09 Ago 2022

60. GORRIONES: ORÍGENES DEL VUELO

-01 Jun 2022

 

GORRIONES: ORÍGENES DEL VUELO

 

 

Balam Rodrigo

Jovel, Chiapas, Centroamérica, abril de 2022 

 

 

El trato de Ibán de León con la palabra es instintivo, profundo y elemental, es una acumulación de precisos golpes de sombra y de luz dados con el martillo de la cotidianidad sobre la fragua del misterio, sobre el yunque de la condición humana y la perdida forja de la infancia. En su poesía no hallamos fingida intertextualidad o claros referentes académicos o literarios, sino el sencillo decir los actos cotidianos de la persona humana frente a la vida; las palabras y versos de sus poemas surgen de la íntima relación con la sustancia primigenia del mundo, con los orígenes ―maternos y paternos, onfálicos y uterinos, míticos y matéricos― y quizá más que forjar cada poema, de León amasa con agua de lágrimas y lluvia la noble harina de su honesta experiencia vital, a la que añade la sal del entrañable pasado y el desolador presente, y agrega la levadura de la casa materna y la niñez perdida para después leudar el magma de trigo de sus poemas con puñados de dolor y ternura, con manojos de insomnio y orfandad, con paletadas de lodo y sangre. Del paciente horno del tiempo sale la hogaza poética de Ibán, un pan de comunión para partirse y compartirse ―con una taza de oloroso café― entre los convidados del desaliento, y celebrar así, el griterío de niños que juegan bajo un inmenso árbol de mango, los habituales ruidos de la calle, el cercano rumor de los difuntos, el borboteo del agua que trota entre la lluvia y los arroyos, los tumbos del mar, el amor y la enfermedad borrando la carne arenosa del presente, las pláticas del hijo y de la madre en el lejano pueblo, la música del oscuro corazón y sus gorriones, sí, parvadas de gorriones que, ajenos al horror de los gritos ahogados de hombres y mujeres en la noche, a la sanguínea sombra de sus victimarios y al humo de sus cuerpos olvidados en pozos y barrancas, lo colman todo con su humilde sencillez, pájaros de pan que dejan en nuestras manos preciosas migajas de luz, hijas del relámpago en la voz elemental y del mayúsculo milagro en el mínimo poema: tal es la hondura y la revelación en la poesía de Ibán de León, y Gorriones, su más reciente libro, no es la excepción. 

 

 

El turbio corazón del principio: Oscuridad del agua

 

Los recuerdos se pudren, se descomponen como toda materia, como todo cuerpo muerto y arrastrado por la corriente sucia y espumosa de un oscuro río. No hay aguas prístinas en el primer libro de Ibán, no hay líquido claro y transparente, excepto algunas veces cierto atisbo de luz en los charcos atravesados y aplastados por el terroso pie del caminante, del insomne. Tarde o temprano los pies descalzos y llenos de lodo han de pisar el charco, cuyas aguas se evaporan con el tiempo, al igual que los recuerdos. Los ríos y arroyos de los versos son de aguas turbias, crecidas, procelosas, que arrastran en su paso piedras, bestias, utensilios domésticos, vidas comunes y que en vez de lavar la memoria, la enlodan y enturbian más. Después de las crecidas no llega la calma, sino el insomnio, el llanto, y la luz del alba hace nítida y evidente la miseria, la pobreza, porque “la madrugada es esto / que se pudre en mis ojos”. El agua turbia y furiosa arranca las ropas, los trapos y miserias que visten el cuerpo, pero también ha dejado náufrago y desnudo el corazón.

La niebla es gris, incluso negra, en Oscuridad del agua (ISC, 2012). Un manto de penumbra recorre sus versos que, contrariamente a sus nocturnos motivos, son claros y pulcros en cuanto a su factura. Pero esa oscuridad no viene del rencor o la miseria, tampoco de un estado anímico infecundo o de la ruin amargura. Se trata de escribir a contrasangre, a contramundo, sobre la constante infelicidad, la derrota y la orfandad habituales, la trivial e inevitable soledad, del tiempo adulto que corre sin brida como potro desbocado intentando borrar bajo sus cascos ese tiempo niño, tan nuestro, tan entrañable, tan dolorosamente humano. Con el agua espesa de la sangre, con ceniza y carbones del fogón traza Ibán su escritura, pero también con lodo, un lodo que incluso cubre y ensucia el mundo, un mundo en el que la ciudad es pueblo infinito, pueblo asfaltado, laberinto de los perdidos: es necesario extender la noche en el día porque el insomnio es la orilla de la infancia, el agua de la memoria, la materia y el incienso de su verbo.

En este libro aparecen algunos de los seres y elementos que serán frecuentes en la ulterior poesía de Ibán: arroyos, ríos, lluvia, mar, sudor, sangre, pozos, cerros y barrancas; mangos, buganvilias, fresnos, huizaches, palmeras, duraznos y naranjos; perros, sapos, pájaros, hormigas, peces y vacas; la madre y el padre, hijos y hermanos, la mujer amada, la casa familiar, pero sobre todo, la infancia, la niñez, el onfálico territorio del origen, el fuego del primer hogar, la dulzura del primer pan y la primera caricia, el primer mango mordido y las primeras pérdidas, las primeras muertes y orfandades. Al igual que los frutos del mango ―soles caídos en el piso de tierra de la infancia―, la vida y la poesía están llenos de la dulzura de la luz, de agua del sol, de la saliva del verano, pero lenta e inevitablemente se pudrirán bajo la sombra del mismo árbol y el mismo sol rajará su carne hasta que broten de su sangre turbia las flores del polvo, la fecunda semilla del olvido.

 

 

El imparable tren del insomnio y el vacío: Estaciones nocturnas

 

El quehacer lírico de Ibán de León está tejido con la materia de los sueños, con la argamasa del recuerdo siguiendo una brújula que marca los rumbos sur-poniente-norte-oriente del insomnio. De la constante añoranza viene el hilo con que teje las redes de la memoria para hacer con él una atarraya capaz de atrapar los peces y los panes de las estaciones del pasado, tiempo más prístino y menos oscuro ―quizá― que el presente. Porque Ibán es “[…] ese niño que a veces nos recuerda / caminando en la noche / con la orfandad a cuestas”, como cualquier otro náufrago posmoderno que de la mañana a la noche se sabe adulto frente al espejo y se pierde en el mar de la añoranza. Por ello la soledad y un estado de vacuidad constante, de perenne solitud en la enunciación poética, son otros más de los temas y motivos que vertebran sus búsquedas.

Es pertinente mencionar que desde sus inicios, la poesía de Ibán nació madura, adulta; al leer sus primeros libros, pocas veces encontramos ensayos de principiante, pese a que buena parte de su universo creativo orbite en torno a la niñez como tema medular. Al respecto, resulta revelador lo que cifra en torno al acto de escritura: “[…] cada palabra / envejece al momento de escribirse”. En sus poemas la palabra nunca es atávica ni arcaica, sino siempre madura como si habitara en el cuerpo de un infante envejecido súbitamente por los duros golpes de la vida —y los del padre—, por las lascivas caricias de la enfermedad y la muerte. De ahí la naturalidad con que el poeta oaxaqueño habla de los muertos familiares ―filiales y consanguíneos―, de aquellos amados que lo han dejado (padres, madres, hermanos, hermanas, amigos de la infancia), pero también habla del rostro y el cuerpo de niebla de los hijos de la borradura, de los ausentes por distintas violencias, de quienes no se marcharon por voluntad propia, sino que fueron arrebatados de nuestras manos, de nuestras casas, de nuestras familias, de nuestro abrazo: de los incontables desaparecidos, de las miles de víctimas de desaparición forzada. Estas pre-ocupaciones escriturales en de León están presentes en Estaciones nocturnas (FETA, 2016) en el poema “Ausentes”:

 

Cierran los ojos en pulcros hospitales

en cuartos de azotea en banquetas

en el rincón más frío de una casa

debajo de los puentes

se asfixian los asfixian

envenenados duermen en los parques

no hay modo de saber cuándo se irán

de qué manera

los he visto en periódicos

destazados abundan

como moscas

recorren el camino por largas avenidas

hacia quién sabe qué lugar de tierra memoriosa

o claman en cenizas y este aire los árboles el agua

tienen algo del tallo de sus pasos

y están aquí contigo con nosotros

son nombres que suscitan la tristeza […]

 

Tal como el poeta refrenda en los siguientes versos del mismo texto, sus muertos lo visitan en sueños, como su amigo de la infancia que cazaba sapos, su padre dipsómano, su amada madre o su entrañable abuela, pero los demás muertos que le recuerdan a los suyos son anónimos, no tienen nombre, y no habitan las horas de la vigilia, ni las evocaciones del insomnio o los laberintos del sueño profundo: sus cadáveres ―o sus restos― están por todos lados, en las diarias pesadillas que vemos y vivimos apenas despertar, en las calles y a plena luz del sol, quizá testigo único de las miles de desapariciones, de la violencia, del necrocapitalismo y de la biopolítica a los que está sometido absolutamente todo, incluso los sueños del poeta. Si la memoria de la infancia era capaz de traer los muertos familiares a los sueños y de algún modo, a la vida, ahora la pesadilla de la violencia sistemática del necropoder trae y atrae violentamente todos los aspectos de la vida diaria hacia el abismo de la muerte criminal que todo lo necrosa, lo pudre, lo trastoca, que puede desaparecernos y borrarnos a todos. Ya en el libro anterior de Ibán asoman, paulatinamente, estas muertes violentas, criminales, anómalas, como en el poema “Intemperies” (Oscuridad del agua, ISC, 2012), en el que habla de la vida y muerte de su sobrino Miguel: “Supe tardíamente que te habían asesinado”. Así inicia en la poesía de Ibán el “tiempo del derrumbe” y también “La blanca angustia de escribir / la soledad de todos / sin encontrar a nadie.”. La nostalgia y la añoranza causadas por la ausencia, son desplazadas por la angustia, el miedo y el terror producidos por la violenta desaparición.

Habría que llamarle “cal del insomnio” al estado de vigilia y lucidez permanente bajo el que está escrito Estaciones nocturnas, un estado de lúcida y umbría tristeza, una humana cal negra de la que de León toma el carbón encendido para escribir sus versos: “estar triste para entender al otro y amarlo […]”. La tristeza ―y cierta amargura vital― como la fuerza centrípeta con que traza el misterio constante de su obra, cuya inercia nos atrae, siempre, hacia la noche, hacia la espesa tinta del insomnio, hacia una sólida desesperanza, ya que el devenir es frágil, la felicidad es inapresable y la alegría efímera, como los años de infancia: “dame la tristeza para saber que existo”, nos recuerda nuevamente el oaxaqueño. Es la enferma tristeza la que nos fractura, la que nos hiere. No venimos del amor, sino de la herida; no estamos hechos de recuerdos, sino de ausencias; no compartimos la carne, sino el vacío y su infinita rotura. Si acaso el júbilo y la felicidad existen, son apenas niebla momentánea o bruma pasajera en el lugar inhóspito del presente, débil remembranza de lo que apenas ayer fue: “qué alegría / saber / de esta muerte sencilla, de la vida, tal vez, / que sueña con nosotros.”. Sin embargo, la muerte es quien nos sueña y nos engendra, parece decirnos la poesía de Ibán. En la aparente sencillez de sus poemas es posible vislumbrar una enorme capacidad de síntesis, una inteligencia metafórica y sustancial, una luz constante que puede palparse en la lectura, aunque la noche y el insomnio de los versos son capaces de traspasarnos con su lanza de tizne, con su cuchillo de sombras que destaja el aire. 

 

 

Flâneur de la noche y el insomnio: Calles del cuerpo anochecido

 

Es al morir el día y a trasluz de la vigilia que amasa y moldea Ibán de León el pan de casi todos los poemas y libros suyos, leudados en la experiencia personal y en el po-ético decir los domésticos actos del vivir y del morir, del caminar y el desandar los sinuosos rumbos del mundo, como en Calles del cuerpo anochecido (Acá Las Letras Ediciones/Coneculta-Chiapas, 2019) cuya cartografía trazada a partir del acto de caminar entre los laberintos de la añoranza sobre el mapa superpuesto de la sangre, nos muestra a un insomne flâneur ebrio de licor, de dolor, de tristeza, de desamor y lleno de poética lucidez recorrer a pie las calles de Cuernavaca (y otros pueblos de Morelos y Oaxaca), las calles de la memoria, los territorios de la infancia y también las anchas avenidas por las que discurre la violencia, como se advierte en el poema Iguala 15:

 

Éste es mi corazón, hermano mío,

ayer yo te miraba en las noticias

sin conocer tu nombre

y eras nadie

entre la sangre, el grito de las balas.

 

La ausencia/desaparición/asesinato del “hermano” en este poema, suscitan en el yo lírico un yo líquido que decide enclaustrarse, ensimismarse, antes que buscar al otro. ¿Para qué hacerlo? Ante la imposibilidad de hallar respuesta ante la borradura y el asesinato, para el poeta no hay más que hacer justicia por mano propia: escribir el llanto, alumbrar el luto con la oscura luz del poema. Al hacerlo, Ibán es como un niño trazando el mapa de sus miedos, angustias y sombras sobre el suelo de su casa —construida con las páginas de su propia obra—, porque el poeta es un niño solitario que escribe al mismo tiempo los nombres del amor y la desaparición sobre la fresca arcilla de la experiencia, en el sucio lodo de la existencia. Y al adentrarse en el laberinto de panes y musgos erguido con dolor en Calles del cuerpo anochecido, llegan los ecos brutales del feminicidio:

 

¿Cómo se llamaba la mujer en cuyo pecho

el hielo del alcohol hizo su causa?

Nunca supiste, nunca supe. Al fondo del basurero

la encontraron:

los cerdos devoraban su juventud dormida,

los desechos,

moscas del manso hacer entre su carne, tizne que va

en silencio por los años,

hacia dentro del dios, en los regazos

que mantienen el duelo, siempre el mismo, de las eras

del parto.

 

Otra mujer asesinada, completamente desnombrada, desmembrado su cuerpo quizá, por el marido, muerta a filo de odio y a punta de machete, madre llena del alcohol del miedo que deja una estela de huérfanos vecinos de la madre, del poeta, niño aún cuando la historia, cuando los hechos, cuando el luto. Calles y poemas color de luto, resquebrajados por el peso del duelo, del rencor que a todos nos habita, pero que devora con más rabia el negro corazón de algunos otros, también sin rostro, sin nombre. En las calles y en el cuerpo crece a sus anchas el desamparo que nos deja la enfermedad y la muerte, no importa si nuestra edad es de tres, ocho, veinte o cien años.

Este libro es un itinerario del fracaso, un diario del derrumbe, una crónica de quien desciende hacia el abismo y sale enlodado, enlutado, vencido, desarraigado. El yo lírico en estos poemas como en otros de los libros de Ibán está atravesado por la voz de un niño de cinco, siete u ocho años, un infante que lo ha visto todo ―dolor, amor, amistad, familia, violencia, errancia― con agudos ojos de poeta, con los abiertos ojos de la condición humana.

El niño cuyo dolor es anciano está rodeado por la amenaza y la promesa del fracaso, por la presencia de la muerte familiar, es acechado por los demonios de la violencia patriarcal y nutrido con las bondades del infinito ágape materno. Viaje intimista y extimista al que se suman los varios fantasmas que habitan la casa de la infancia, los árboles de mango, el pan cocido en horno de leña y el eterno olor del café. Pero el niño crece ―adultece agonizando― y es arrancado de tajo, cual árbol sin tierra, del regazo y las manos maternas, de las calles y la casa del pueblo, de la dulce comarca de la niñez, a la cual nunca más volverá, excepto por medio de la escritura, del desencanto de la poesía.

 

 

La página es una fosa: Pan de la noche

 

Ya sea debido a la muerte, la migración o por la búsqueda de nuevos horizontes, el yo lírico en Ibán de León se encuentra en continua batalla contra la orfandad, contra el naufragio. Y como si la enfermedad (el cáncer) y el tiempo (la vejez) no fuesen causas suficientes para la natural y dolorosa desaparición de los seres amados, ahora la muerte adquiere un rostro más informe, menos familiar y más cercano: el incurable cáncer de la violencia.

 

—Tengo miedo, mamá.

Afuera están mirándome las voces.

Perros sin cuerpo le ladran al asfalto que va

y desaparece.

Un tráiler en la esquina abandona la carga de la noche.

También escucho grillos

como un recuerdo vivo de otro tiempo cuando aún

las lámparas no eran.

 

De madrugada tres hombres han sido torturados y ya no

tienen dedos para señalar quién fue el verdugo. Cuando

amanezca encontrarán sus cabezas en un sendero del

parque.

 

Estos versos dan inicio a Pan de la noche (UAZ, 2020), poemario con el que Ibán obtuvo el prestigioso Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 2018 y es, así lo considero, uno de los mejores libros de poesía escritos en la última década en México. El libro es una suerte de itinerario, de cuaderno de viaje, libreta de notas de quien desciende, nuevamente, al abismo de la enfermedad (el cáncer), al barranco de la violencia (narcopoder) y en la encrucijada donde se cruzan ambos infiernos hallamos la aguda y humana visión del poeta. Familiares son en estos poemas la paulatina desaparición de la madre, su pérdida de salud mientras el cáncer la consume, como familiares son los muertos y las muertas de los barrios vecinos, de las casas contiguas, del pueblo lejano o del país entero. La construcción del libro alterna los dolorosos testimonios personales, íntimos, con notas de corte cronístico o periodístico (siete en total), así como otros testimonios de la “normalizada” violencia.

Pan de la noche es, en efecto, un libro testimonial: atestigua el dolor por la enfermedad y la muerte de la madre, al tiempo que testimonia sobre la descomposición de un cuerpo aún más enfermo, el de la sociedad, donde albañiles, mujeres, trabajadores del campo y un antiguo compañero de escuela son desmembrados, asesinados, torturados. Con los fragmentos dispersos de sus cuerpos, con los pedazos de sus vidas, muertes e historias, y entre la habitación de un hospital, las quimioterapias, el luto y los varios descensos al inframundo del horror y los ascensos al cielo del amor materno, está la búsqueda de la fe en algo más allá de lo humano, y sin embargo, ante la desaparición y la muerte, sólo responde el silencio (¿de Dios?). Los emotivos testimonios sobre la enfermedad y muerte de la madre, vistos y escritos al trasluz de la infancia, atestiguan los procesos de duelo, luto y orfandad de una familia sencilla, humilde, pero por demás humana, sensible. Por otra parte, es pertinente señalar que entre las muertas halladas en las páginas se encuentran tres mujeres más, pero ninguna es la madre: tres feminicidios, tres muertes violentas de madres y estudiantes jóvenes asesinadas a causa del necropolítico poder del narcotráfico y la violencia heteropatriarcal.

De este modo, la metástasis del cáncer en el cuerpo amado se intercala con la metástasis de la violencia sistemática en el territorio/cuerpo habitado por el yo lírico. La fosa donde descansará por fin el cuerpo de la madre, se superpone ―en los poemas― con las narcofosas donde yacerán las torturadas y los torturados; el humo de las velas se traslapa con el humo de los cuerpos/restos calcinados. Aquí la culpa y la derrota se disipan por la amenaza del miedo y el terror, y la calma y el luto que siguen a la muerte se acaban muy pronto, también son cercenadas del cuerpo doliente: los amos del miedo, los narcos y sus sicarios, desmembran pronto cualquier sueño, cualquier cuerpo, calcinan el presente y el futuro, dejando a su paso sólo pedazos de cuerpos, personas, hijos, madres, padres, hijas, abuelos y abuelas. En el sur, lugar donde transcurren los testimonios de este libro, el pan se toma con una taza de café, el pan recién horneado se comparte con el prójimo más próximo, con la familia, con el vecino, con los seres amados. Pero el pan ázimo de la violencia, pan al fin, convoca a otra comunión: la del miedo a ser levantado, asesinado, torturado. El pan de trigo que se vendía en la plaza del pueblo y en canastos tejidos por manos amorosas, se ha tornado en pan de sangre de cuerpos encobijados, encintados y encostalados que se exhibe en cualquier (narco)plaza.

Pan de la noche, pan de la resurrección, carne recién calcinada, pan hecho de manos y rostros conocidos, y de cuerpos anónimos, despedazados. Troncos de árbol cuya leña alimenta la boca de los hornos. Troncos sin miembros cuyas moscas alimentan el horror. En este libro ha muerto la materna cabeza de la familia al tiempo que aparecen familias sin cabeza, sin matriarca ni patriarca, huérfanos todos. En este tiempo de barbarie es necesario compartir, por más terrible que parezca, el pan de la muerte, la harina del llanto, los cuerpos o sus fragmentos que no van al crematorio, sino al horno de la calcinación a la intemperie; compartir el pan del anonimato, el ázimo pan de la injusticia, el lento leudar de la muerte clandestina, de la desaparición sin rostro, sin siquiera una mesa en la que humee el café, sino en un territorio oscuro donde sólo humean los cuerpos, los casquillos percutidos, los cigarros apagados en la piel: compartir el dolor hace que su peso en nuestros hombros y corazones se aminore, parece decirnos este libro. Ante el triple dolor (enfermedad-muerte-violencia), no queda sino levantar la voz, deponer la fe en los versos, testimoniar la vida, su terror y sus crueldades, esperar que el futuro mañana traiga la tenue luz de un sol menos oscuro. Los testimonios poéticos de este libro, inmensamente humanos, cercanos, son panes de comunión, de fe —quizá perdida— pero que buscan nuevos convidados, nuevos feligreses, aquellos sobrevivientes del mundo y sus violencias. Quizá nos espera, después de la muerte, no únicamente la boca abierta de una narcofosa o las fauces sin fin de un baldío en el desierto, sino las palabras de amor en la boca de la madre, su cálido beso en la frente, su caricia en la carne incorrupta; nos espera, también, la añoranza, la casa de la infancia y el mar familiar, y más allá, nos dice Ibán, nos alumbra la luz de los gorriones

 

 

La sangre y los labios desplumados de Fuensanta entre Gorriones

 

Si Pan de la noche fue escrito con los fragmentos del testimonio y los pedazos del pan de la enfermedad, Gorriones está cifrado a partir de la orfandad, de la ausencia de lo que fue, de la culpa y la vergüenza acumuladas, escrito con/sobre los trozos desmembrados de la ausencia, con el rimero de cuerpos que deja la desaparición forzada. No obstante, si en los anteriores poemarios de Ibán pocos personajes tenían nombre y este aparece esporádicamente, como Laura (con ecos de la “Laura” de Abigael Bohórquez), Luis (el niño enfermo), Miguel (el sobrino/amigo asesinado), Águeda o Fuensanta (la amante), Mario (el excompañero/sicario), Beatriz (la maestra) o Juan (sin relación filial), en Gorriones el volumen se vertebra a partir de los diálogos, monólogos y soliloquios de José, Mariana, Juan Pequeño, y como una suerte de narrador omnipresente en la lírica puesta en escena, un yo lírico femenino, encarnado en los poemas titulados “Querido R” (la “R” alude al poeta Ramón López Velarde), y la voz corresponde a Fuensanta (Josefa de los Ríos). Los poemas van del tono testimonial al confesional, de la escritura coloquial, a la crónica e incluso a la epístola, de alusiones o referencias cultas (lopezvelardeanas) a las tecnológicas (Google Maps) o periodísticas, mientras que la cartografía del horror extiende su cruel territorio desde el Estado de México, Zacatecas y Chihuahua hasta cualquier rincón de México.

Testimonial (y documental), compuesto por una polifonía de voces de niños/infantes, jóvenes/mujeres/hombres, en Gorriones destacan sin duda las palabras de Mariana, joven mujer de quien el padre abusa sexualmente (incesto):

 

No quiero ir.

Mi padre a solas, junto al corral de los chivos, ya sin camisa.

Sé lo que pasará cuando sus dedos aprisionen

mi brazo derecho con la fuerza

que derribaba el vuelo de las frondas. […]

[…]

Mi papá me mira con vergüenza, sube su pantalón

y se va tranquilo a buscar un caballo o una vaca,

a ver si mis hermanos

han vuelto con la leña.

 

Los poemas están escritos como si fuesen los diálogos de una puesta en escena o la escaleta de una obra dramática, las voces de los personajes se alternan, nos hablan limpia, y a veces, coloquialmente, pero con un lenguaje sencillo, cercano, aunque profundo y lóbrego como los pozos y fosas que refiere el libro. Si en Calles del cuerpo anochecido y en Pan de la noche los gorriones ―símbolos alados que cruzan el cielo abierto de la poesía de Ibán― aparecen tímidamente (cuatro veces en el primer libro y dos en el segundo), en Gorriones estas singulares y comunes aves aparecen una docena de ocasiones (cinco en forma plural y siete en singular), mientras que otros seres no humanos como los sapos o los pájaros ―sin especificar― son mencionados constantemente, casi en parvadas, en los libros antes citados. Y ahí, en medio de la belleza numinosa del lenguaje (“Tuve paisajes de maíz, ciruelos en el patio a medianoche, una nube cayendo cuando se iba, flores de itacuán en los altares del otoño.”) y la presencia constante y luminosa de los gorriones entre los versos (“¿qué gorriones cantaban junto al aire”), aparece, también, la oscura voz de los desmembrados:

 

Yo rezo por el tiro que no hirió,

por el machete que se aleja sin la carne de mi hermano,

por la cabeza que aún recuerda el nombre de sus hijos,

su fe descuartizada en bolsas negras.

 

Lo mismo crecen y retoñan las flores en el abismo, que los muchos cadáveres, que los descuartizados, los restos de quienes fueron personas. A diferencia de Pan de la noche (el otro libro testimonial de Ibán) que está escrito en tono íntimo y personalísimo y en cuyos poemas hablan las víctimas de la enfermedad o se habla de las víctimas de la violencia, Gorriones también da voz a los victimarios, en sus líneas hablan los torturadores, los sicarios, encarnados en la voz del personaje denominado “Oscuro”:

 

Soy esto que se pudre. Soy aquel verdecido con la brizna.

Bendecido en el tajo. Materia que partí

mientras la flor del día abre su escarcha.

Hay las moscas que zumban, hay gusanos.

Un hueso que no estaba antes del filo.

Soy yo quien le ramó sus descuartizos,

quien abre los tendones y el resuello,

la tumba que le hincamos y el cartílago.

 

Sucede que “Oscuro”, somos nosotros: testigos de nuestra propia fragmentación, atestiguamos el desmembramiento de la infancia, de la fe, de la inocencia. Y lo que queda de nosotros, no son más que migajas de un pan abandonado y despedazado no por el curioso pico de los gorriones, sino por la informe parvada de sicarios. Poco a poco, al adentrarnos en el libro, nos hallamos no sólo frente al testimonio de la violencia diaria que se vive en el país, de la descomposición del cuerpo social, de la terrible impunidad, del creciente miedo y el horror: nos hallamos frente a una tanatopoética que reconstruye las palabras de los ausentes, la voz a los desparecidos, y en la que hablan, sin más, los victimarios. Enfermos de miedo, sabemos que los restos ―humanos y poéticos― no tienen nombre, y la luz del sol que alumbra otro feminicidio más es una luz amarga, la sucia luz de un nuevo y muerto día:

 

En el puesto de periódicos vimos de nuevo el cuerpo de la muchacha,

partido en el papel, multiplicándose.

 

A esa hora los vecinos sabían que se trataba

de una prostituta conocida,

aunque nadie pudo recordar su nombre.

 

Las aves parecen presagiar este luto perenne, podríamos decir que no vuelan, sino que levantan el duelo, por ello de vez en cuando aparece la tenue luz de los gorriones, su vuelo frágil, su presencia diáfana y casi divina. Otras veces, los poemas son casi oraciones, plegarias, rezos, aunque poco a poco se acercan más al murmullo del soliloquio, a la confesión, al diario que registra el dolor de la vergüenza y la miseria de la injusticia:

 

[…] Pude ver a mi papá de rodillas y llorando, ante un hombre que hablaba como si dijera “hace frío” o “está grande la milpa”. Se oyó el disparo lejos. Agarré lo que pude y me subí en una camioneta de guachos que me trajo hasta acá. Viajaban otras mujeres (el rosario hinchándose en sus uñas), algunos viejos y niños pequeños que han mirado lo nunca con ojos de perdóname. Nos violaron a varias porque éramos jóvenes y porque sí. A todos nos pegaban antes de decir gracias o me duele este lado de la mugre.

 

Si por un lado el crudo testimonio de Mariana nos muestra de qué modo llegaron a su vida la violencia patriarcal ―la violación del padre, la de los militares―, así como su paulatino descenso a la miseria y la muerte (el abandono, el hambre, la prostitución, el feminicidio), por otra parte la voz de un niño dibuja y reconstruye, a partir de los fragmentos de memoria, primero, y con los pedazos de un cuerpo, después, la violenta historia de Juan Pequeño, su maestría como futbolista en la infancia, su ascenso como sicario y su descuartizada caída en el inframundo:

 

Un día Juan pequeño no vino a jugar más.

Dicen que andaba con halcones, el muy tordo.

Que era encargado de cobrar entre los puestos

(los mismos puestos donde antes se buscara)

el derecho de un piso con desmonte de cartílagos.

Que este Juan pequeño fue dinero y ropas nuevas y un AK-47.

[…]

Más tarde algunos restos de su cuerpo amanecieron junto al río.

 

De Gorriones nos asombra el manejo claro del lenguaje, las imágenes poderosas (“hay dos brazos ya huérfanos, un grito último de sombra que es silencio.”), la alternancia entre el tono coloquial y confesional y el tono lírico y personal, lleno de ternura (“Tú allá, vigía en la prudencia / del haz que toca un timbre / junto a mi pecho prisionero.”), la creación de atmósferas campiranas, urbanas y retóricas, la absurda cotidianidad habitada por niños, gorriones, árboles y otros seres de inmaculada belleza que conviven y mueren en medio de la brutalidad y el terror habitual, normalizado.

            La poesía de Ibán de León es un cuchillo recién afilado que corta, con terrible dulzura y singular belleza, un pan de lodo que reparte entre los convidados de la vida y la muerte: Gorriones es un libro de la imposibilidad, un cuaderno del naufragio, el testamento de los habitantes y los amos del miedo, una bitácora de los sobrevivientes del espanto; es el claro testimonio del niño huérfano de mundo que somos todos, abandonados a esta vida fragmentaria, a una posible muerte violenta y destazada, a la fría luz de un sol que yace también encobijado, con la lumbre y los rayos desmembrados. Sólo una antigua lengua de musgo pudo escribir estas letras de sombra en el agua muerta del pozo sin fondo de la noche. Y mientras las parvadas de gorriones picotean el trigo y las orillas del sol en la distancia, aquí, en estas páginas, yace el cadáver de la infancia, el cadáver del agua, el cadáver del silencio, el cadáver de la luz, el cadáver de las palabras: nuestros cadáveres desmembrados y puestos a pudrir lentamente sobre el manto ensangrentando del poema en este país de la impunidad y la desaparición llamado México.

 

Balam Rodrigo. (Villa de Comaltitlán, Soconusco, 1974). Exfutbolista, biólogo y escritor, autor de una treintena de libros de poesía, sus letras abrevan tanto de las ciencias biológicas y la relación espiritual con Dios, como del futbol. Obra reciente: Marabunta (Editorial Arte y Literatura, Cuba, 2021; Ala Ediciones, México, 2021 –edición bilingüe-; Libros Invisibles, México, 2017; Praxis, México, 2018; Yaugurú, Uruguay, 2018; Los Perros Románticos, Chile, 2019), Libro centroamericano de los muertos (FCE, México, 2018), Antiícaro (La Chifurnia, El Salvador, 2019), Cantar del ángel con remos en la espalda (Puertabierta Editores, México, 2019), icarías (Ícaro Ediciones, México, 2020), El tañedor de cadáveres (CONARTE, México, 2021) y Braille para sordos (Secretaría de Cultura y Turismo del Gobierno del Estado de México, México, 2021). Su obra ha merecido diversos reconocimientos, entre otros: Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2012, Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2014, Premio Nacional de Poesía José Emilio Pacheco 2016, Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2017, Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2018 y Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte en las emisiones 2013 y 2017.

 



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