27 Nov 2022

459. POESÍA CHILENA. ALEJANDRO CONCHA

-17 Sep 2022

 

LOS ÚLTIMOS ALFAREROS

 

Cuando la primera ola asomó por el horizonte

las familias ya se habían ido, las escuelas vaciado 

y el comercio tenía un doloroso aspecto a pampa. 

De un tiempo a esta parte, de las murallas saltaba un polvo

una arenilla que de a poco fue volviéndose más gruesa,

hasta convertirlo todo en esqueletos de arenisca.

 

Comenzó una tarde en que una madre sirvió leche a sus niños

y en el fondo de la tasa, las hojas de té asomaban como insectos,

sus patas estiraban por la loza sucia y en los líquidos,

en sus pelos llenos de liendres y en sus ojos, de legañas.

 

Tuve una tienda en la esquina con Aníbal Pinto,

vendía postales con muertos en abrigos y sombreros 

que nadie se atrevía a pagar.

La vieja tradición de la fotografía en familia

en el vitral de la tienda de revelaciones, comenzó a extinguirse;

la gente dejó de detenerse y asumió sin reproche su desaparición.

 

Como última moda se llenaron las galerías del retail,

nos estábamos convirtiendo en costa, 

esta ciudad entre los montes se cuajaba en una costra de arena y sol, 

un golpe en la mandíbula mal cicatrizado, un partir de labios calientes.

 

Era tarde para los amantes del pasado (como nosotros),

había que tomar las pilchas y, poco a poco, 

así como la arena nos llenaba

la gente comenzó a marcharse o a morirse. 

 

Y bien, soy el último alfarero.

 

No puedo evitar sentir piedad: 

mi caja de fotos comienza a disolverse, brilla 

como partículas que al sol se han deslucido

innumerables en este yermo.

Nadie más está presente para ver llegar al mar.

Aunque no he volteado, sé que lo que he visto 

ya no existe.

 

Solo escucho la turbulencia, un motor inmenso 

que se acerca         me desborda 

me devora          hasta asimilarme.

 

 

AGAR EN EL DESIERTO

 

Será nuestro pago por tener 

un dios que no sabe de orígenes.

Puedo escuchar al fondo de tu voz

el miedo que te repta, me sabe a pan añejo 

a hogaza de barro, a tierra en los labios,

dientes que muerden con pena y resentimiento 

el odre estéril. Hombre, 

estos brazos te afirmaron, estos pechos 

leches hicieron tuyas, estas piernas 

caminaron bajo la navaja del desierto

sin frontera, espejismo o llave

para abrir los postigos del agua sobre la sed. 

 

Una que perdió la humedad por besarte en la frente,

que puso piedras en tus pies de barro

para no verte de rodillas ante tus opresores, 

 le toca cada azote.

Y mientras más te haces fuerte, más me agrieto, 

y mientras la noche avanza sin volver la vista 

me petrifico, como mueble dejado al polvo

la memoria vertida hierve sobre el quiste

y los huesos que alguna vez fueron tus huesos

tiemblan incapaces de sostenerse.

 

Pichón de lodo abrigado en mi garganta 

dejará de latir, aunque no quiera soltar tu mano.

Espero con el gemido de mi última vertiente

que jamás te falte un hombro 

 donde llorar.

 

 

HORA BRUJA

 

Aquellos que mueren tranquilos

tienen la palabra justa

y el tono perfecto de la calma.

Azul es el color de su hora bruja

cuando el cielo se remoja como un pañuelo

recogido del suelo por la tarde.

El fuego aún quema las mejillas

y hará falta frotarlas para sentir

de nuevo la escarcha bajo los labios

que ya jamás volverán a abrirse.

 

Habrán dicho 

todo lo que restaba por escribir,

habrán soltado al perdón de su jaula.

Habrán llegado a casa sin necesidad de hacer ruido

o abrir las puertas de la despensa.

Habrán oído al gato saltar de la repisa

la muerte en cacería volátil.

Aquellos quebrados por el aire

se derrumbarán en invierno,

porque aunque quede sol sobre sus cabezas

o reluzca el oro intacto en la corriente,

la nube que ensombrece los campos

y el viento, como una daga de quietud repentina

de cosas ya dichas y recuerdos contados

abrirá un sabor seco en la boca,

hoja que solo entonces

podremos llamar

 silencio.

 

 

HIJOS DE LA CENIZA

 

Quiero que cuando veas el claro de luz

no te ciegues,

y recuerdes que hubo un momento

en el que también fuiste oscuridad.

 

Esta ceniza ciñéndonos los pies

como los esqueléticos árboles

son el vestigio del fuego,

las famélicas figuras de metal

es lo que fuimos.

 

Hijo, quiero que entiendas tu poderosa flama

como el elemento vivo,

adoleciendo en la desazón

y fluyendo en la expansión de tu existencia,

y quiero que al ver el camino futuro

reconozcas en ti

los carbones consumados del sendero.

 

Fuimos tomados,

levantados y tirados al fuego,

cortados de la infancia,

quemados en la adultez,

arrojados a la consternación.

 

Seremos la ceniza,

nos soplará el viento,

pero aún por dentro

no dejaremos de arder.

 

 

NUESTROS ESCOMBROS

 

Constantemente visito tus escombros

y hallo en ellos una voz moribunda.

Parecieran tus huesos hablarme,

comentarme del camino largo,

de la huella polvorosa.

Una voz nítida corriendo:

un eco poblando tu desolación,

me narra batallas perdidas

de mártires crucificados;

ídolos… héroes…

y nada que pueda decir.

Nada.

No hay nada para excusarnos.

 

Constantemente visito tus escombros

y hallo en ellos un arrepentimiento criminal.

 

 

Alejandro Concha M. (Chile). Poeta. Autor de los libros Estirpe (2017) y Los errores de nuestros padres (2022). Su obra bordea el desarraigo, la identidad y la memoria histórica. Fundador del Movimiento artístico “La balandra poética” y parte del equipo organizador del encuentro poético internacional "pájaros errantes". Organizador de los Festivales de poesía del Biobío. Es socio de la agrupación de escritores de Lota “La Compuerta Número 12”. En conjunto a otros autores ha publicado como compilador numerosas antologías poéticas. Poemas de su autoría  han sido incluidos en publicaciones de Chile y Latinoamérica. 

 



Compartir