29 Nov 2021

35. POESÍA ESPAÑOLA. JUAN CARLOS MARTÍN COBANO

-23 Oct 2021

 

Leer esta muestra del poeta español Juan Carlos Martín Cobano, ha resultado una experiencia afortunada. De repente descubres en una obra literaria, algo que va más allá de una agradable práctica de lectura, esa extraña afinidad reflexiva y emocional, que te acerca a su escritor. En el ejercicio logras integrar componentes imaginativos y conceptuales que alimentan la visión de la obra de arte que es la poesía y consigues conectarte con el aura que la reviste.

Dos poemas, en especial, han llamado poderosamente mi atención, en tanto establecen un espacio en la vida psíquica del ser y en sus emociones: “Victoria” y “Reivindico el fracaso”. Estos textos pudieran resultar dos caras de una moneda que se lanza al vacío para caer de canto dejándonos en el misterio.

Nuestra época se empecina en rendir homenaje al triunfo, por tanto, pensar en el fracaso como tema de introspección pudiera resultar incomprensible: el error del error. Esta discusión parece ajena a las prisas de nuestro tiempo, se reprime. Pero en el interior de cada sujeto moderno persiste la dualidad que a veces se manifiesta en la ironía. Así, el fracaso y el error, exigen su cuota de realidad, el mérito de la franqueza, como ocurre en la poesía:

 

“Encuentro garabatos, diplomas y etiquetas,

cáscaras de titulillos y cenizas de esfuerzos:

el vigor de la carne y la sangre

sublimado en purpurina.”

 

En estos versos de “Victoria”, en la seducción de su lenguaje, el poeta nos acerca a la comprensión de cierta energía que reclama reconocimiento desde el núcleo de los gestos y necesita transmutarse en conciencia, por ello, intenta ridiculizar la imagen todopoderosa del éxito, despojando sus laureles y forjando “el verdadero milagro en las carencias”. Entonces, el triunfo se convierte en un dios con pies de barro, una proyección que nos hace perder conexión con todo juicio y nos distancia de la realidad. La filósofa española María Zambrano al escribir sobre este tema decía:

 

"…en el fracaso aparece la máxima medida del hombre, lo que el hombre tiene tan desprendido de todo mecanismo, de toda fatalidad, y que nada puede quitárselo. Lo que en el fracaso queda es algo que ya nada ni nadie pueden arrebatarnos."

 

En esta medida, el fracaso constituye una escuela que se desentiende de fórmulas elegantes y nos obliga a escucharnos en la insuficiencia que somos. Desde el fracaso nos decimos en un rito cercano a lo sagrado, estando en ese fondo podemos construir una experiencia de vida autentica, reflexiva. En “Reivindicando el fracaso”, Martín Cobano, canta su gloria:

 

“Acompaño a los caídos,

a los que aran la tierra con sus rodillas,

los que no regalan al suelo un beso condescendiente,

sino que lo muerden.

Derríbame, Señor, para mirarte a los ojos.”

 

En esa forma sencilla que despoja al ego primordial de suntuosos atavíos, estos poemas, logran transformar la soberbia en conciencia en un acto de sincera postración y humildad. Así, en oposición a las expectativas externas, podemos permitirnos pensar en esa fuerza que nos habla desde adentro, invitándonos a reconocer las mieles de la equivocación. El fracaso nos regala una suma de experiencias y enriquecimientos; nos invita a seguirlo intentando. El sujeto poético se concilia con la verdad de sus huesos porque, ahí donde aparece el ser desnudo de brillos artificiales, se obra el gran milagro de la vida y de la poesía.

 

Amarú Vanegas

 

 

NOS LLAMAS PARA LA SIEGA, SALAMANCA

 

Cuarzo de luna y cereal maduro,

nos llamas para la siega, Salamanca.

Citas a un reguero de hormigas perezosas,

por primera vez diligentes,

para un baño de ámbar y eternidad.

 

Tu flauta es un molino que rueda

por el soplo del Tormes,

que convoca a musas y espantamusas

con igual gentileza.

Encandilas las almas, saciables tan solo

con la miel de tus piedras,

donde se enganchan las alas,

conformes con no volar más alto.

 

Henos aquí.

 

Hagamos, aunque sea,

tres chamizos para quedarnos un rato,

siempre habrá ocasión de regresar a Babilonia.

 

Llegados a ti, no hay quien nos mueva,

ebrios de tus cantos de salterio y cantería,

Salamanca, sirena colosal.

 

 

VICTORIA

 

Vencer da maneira
como a conseguiste
foi simples: sem queixas
fartas alegrías
Alegrías, A. Salvado (Entre pedras o verde)

 

Visito el salón de mis medallas

a paso lento, distraído,

sus paredes de cartón y acuarelas infantiles

enmudecen a las ínfulas más tercas.

Encuentro garabatos, diplomas y etiquetas,

cáscaras de titulillos y cenizas de esfuerzos:

el vigor de la carne y la sangre

sublimado en purpurina.

Prefiero una siesta en el jardín de mis alegrías,

racimos de uvas frescas

surgidas por la magia de la semilla:

el verdadero milagro

y el delator de mis carencias,

Las carreras del tullido,

las victorias del cobarde,

los hijos del estéril,

son la cosecha que nunca sembré,

la pulpa carnosa y el jugo helado,

la espléndida preñez

de la granada.

Qué hice yo,

cuántos codos alargué mi estatura.

Aplaudir es lo que hice,

catar y gozar:

las tareas simples de la dicha.

 

 

VIENE

 

Viene con el aire

Trae el olor del perro mojado

Es una ola de pretéritos imperfectos

No hay cómo agarrarlo

Lacera los dedos del hortelano más cínico

Es mi pasado

Es mi pecado

Es mi pared

Es mi verja de alambres, cuchillas y voltios

Digo que no, pero soy yo

Soy yo, inocultable, ni más ni menos

Soy yo, cojo, manco, ciego y mudo

Muerto erguido pertinaz

 

Llega el hálito desde lo alto

Con esquirlas de sol y abrazo

Verdugo de ojalás y subjuntivos,

Las manos marcadas me soportan

Sin alergia a mi médula purulenta

Sin balances, sin recuentos,

Sin debes y haberes en mi plato

Sin la náusea

Es la puerta, es la casa, el salón cordial y hospitalario

La mesa puesta, y huele a pan y café de mañana

La cama hecha, el edredón cálido

Los brazos abiertos

Ropa limpia

Beso de Padre

Lágrimas de dicha

¡Es la gracia!

 

 

DESCUBRIMIENTO

 

Descubres la violencia

en el pecho seco de una madre

en la sed de las manos cuarteadas del suelo

al ver sembrar meras astillas

por los surcos en campos de lava vieja.

Quieres entonces

que tu beso de paz sea

el sudor dulce que baña tu esfuerzo

y descienda cuál oleo

por la barba de Aarón,

por el mapa de más de doce,

por las faldas del azul desteñido

y el calzado hiriente y sin atar.

Ruegas entonces

ser la lluvia temprana y tardía,

ser tú el rocío, mensajero de la mañana,

raspar hasta el hueso tu nada

por ser leche,

fundir tus huecos tesoros

por ser miel.

Y quieres morir

(es que tienes que morir),

semilla de eternidades

en breve oscuridad.

 

 

LA MOSCA

 

Un mar claro y vertical de honduras prohibidas

rechaza a la mosca que embiste incansable

al cristal de la ventana.

Sabe el insecto que el confort de las paredes

es una mentira

de días contados.

Las migajas calefactadas la engañaron unas horas,

media vida,

y ahora el mundo real, lo orgánico,

está a tres milímetros infranqueables de luz.

Sin saberlo, espera a la mano gigante del portero.

 

 

REIVINDICO EL FRACASO

  

Reivindico el fracaso,

la gloria de los cartones extendidos en palacios

de fango,

los belenes de las aceras, al nivel de las suelas,

los establos de carritos abarrotados,

los horizontes de zapatos.

Bautízanos, Señor, en el fracaso.

 

Aborrezco las medallas,

la miseria de las palmaditas en la espalda,

los besos con aliento de plata,

los treinta apretones de manos,

el oro sin mirra, el incienso sin llama.

Líbranos, Señor, de los fantasmas.

 

Me enardecen las derrotas,

la verdad que no habita en las espadas,

desesconder las mentiras de los podios,

las guirnaldas del desfallecido,

las lágrimas de su redoma.

Muéstrame, Señor, tu salón de la fama.

 

Acompaño a los caídos,

a los que aran la tierra con sus rodillas,

los que no regalan al suelo un beso condescendiente,

sino que lo muerden,

Derríbame, Señor, para mirarte a los ojos.

 

Reivindico al Carpintero tenaz,

soplos de serrín y Espíritu Santo,

cicatrices de astillas y clavos

estigmas de mi terco estrabismo.

No escatimes, Señor, tu cincel sacro.

 

Reivindico al que conoce

el valor de darse,

de vaciarse,

vaciarse

vaciarse

vaciarse

hasta vaciar su tumba.

 

Aunque no entiendo nada.

Sumérgeme, Señor, en tu misterio.

 

 

Juan Carlos Martín Cobano (Carmona, España, 1967), es poeta, filólogo, editor, librero y traductor de origen andaluz, formación catalano-aragonesa e incipiente religación salmantina. Tiene publicados el poemario Tiempo de cruzar el umbral (2020) y el libro de ensayos Poesía como oficio sacro y otros escritos (2021) Ha impartido talleres y dictado conferencias en distintos países con la Asociación Latinoamericana de Escritores Cristianos (ALEC), es asiduo del encuentro Los Poetas y Dios (Toral de los Guzmanes, León), del Encuentro Cristiano de Literatura (Salamanca) y del Encuentro de Poetas Iberoamericanos de Salamanca (en cinco ediciones). También ha sido invitado especial de las dos ediciones del Encuentro de Música y Poesía Luso-Hispano-Americano, ROIZ, celebrados en la ciudad portuguesa de Castelo Branco en 2019 y 2021. Hasta enero de 2018 fue secretario general de la Alianza de Escritores y Comunicadores Evangélicos (ADECE) y, en la actualidad, es secretario general de TIBERÍADES, Red Iberoamericana de Poetas y Críticos Literarios Cristianos. También, desde 2021, es secretario del Encuentro de Poetas Iberoamericanos - Salamanca. Poemas y textos suyos se encuentran publicados en las antologías Los frutos del árbol (2015), Explicación de la derrota (2017), Por ocho centurias (2018), Eunice, cien veces cien (2019), Llama de Amor Viva (2019), Regreso a Salamanca (2020), Mundo Aquí (2020) y El ciego que ve (2021), además de revistas como Taller Igitur (México), Nagari (EE.UU.) y Crear en Salamanca (España).



Compartir