29 Nov 2021

333. POESÍA ARGENTINA. OLGA OROZCO

-23 Oct 2021

OLGA OROZCO, LA MADEJA DEL DESTINO Y LOS CANTOS A BERENICE

 

Me refiere el poeta y amigo Enrique Solinas, que Olga Orozco solía decir que Cantos a Berenice era un libro que había surgido de manera muy natural y esquemática a raíz de la muerte de su enigmática gata, la cual la acompañó por quince años; por lo cual ella solía desdeñar un tanto el tomo; pero tal fue el éxito de las memorias-sentimientos hacia la gatita-mascota, que le valieron a su autora el Premio Nacional de Poesía de Argentina y que en cada recital, la gente le pedía leer de estos textos. Suele ocurrir que los autores tienen poemas de su predilección, pero el público queda haciendo suyos otros y ocurre la magia de la escritura que es finalmente de quien la lea y de quien la haga suya y la posea.

La literatura sobre gatos se ha dado en muchas lenguas y culturas. El gato con botas recopilado por Charles Perrault es leído y narrado a niños y niñas sobre sus camas antes de dormir; en la poesía T. S. Eliot, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Roberto Sosa entre otros; han dado célebres páginas a estos animales inmortalizados. Nos podríamos remitir al gato de Cheshire en Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll y extrapolando a la pantalla chica y a la pantalla grande tenemos a Garfield y su predilección por la lasaña, Azrael el gato de Gargamel en los Pitufos, Silvestre y Tom correteando a Piolín y a Jerry, siendo referentes populares. En este contexto-universo-cultural se sitúa Olga Orozco con los mencionados Cantos a Berenice.

En este libro, como en otros, Olga Orozco hace uso del versículo y de imágenes potentes, fulgurantes; ahondando en los arenales de la vida y la muerte, lo misterioso, el tránsito por los espejos, las dimensiones y el gran ovillo que se va deshilvanando hasta su corte y nuevamente el recolectarlo con el ejercicio de la nostalgia:

 

garra tenaz por mano sin descuido,

hasta encontrar las puntas secretas del ovillo que devanamos juntas

y fue nuestro pequeño sol de cada día.

 

Luego el libro va situándonos en la cotidianidad desde el encuentro:

 

No estabas en mi umbral

ni yo salí a buscarte para colmar los huecos que fragua la nostalgia

y que presagian niños o animales hechos con la sustancia de la frustración.

Viniste paso a paso por los aires,

pequeña equilibrista en el tablón flotante sobre un foso de lobos

enmascarados por los andrajos radiantes de febrero.

 

 

Olga Orozco hasta se atreve a recriminar el clásico cliché sobre las crías:

 

Quiero pensar que no eras la cría repudiada,

hija de gato errante y de gata cautiva

-la pareja precaria, victoriosa en la ley de un solo acoplamiento

 

Se remite a contextos de la Antigüedad como el de los egipcios y sus cultos a los felinos:

 

Aún conservas intacta, memoriosa,

la marca de un antiguo sacramento bajo tu paladar:

tu sello de elegida, tu plenilunio oscuro,

la negra sal del negro escarabajo con el que bautizaron tu linaje sagrado

 

La influencia de la autora argentina es indiscutible.  Desde lo personal confieso la gran deuda con ella y su obra y he sido testigo del reconocimiento que otros autores dan a su maravilloso verbo.  Cantos a Berenice es un libro poderoso, entrañable que sigue despertando admiración para esa gran maga que es Olga Orozco y la ternura para su mitológica mascota:

 

Déjame tu sonrisa

a manera de perpetua guardiana,

Berenice.

  

Javier Alvarado

 

 

I

 

Si la casualidad es la más empeñosa jugada del destino

alguna vez podremos interrogar con causa a esas escoltas de genealogías

que tendieron un puente desde tu desamparo hasta mi exilio

y cerraron de golpe las bocas del azar.

Cambiaremos panteras de diamante por abuelas de trébol,

dioses egipcios por profetas ciegos, garra tenaz por mano sin descuido,

hasta encontrar las puntas secretas el ovillo que devanamos juntas

y fue nuestro pequeño sol de cada día.

Con errores o trampas, por esta vez hemos ganado la partida.

 

 

VII

 

Aún conservas intacta, memoriosa,

la marca de un antiguo sacramento bajo tu paladar:

tu sello de elegida, tu plenilunio oscuro,

la negra sal del negro escarabajo con el que bautizaron tu linaje sagrado

y que llevas, sin duda, de peregrinación en peregrinación.

¿Para quién la consigna?

¿Qué te dejaste aquí? ¿qué posesiones?

¿O qué error milenario volviste a corregir?

Ahora llegas caminando hacia atrás como aquellos que vieron.

Llegas retrocediendo hacia las puertas que se alejan con alas vagabundas.

Tal vez te asuste la invisible mano con que intentan asirte

o te espante este calco vacío de otra mano que creíste encontrar.

Vuelcas el plato y permaneces muda como aquellos que vuelven,

como aquellas que saben que la vida es ausencia amordazada,

y el silencio,

una boca cosida que simula olvido.

 

 

XIV

 

Jugabas a esconderte entre los utensilios de cocina

como un extraño objeto tormentoso entre indecibles faunas,

o a desaparecer en las complicidades del follaje

con un manto de dríada dormida bajo los velos de la tarde,

y eras sustancia yerta debajo de un papel que se levanta y anda.

Henchías los armarios con organismos palpitantes

o poblabas los vestidos vacíos con criaturas decapitadas o fantasmas.

Fuiste pájaro y grillo, musgo ciego y topacios errantes.

Ahora sé que tratabas de despistar a tu perseguidora con efímeras máscaras.

No era mentira el túnel con orejas de liebre

ni aquella cacería de invisibles mariposas nocturnas.

Te alcanzó tu enemiga poco a poco

y te envolvió en sus telas como un disfraz e lluviosos andrajos.

Saliste victoriosa en el irreversible juego de no estar.

Sin embargo, aún ahora, cierta respiración desliza un vidrio frío por mi espalda.

Y entonces ese insecto radiante que tiembla entre las flores,

la fuga inexplicable de las pequeñas cosas,

un hocico de sombra pegado noche a noche a la ventana, no sé, podría ser,

¿quién me asegura acaso que no juegas a estar, a que te atrapen?

 

 

XVI

 

No invento para ti un miserable paraíso de momias de ratones,

tan ajeno a tus huesos como el fósil del último invierno en el desván;

ni absurdas metamorfosis, ni vanos espejeos de leyendas doradas.

Sé que preferirías ser tú misma,

esa protagonista de menudos sucesos archivados en dos o tres memorias

y en los anales azarosos del viento.

Pero tampoco puedo abandonarte a un mutilado calco de este mundo

donde estés esperándome, esperando,

junto a tus indefensas y ya sobrenaturales pertenencias

—un cuenco, un almohadón, una cesta y un plato—,

igual que una inmigrante que transporta en un fardo el fantasmal resumen del pasado.

Y qué cárcel tan pobre elegirías

si te quedaras ciega, plegada entre los bordes mezquinos de este libro

como una humilde flor, como un pálido signo que perdió su sentido.

¿No hay otro cielo allá para buscarte?

¿No hay acaso un lugar, una mágica estampa iluminada,

en esas fundaciones de papel transparente que erigieron los grandes,

ellos, los señores de la mirada larga y al trasluz,

Kipling, Mallarmé, Carroll, Eliot o Baudelaire,

para alojar a otras indescifrables criaturas como tú,

como tú prisioneras en el lazo de oscuros jeroglíficos que las ciñe a tu

especie?

¿No hay una dulce abuela con manos de alhucema y mejillas de miel

bordando relicarios con aquellos escasos momentos de dicha que tuvimos,

arrancando malezas de un jardín donde se multiplica el desarraigo,

revolviendo en la olla donde vuelven a unirse las sustancias de la separación?

Te remito a ese amparo.

Pero reclamo para ti una silla en la feria de las tentaciones;

ningún trono de honor,

sino una simple silla a la intemperie para poder saltar hacia el amor:

esa gran aventura que hace rodar sus dados como abismos errantes.

El paraíso incierto y sin vivir.

 

 

XVII

 

Aunque se borren todos nuestros rastros igual que las bujías en el amanecer

y no puedas recordar hacia atrás, como la Reina Blanca, déjame en el aire la sonrisa.

Tal vez seas ahora tan inmensa como todos mis muertos

y cubras con tu piel noche tras noche la desbordada noche del adiós:

un ojo en Achernar, el otro en Sirio,

las orejas pegadas al muro ensordecedor de otros planetas,

tu inabarcable cuerpo sumergido en su hirviente ablución, en su Jordán de estrellas.

Tal vez sea imposible mi cabeza, ni un vacío mi voz,

algo menos que harapos de un idioma irrisorio mis palabras.

Pero déjame en el aire la sonrisa:

la leve vibración que azogue un trozo de este cristal de ausencia,

la pequeña vigilia tatuada en llama viva en un rincón,

una tierna señal que horade una por una las hojas de este duro calendario de nieve.

Déjame tu sonrisa

a manera de perpetua guardiana,

Berenice.

 

De Cantos a Berenice

 

 

Olga Nilda Gugliotta Orozco, (Argentina 1920 – 1999). Conocida como Olga Orozco, nació en La Pampa, Argentina. Estudió Filosofía y letras. Empezó a escribir poesía desde muy joven y fue una de las integrantes del grupo literario surrealista Tercera Vanguardia, al cual pertenecía también Oliverio Girondo. Su poesía tiene siempre un valor iniciático que le venía en parte de la influencia de san Juan de la Cruz, Rimbaud, Nerval, Baudelaire, Milosz y Rilke. Olga Orozco fue la primera mujer del siglo XX que, por su labor de escritora, integró en vida la escena riquísima de la poesía hispanoamericana. Publicaciones: Desde lejos (1946), Las muertes (1951), Los juegos peligrosos (1962), La oscuridad es otro sol (1967), Museo salvaje (1974), Cantos a Berenice (1977), Mutaciones de la realidad (1979), La noche a la deriva (1984), En el revés del cielo (1987), Con esta boca, en este mundo (1994), También luz es un abismo (1995), Relámpagos de lo invisible (1997), Eclipses y fulgores (1998), Últimos poemas (2009). Fue merecedora de diversas e importantes premios y distinciones literarias.

 

 



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