su nombre en las indómitas aguas del río: al terminar de escribir las letras de su grito se arranca la lengua y la ofrece a la jauría de oficiales que nos recibe con un ramo de bayonetas justo a la entrada del abismo.

 

2.

 

En el camino interminables imágenes, árboles que encienden sombras para quemar la noche, altas y negras hogueras perdidas en el follaje turbio de la espesura, como el crepúsculo en que mi padre y yo descendíamos en bus a la frontera atravesando valles, montañas, aldeas calcinadas por la miseria y las brasas llameantes del abandono. Huíamos de nosotros, siempre nómadas, con la errancia alimentada por la tea de las penurias, porque jamás hemos tenido casa ni cielo propio sobre nuestras cabezas, nunca el corazón dormido entre los horcones de un hogar, ninguna hoguera fatua construida con la pureza de la luz alumbró nuestro rostro. Tampoco tuvimos tierra alguna, ni siquiera sombra, perdíamos toda posesión cual ceniza en nuestras manos sin dejar rastro alguno, sólo la señal del pájaro que escribe trinos de sangre en la invisible rama de su vuelo: apenas si breves dueños del aire exhalado que moría nomás decir un puñado de signos, oscuras palabras. Dirán algunos que nuestro ombligo nómada era molido por el martillo del aire o llevado en vilo por el agua turbia de las nubes. Pero nunca lugar donde poner el túmulo de nuestros huesos, todas las veces mudábamos de un lado a otro, durmiendo con un ojo abierto al hambre y el otro al dolor. Compartíamos el acto de marcharnos sin más, de borrar lo ya hecho e iniciar una constante e invisible escritura en los cimientos de la tierra, ahí donde se pudre el rastrojo de nuestros pasos, como este poema escrito una y otra vez en el mar de las errancias y alzado con restos de memoria. Padre, vos que migraste sin retorno al perfecto trasmundo de la muerte cargando tu costal vacío, quiero decirte que aún no tengo casa y la única esclavitud que conozco en este mundo —de aire antes tan tuyo— no es sólo la del hambre, sino la del sol arrendado. Ah, padre, pero indocumentados y llenos de niebla domábamos el día y la noche en Guatemala, comíamos el pan de los desposeídos y lo compartíamos con los otros, los gemelos de nuestra miseria que al igual que nosotros, viajan juntos, lado a lado en los oxidados asientos de este bus que se precipita hacia el silencio y corre en medio del asfalto y su borrosa línea interminable, larga y afilada como un cuchillo esmerilado con el buril del sueño que corta de un solo tajo nuestra lengua. Y aquí viajamos, padre, con el corazón en piras de incertidumbre hasta perdernos en la maleza de los caminos de extravío, sin miedo a despeñarnos en la frontera líquida: el río arrastra nuevamente la sombra de nuestros huesos y también las estrellas caídas de un cielo que yace ahogado sobre la faz de las aguas, cadáveres de aves migrantes que amanecerán en playas lejanas con las alas rotas y mordidas por la sucia espuma del mar Pacífico.

 

3.

 

Padre, tu corazón era de aire en la ira de la canción de insomnio que tocábamos en la rota cuerda de los pájaros, falsos instrumentos de viento. Aullaba el río su música de ahogados y la parvada de sus ruidos extendía grandes alas de sombra, cubriéndonos de la mirada de los prevaricadores, de aquellos agazapados en matorrales, prestos para teñir el lienzo de sus manos con el cinabrio de los viajantes. El mío era un débil tizón de odio, latía con toda la fuerza de su miedo, mi corazón anémico era trapo arterial cuyo tambor enmudecía al escuchar las aguas del río, aunque mi furia, como la de cualquier animal de trópico, estuviese quieta, escondida bajo llaves de sangre. Pero vos encendías hogueras de niebla con tu risa y nunca diste paso atrás. Levantabas el machete de tu entereza para segar el miedo y sus fantasmas: aún silba el filo de tu lengua tajando las patas flacas de la frontera, su rabo de orines metido en la garganta. Vos encendías la hoz de tu corazón al mirar, directo a la hoguera de los ojos, a la tribu de los infames. Nunca bajaste la mirada para arrojar al suelo los signos de la duda, ni habitó en tu boca el insecto cruel de la desesperanza: tu palabra guadaña de niebla, tu voz enjambre de fuego en el crepitar de la maleza. Y tus manos, padre, machetes de dos filos para segar el hambre. Y aún en el aire de Guatemala y Soconusco permanece tu voz, padre, partiendo en dos la frontera y las aguas muertas del río Suchiate.

 

4.

 

Mi madre zurce las orillas del mundo con el agudo hueso de su corazón insomne. No ha dormido pensando en nosotros, en lo lejos que están sus manos de nuestros cabellos, en la distancia verde y sinuosa que separa Soconusco de Guatemala, medible sólo en kilómetros de odio. Sentada frente a su máquina de coser, arropada por el tupido bosque de alfileres y telas que la rodea, enhebra la larga cicatriz que atraviesa su vientre en un solo e irrompible cáñamo que pasa por el ojo solar de su aguja: coserá las aguas rotas del río Suchiate en una sola e inmensa tela para bordar en ella estas imágenes y escuchar de cerca el zumbido de nuestra sangre, coserá las dos orillas de la frontera como si fuesen los muñones de un animal herido, coserá la sangre de dos patrias divididas por la ignorancia, coserá nuestra lengua y nuestros párpados con el hilo amniótico de su amor para evitar que algún día nos reflejemos en el espejo de la barbarie, zurcirá de nuevo las orillas del mundo a nuestras vértebras con el hilo azul de los migrantes: madre, quizá nunca tornemos porque no tenemos sitio ni cama ni hoguera donde volver, la patria entera ha muerto, tal vez todos estemos muertos y hablemos este idioma de niños para que duermas, envuelta en las aguas del silencio. Nosotros cruzamos la noche líquida del Suchiate, útero que nos ahoga en su hondura amniótica y sanguínea, pero soñamos con vos, madre, con la caricia de tus manos zurciendo luz en nuestros párpados, cosiendo sal en nuestra espalda.

 

Duerme tranquila, madre, el rumor de las aguas del río arrastrará la música de nuestros cuerpos rotos y cansados hasta ovillarse en tus manos: mañana zurcirás las aguas del río a nuestro insomne y cansado corazón errante.

 

5.

 

Me asomo por vez enésima a la ventanilla de este bus quetzalteco: una madre de niebla grita en el vacío y el eco devuelve mi nombre. La milpa crece a los lados de la carretera, doblada, marchita, sin los turgentes y solares pechos de maíz que adornaban su cuerpo de tierra. La mujer de niebla desgrana con dedos sucios el tiempo y el hambre, su único y bastardo hijo, niño cadavérico que yace en el regazo del insomnio: estira la mano frente a mí esperando le arroje una palabra nunca usada, una moneda de sal para pagar la deuda de estas antiguas visiones. Abro los ojos y la mujer y el niño desaparecen, devorados por la velocidad de vértigo y el manto de humo del bus. Quizá la vigilia me ha vencido, dictándome las difusas letras que garrapateo en el cuaderno. Sé que en ellas no hay sitio alguno para la falsa elocuencia ni lugar para la doméstica retórica, sólo el animal del silencio devora mi lengua en este sinuoso camino de asfalto que muere en la frontera. Llevo la imagen de mi padre tatuada en la sangre y atada a las cuerdas del corazón con la imborrable fuerza de sus ojos: lo recuerdo mirar al sol morir sobre la faz del horizonte hasta que hundía por completo su cabeza en el hirsuto oro del mar —puño suyo rompiendo el miedo en espejos de sangre—. Padre, aún siento las ráfagas del aire húmedo golpear con su enjambre de insectos mi rostro mientras descendíamos en bus desde Quetzaltenango hasta Frontera Talismán. Llevábamos un poco de pan para mi madre y mis hermanos, porque en los días postreros te ganabas la vida, casi siempre, en los pueblos de Guatemala, cuyos quetzales te procuraron una pequeña luz para alumbrar nuestro andar a tientas por caminos de inframundo. Antes de morir, vos me dijiste en secreto que poco entendías de mi poesía, únicamente aquel poema sobre tu clandestino andar en Guatemala te había gustado —en la voz alta de un puñado de versos—. Y aunque buscabas en mis libros, nunca lo hallaste: ¿en qué libro está ese poema, hijo? ¿Cómo decirte, padre, que aquel poema y sus palabras, que todo este libro y su insomnio permanecen inéditos? Padre, tu libro ha sido escrito por un hombre roto y vencido por la interminable hondura de tu partida, causada por las invisibles tenazas del cangrejo solar que devoró tu hígado y lo encadenó a la montaña del dolor: en tu agonía no hubo flecha ninguna ni dioses ni martillos que rompieran las cadenas prometeicas de tu muerte, sólo las deformes palabras de un acta de defunción hospitalaria escrita con las mismas letras con las que escribo aquí, tan sucias y tan gastadas como las difusas efigies del águila y del quetzal grabadas en las monedas de las dos patrias que mi madre puso en tus ojos y en tu boca para que el balsero pudiese llevar tu cuerpo al otro lado del mundo, hasta borrar tu imagen con la niebla que lo disuelve todo al despuntar el sol en la ribera en llamas del río Suchiate.

 

 

THE EDGES OF THE WORLD

 

A few days before we had crossed the river […]
(I see the canoe, I see it, with two paddles,
and the canoer of death,
with his hand on the shaft).
[…] In front of your tomb I do not see
the water that runs like a washroom at the door of the dead.
ÓSCAR OLIVA

 

1.

 

The evening was dying and became a mother of fog with its head rested on the tremor of the world.  The bus descended without brakes chopping serpentine valleys and galleries of arborescent ferns. On the radio voices were snuffing cigarettes of their whispered murmurings in the ashtray of our ears; the song Los Bárbaros in the voice of Waldo Reyes reaped the foliage of our discussion with his cutting edge. Father, you used to sing that song under our house’s rooftop amidst the fire of summer that would cruelly squeeze our eyes with more than forty degrees of salt sprouting from our pores; your immense voice made the light as opaque as a shadow torch eclipsing the noon in Soconusco: “I know that your love is a punishment…”. Bundle of knives in the stomach’s mouth, the memories come truncated like pieces of a dismembered and scattered body along the highway’s gutters. Your smiling face travels along my side in the path toward Frontera Talismán and the intermittent whispering of the descent does not abandon me totally: the bus’s radio insists with the sharp and mercantile volume of a Pentecostal pastor possessed by spirits of bible-worship; the sermon of its prosperity gospel is a berry that rots in the empty hands of transhumant men and women. Father, you and I travel to Tapachula not knowing if we’d arrive, if the bread of wild wheat that we carried in plastic bags would render its scent of firewood in the cup of coffee while we spread out on the table the scant denarii of dawn and its miserable light with my mother and my siblings. We both looked through the window and quieted the sack of sorrow that overwhelmed us; we smelled of weariness, we distilled the same stench of bile that strikes the nose with whiffs of the street and markets. Outside begins the night and it’s less black than the dense smoke that drags the wind when it whistles its zafra song in the crops: the sugarcanes drip their syrup before dying seared as granules in the sugar cane mills. We inhale the thick and hot air that comes with the ferments of the coffee pulp while it rests on the plantation yard. Agonizing lights and kerosene lamps flicker and light up the sea of galvanized tin sheets that undulate their torment on the miserable village rooftops. All the shadows here wander about stooped over, ghostly: we arrive at the border, to the world’s dead frontier, to the river that carries on its back the weariness of the migrants and devours us with its rabid jaws. The night doesn’t lie and hides its anemic face behind ours: we cross the waters of the Suchiate and when we arrive on the other side of silence the customs dogs watch us with hate, they howl and show their sharpened fangs in the usury: we have arrived nowhere. 

 

Before beginning this journey, we set fire to the remains of Ithaca –useless mirage– with the rotten wood of ships that never set sail from any port: my mother and my siblings, like you and me, father, we are bastards of aimless wander. Our house is a misty child that scribbles her name in the indomitable waters of the river: when she finishes to write the lyrics of her scream she rips out her tongue and offers it to the pack of officers that receives us with a bouquet of bayonets right at the entrance of the abyss.

 

2.

 

On the path interminable images, trees that ignite shadows to burn the night, tall and black campfires lost in the thicket’s murky foliage, like evening twilight when my father and I went down to the border by bus crossing valleys, mountains, villages charred by poverty and the blazed embers of abandonment. We fled from ourselves, always nomads, with wander nourished by the torch of destitution, because we have never had an own house or sky over our heads, never has the heart slept within the pillars of a home, never did any fatuous fire built with the purity of light ever illuminate our face. Neither did we have any portion of land, not even shade, we would lose all possessions as ash in our hands without leaving any trace, except for the song of a bird that writes trills of blood on the invisible branch of its flight: only if, as we were, brief landlords of the exhaled air that would die only after telling a handful of signs, dark words. Some will say that our nomadic umbilical had been grounded by the air’s hammer or carried away suspended by a cloud’s turbid water. But never a place where to put the tomb of our bones, all the times we would move from one place to another, sleeping with one eye open on hunger and the other on pain. We used to share the act of walking just like that, to erase the already made and begin a constant and invisible scripture on the foundations of the earth, there where the stubble of our footsteps rot, like this poem written once and again in the sea of wanders and lifted up with the remains of memory. Father, you who migrated without return to the perfect netherworld of death carrying your empty haversack, I want to tell you that I still have no house and the only slavery that I know in this world –of air before so yours– is not only that of hunger, but also that of a leased sun. Oh, father, but undocumented and filled with fog we tamed the day and the night in Guatemala, we ate the bread of the dispossessed and shared it with the others, the twins of our poverty that, same as us, travel together, side by side on the rusted seats of this bus that hastens towards the silence and runs along amid of the asphalt and its interminable blurred line, long and sharpened like a knife honed with the burin’s dream that slices our tongue in just one cut. And here we travel, father, with the heart on pyres of uncertainty until losing ourselves in the underbrush of the misplaced paths, without fear of falling from the edge of the liquid border: the river drags anew the shadow of our bones and also the fallen stars of a sky that lies drowned on the waters’ face, carcasses of migrant birds that will greet dawn in distant beaches with their wings broken and bitten by the filthy meerschaum of the Pacific Ocean. 

 

3.

 

Father, your heart was made of air in the ire of the sleepless song that we played on the songbirds’ broken cord, falsified woodwinds. Howled the river its music of the drowned and the flock of its noises extended great wings of shade, covering us from the stare of the transgressors, of those crouched in the bushes, ready to dye the canvas of their hands with the travelers’ cinnabar. Mine was like a weak brand of hate, that burns with all the strength of its fear, my anemic heart was an arterial rag whose drum would go silent upon hearing the river’s water, even though my fury, like that of any tropical animal, was calm, hidden under the keys of blood. But you ignited bonfires of fog with your laugh and never took one step back. You lifted the machete of your integrity to reap the fear and your phantoms: it still whistles the sharp edge of your tongue chopping the weak legs of the border, its urine-soaked tail lodged down his throat. You ignited the sickle of your heart when you looked, straight at the bonfire of the eyes, at the tribe of the defamed. Never did you lower your look to thrust to the ground the signs of doubt, nor did the cruel insect of despair inhabit your mouth: your scythe word of fog, your voice, a swarm of fire in the crackle of the underbrush. And your hands, father, double-edge machetes to reap the hunger. And still in the air of Guatemala and Soconusco remains your voice, father, splitting in two the border and the dead waters of the Suchiate River. 

 

 4.

 

My mother mends the edges of the world with the pointed bone of her sleepless heart. Thinking of us, she has not slept, from afar her hands are on our heads, in the green and sinuous distance that divides Soconusco from Guatemala, measurable only in kilometers of hate. Seated facing her sewing machine, tucked in by the dense forest of pins and cloths that surround her, she threads the long scar that traverses her womb in one single and unbreakable cord that passes through the solar eye of her needle: she will sew together the broken waters of the Suchiate River in one single and immense cloth to embroider in it these images and listen closely to the buzzing of our blood, she will sew together the two edges of the frontier’s border as if they were the stumps of a wounded animal, she will sew together the blood of two countries divided by ignorance, she will sew together our tongue and our eyelids with the amniotic thread of her love to avoid the possibility that some day we be reflected in the mirror of barbarity, she will mend again the borders of the world to our vertebrae with the blue thread of the migrants: mother, perhaps we will never return because we do not have a place or bed or fire to return home to, the entire country has died, perhaps we are all dead and we speak this childlike language so that you may sleep, shrouded in the waters of silence. We cross the liquid night of the Suchiate, uterus that drowns us in its amniotic and bloodied depth, but we dream of you, mother, of the caress of your hands that mending light in our eyelids, sewing salt into our back.

 

Sleep tight, mother, the rumor of the river’s waters will drag the music of our broken and tired bodies until they curl up in your hands: tomorrow you will mend the river’s waters of our sleepless and weary errant heart. 

  

5.

 

I peer out the window for the umpteenth time in this quetzalteco bus: a mother of fog shouts in the emptiness and the echo comes back with my name. The corn grows on both sides of the highway, bent over, withered, without the shapely breasts of corn that used to adorn its earthly body. The woman of fog with filthy hands plucks each grain of time and hunger, her only and bastard son, a cadaverous child who lies on the lap of sleeplessness: he stretches out his hand to me hoping I toss him a word never used, a coin of salt to pay the debt of these ancient visions. I open my eyes and the woman and the child disappear, devoured by the velocity of vertigo and the bus’s mantle of smoke. Maybe the vigil has overcome me, dictating to me the diffuse lyrics that I scribble in my notebook. I know in them there is no place for false eloquence, or even for domestic rhetoric, only the animal of silence devours my tongue and this sinuous asphalt path that dies at the border. I carry with me the image of my father tattooed in my blood and tied up with the cords of my heart with the indelible strength of his eyes: I remember him looking at the sun dying on the surface of the horizon until it sank its head completely in the surly gold of the sea –fist of him cracking fear in mirrors of blood–. Father, I still feel the gusts of humid air to whip my face with its swarm of insects while we came down by bus from Quetzaltenango up to Frontera Talismán. We carried with us a bit of bread for my mother and my siblings, because in the last days you would make a living, almost always, in the towns of Guatemala, whose Quetzals provided you with a tiny light to illuminate our blind walk along paths in the underworld. Before you died, you told me in secret that you understood little of my poetry, only the one poem about your clandestine walk in Guatemala had pleased you –spoken aloud with a handful of verses–. And although you searched in my books, you never found it: in what book is that poem, son? How can I say this, father, that this poem and its words, that this entire book and its insomnia remain unpublished? Father, your book has been written by a broken man and conquered by the interminable depth of your departure, caused by the invisible pincers of the sun crab that devoured your liver and chained it to the mountain of pain: in your agony there was no arrow or gods or hammer that could break the promethean chains of your death, only the deformed words of an hospital death certificate written with the same letters with which I write here, so dirty and so worn-out like the diffuse effigies of the eagle and the quetzal engraved on the coins of the two countries that my mother placed on your eyes and mouth so that the ferryman could take your body to the other side of the world, until erasing your image with the fog that dissolves everything when the sun breaks on the fiery banks of the Suchiate River. 

 

Traducción Michael Willis

Poemas de Marabunta (2021, Edición bilingüe)

 

 

Balam Rodrigo (Chiapas, México). Exfutbolista, biólogo y escritor, es autor de una treintena de libros de poesía y sus letras abrevan tanto de las ciencias biológicas y la relación espiritual con Dios, como del futbol. Obra reciente: Libro centroamericano de los muertos (2018), Antiícaro (2019), Cantar del ángel con remos en la espalda (2019), icarías (2020), Marabunta (2021, versión bilingüe español-inglés) y El tañedor de cadáveres (2021). Su obra ha merecido diversos reconocimientos, entre otros: Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2012, Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2014, Premio Nacional de Poesía José Emilio Pacheco 2016, Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2017, Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2018 y Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín 2021.

  



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